J. EDGARD
Edgard Hoover, con sólo 29 años, fue nombrado director del FBI con la intención de que reorganizara el departamento. Se mantuvo en dicho puesto hasta su muerte, en 1972, sin que ninguno de los siete presidentes que ocuparon la Casa Blanca pudiera destituirlo a causa de unos archivos secretos comprometedores que sólo fueron encontrados parcialmente.
Para llevar a término este largometraje se han juntado tres hombres poderosos: Clint Eastwood, Leonardo DiCaprio y John Edgard Hoover, uno de los personajes históricos más poderosos y temidos de los Estados Unidos durante el siglo XX. Con un flojo guion de Dustin Lance Black y un maquillaje que deja bastante que desear, la cinta fluye a través de diversas épocas en una especie de totum revolutum mientras el todavía presidente del FBI escribe una suerte de memorias que no significan otra cosa que su punto de vista sobre su posición de privilegio y el momento histórico que le ha tocado vivir.
Hay muchas lagunas, probablemente demasiadas y, sin embargo, se incurren en ciertas reiteraciones que ralentizan un ritmo inusualmente más ágil en el cine de Eastwood, que ha apostado esta vez por una realización excesivamente enfatizada, lo que resta interés y produce distanciamiento. Sólo cuando pone el acento en el lado más humano de sus personajes, la película se eleva y consigue momentos absolutamente atractivos, como la relación homosexual que Edgard mantenía con Tolson, su segundo de a bordo, o el apego incuestionable por su madre, la siempre creíble Judi Dench.
La historia se centra en tres personajes fundamentales. El principal, como no podía ser de otra forma, es el poderoso director general del FBI. A lo largo de su ascensión surgen dos ramas que se yuxtaponen: el citado Clyde Tolson y su secretaria, Helen Gandi. Ambos fueron sus confidentes y sus auténticos sostenes a lo largo de los casi cincuenta años que se mantuvo al frente de su departamento. Mientras, asistimos a al fulgor y el ocaso de varios presidentes, como Roosvelt o Nixon y a sus difíciles relaciones con Bob Kennedy siendo Fiscal General, el único cargo al que Hoover rendía cuentas. Sin embargo, se pasa de puntillas por el Watergate, el magnicidio de John F. Kennedy y por otros momentos históricos y puntualmente decisivos de la historia del país. Tampoco queda calara, aunque se dan a entender ciertos hechos punibles, su implicación en el asesinato de Martin Luther King.
En la ascensión de Hoover y en su búsqueda por controlar hasta el más mínimo detalle, esta biografía fílmica se centra en su obsesión contra los radicales. No permite vicios entre sus agentes, los quiere célibes y sin ataduras, pero es él mismo quien se entrega a su mano derecha, aunque hasta la muerte de su madre no se atreva a ponerse uno de sus vestidos en uno de los puntos álgidos del film.
Sin duda, lo mejor de J. Edgard es la magnífica interpretación de DiCaprio, sin apenas fisuras, y modulando su voz para conseguir un tono más severo y tranquilo cuando su cuerpo se agota, y otro más incisivo y frenético en sus años más jóvenes. El actor angelino, a punto de rozar los cuarenta años, ha conseguido una mayoría de edad interpretativa que le coloca entre los más grandes. Esta película resulta muy difícil de entender sin su concurso, y aunque bien hubiera podido volcarse hacia el Marlon Brando de El padrino, dota a su personaje de un halo de credibilidad que no le concede el guion y que la sofisticada dirección de Eastwood pone en duda en algunos pasajes. A su alrededor, tanto Naomi Watts como como Josh Lucas bajan muchos enteros. Es la diferencia entre un fuera de serie y unos actores fiables.
THE ARTIST
Film mudo y en blanco negro que nos retrotrae a los orígenes del sonoro. Un actor especializado en películas de acción se niega a formar parte del futuro y su carrera se precipita en el abismo. Una antigua figurante convertida en estrella, a la que siempre le había impresionado, le sacará del pozo.
La apuesta del cineasta francés Michel Hazanavicius era en extremo arriesgada: una película muda, en blanco y negro y con cien minutos de duración. Sin embargo, el resultado no ha podido ser más positivo. Al éxito de crítica une el beneplácito del público, que acepta sin dudas este melodrama romántico. No extraña el respaldo popular en aquellos certámenes a los que se ha presentado, ni la lluvia de premios que han caído sobre sus fotogramas. Probablemente, lo que más seduzca de este proyecto sea el romanticismo que conlleva su propia esencia: una mirada retrospectiva a una época clave del séptimo arte, cuando el sonoro entra en las salas y modifica los hábitos. Si hay una palabra para definirla es evocación.
En 1927 George Valentin es el monarca de la pantalla. Sus películas de acción, a lo Douglas Fairbanks, seducen a la audiencia. Pero cuando su director y productor le muestra un nuevo camino, el del sonido, el apuesto galán dala espalda al futuro. El ocaso de su estrella, magnificado por el crack bursátil del 29, es directamente proporcional a la ascensión de Peppy Miller, una figurante que comenzó a su lado y que se quedó atrapada por la planta del actor. Desde ese momento, la historia se vuelve emotiva y algo ñoña, lo que no impide que salgamos del cine con una mueca imborrable de satisfacción, una sonrisa cómplice y con recuerdos de cine de calidad, algunos para el recuerdo constante exponenciados por unos pasos de claqué que evocan las coreografías incipientes de Gene Kelly o las posteriores filigranas de Ginger Rogers con su maravillosa juego de piernas.
The artist es una bendita locura que reúne con dignidad e inteligencia todos los tópicos de aquel cine que nos hizo soñar, admirar los componentes del star system y desear ese modo de vida tan característico de la alta comedia y los musicales de los años treinta. La historia, sin ser magnífica, está bien construida, sin apenas fisuras, con homenajes a Frank Capra en su contenido y al expresionismo alemán o al mismísimo Orson Welles en el continente.
La cinematografía francesa ha conseguido un hito importante con esta producción –probablemente el más importante desde la novelle vague- en el que tienen mucho que ver sus dos estrellas principales, principalmente Jean Dujardin, esa mezcla descarada de Errol Flynn en los físico y Rodolfo Valentino en el desarrollo al que tan acertadamente nos remite su nombre en la ficción. Hasta ahora, lo veíamos como un actor del montón e insoportable cuando lo dirigía el ahora prestigioso Hazanavicius. Sus dos entregas del agente OSS 117 darían mucho dinero en Francia, pero no hay quien las aguante. Con su pelo engominado, esa caricatura de James Bond resultaba pedante y anacrónico. Sin embargo, una vez trasplantada esa mala versión de chulo de barrio venido a más hasta The artists, con una contención inusual para él y para la época en que se desarrolla, sus defectos se han convertido en virtudes.
No le será fácil a este dúo repetir éxito. A buen seguro, se han conjuntado muchos astros para dar con esta tecla que ahora será difícil de superar. De todas formas, ahí queda una película para la posteridad, un ejemplo de cine inteligente fiel a la historia y a los sentimientos. Un exceso de calidad al que no colabora la partitura musical de Ludociv Bource que, aun estando al servicio de la imagen no es todo lo brillante que debiera esperarse. Toda una sinfonía de cien minutos que no termina por instalarse en nuestro cerebro.
BAJO AMENAZA
Nick y Sarah mantienen una posición económica lujosa. Una noche, dos hombres uniformados llaman a la puerta y ellos lo reciben sin saber que se trataba del comienzo de una pesadilla. Los intrusos, que han vigilado a los componentes de la familia, quieren un supuesto botín millonario en dólares y diamantes.
Da la sensación de que Nicolas Cage es el tipo que más trabaja en Hollywood y su presencia en la gran pantalla se convierte para el espectador en poco más que una pesadilla. Y por si fuera poco estamos en vísperas de que se estrenen Fuera de ley y la segunda entrega de El motorista fantasma. El sobrino de Francis Ford Coppola, que en su día nos sorprendió con filmes como Corazón salvaje o Hechizo de luna y que incluso ganó un Oscar por Leaving Las Vegas, hace tiempo que, como actor, no levanta cabeza. Dota a todos sus papeles de un dramatismo exagerado, un éxtasis convulsivo como si tuviera permanentemente el mástil de una bandera incrustado en su trasero.
En su nueva colaboración con el siempre mediocre realizador Joel Schumacher, a cuyas órdenes trabajó en Asesinato en 8 mm., no ha cambiado para nada su discurso ante las cámaras. El punto de partida del guionista Karl Gajdusek resulta interesante: si algún intruso entre en tu casa amenazándote con quitarte la vida si no le das lo que busca, en caso de negarte a sus exigencia qué otra cosa puede que aguantarse. Ni torturándole a él ni a su esposa, una irreconocible Nicole Kidman, los asaltantes consiguen su propósito. Tampoco cuando su hija regresa a casa después de una correría nocturna no autorizada.
En fin, una propuesta semejante a la española Secuestrados que, con mucho menos presupuesto y con actores de menos renombre, le da mil vueltas a este producto californiano que ni siquiera puede encajar en el grupo de usar y tirar. Dudamos que sea digna de un pase de sobremesa durante el cálido estío en cualquier canal televisivo. Realmente, es una de esas producciones que te alejan de las salas de la proyección y que justifican que la asistencia de espectadores descienda de forma paulatina. Pagar por ver Bajo amenaza es un atraco con nocturnidad y alevosía.
Si Joel Schumacher pierde el tino de la realización casi desde el primer momento, y abusa de que el jardín de la mansión en la que viven los protagonistas –dentro de una urbanización de lujo, no nos olvidemos- parece un inmenso bosque, los protagonistas no superan ni un ápice su propuesta. Nicolas Cage nos deja sin palabras por su afectación y la sublimación del método mal entendido. Nicole Kidman dista mucho de sus mejores trabajos y nos interesa mucho más cuando apuesta por proyectos arriesgados de cine independiente. La tercera pata del banco, Cam Gigandet es, probablemente, el más flojo de los tres, lo que tampoco dice demasiado en su favor. Por si fuera poco, los flashbacks que nos ofrecen resultan ser tan repetitivos como tramposos.
En estos tiempo de crisis apostar por el rodaje de películas como esta no es un atentado al buen gusto, es un ejemplo de que las agencias de raiting protegen a las empresas de Estados Unidos. A la vista está que las productoras Millenium Films y Nu Image Films debieran de tener una calificación de bono basura.
LOS DESCENDIENTES
Matt King ve como su vida sufre un vuelco inesperada a raíz de que su esposa sufre un accidente acuático que tiene como consecuencia un coma irreversible. Con dos hijas a su cargo con las que apenas ha tenido relación, descubre que su mujer le estaba engañando e iba a solicitar el divorcio.
Siete años después de haber dirigido su anterior largometraje –en medio, un episodio de Paris je t’aime y varios capítulos de la serie televisiva Superdotado-, Alexander Payne ha vuelto a sorprendernos con una historia sin alardes, en la que los personajes son seres humanos normales y a quienes las relaciones humanas y el paisaje les afectan de manera importante. La sensibilidad de los roles escritos por este cineasta de Omaha que, como suele ser habitual en sus películas, parten de un texto literario, en este caso escrito por Kaui Hart Hemmings que él mismo se encargó de adaptar, ha dado como resultado una de las producciones más premiadas de 2011.
La historia se desarrolla en Hawai, donde Matt King es fiduciario de un imponente terreno en una de las islas del archipiélago. Se trata de una herencia que procede de uno de los monarcas de la zona y tanto él como sus numerosos primos están atentos a una operación que puede proporcionarles alrededor de quinientos millones de dólares. Es entonces cuando su esposa sufre un accidente náutico que le deja en estado vegetativo, por lo que el protagonista deberá encargarse de sus dos hijas, la precoz Scottie, de sólo diez años, y la disipada Alexandra, quien termina confesándole que su madre le engañaba y estaba dispuesta a solicitar el divorcio.
La angustia tras el accidente y las relaciones con las dos muchachas –incluido el novio de la mayor- dan paso a un problema angustioso para Matt, que pasa por saber, como en la canción de José Luis Perales, cómo es él. De ahí que inicie una búsqueda desesperada para saber quien es el hombre que estaba a punto de llevarse a su mujer, si de verdad la amaba y cual es su forma de vida. Por si fuera poco, descubre que se trata de un intermediario que puede enriquecerse con la venta de los terrenos cuya operación es lo que más preocupa a la familia del protagonista.
En ese ambiente, Payne se mueve como pez en el agua, mostrándonos un paisaje que se interrelaciona perfectamente con la historia, volviendo a la carretera cuando es necesario, como sucedía en la sorprendente Entre copas y con una banda sonora intimista en la que, una vez más, la guitarra manda sobre los demás instrumentos. El resultado es una tragicomedia con gran carga emocional, que cede a los momentos más dramáticos con unos toques amables muy bien compensados que le permite mantenerse dentro del punto más álgido del interés. A ello colaboran espléndidas interpretaciones, especialmente a cargo de la debutante en la gran pantalla Shailene Woodley, la hija mayor que, pero sobre todo la creación que George Clonney lleva a cabo con su papel hasta cuajar una de las mejores actuaciones de su carrera.
Si Alexander Payne enlaza gracias a su cine con monstruos sagrados como Billy Wilder o Jean Renoir, la presencia de Clooney en la pantalla nos evoca a los más grandes de la historia del séptimo arte, con Spencer Tracy o Cary Grant en un horizonte próximo. No desencaja en absoluto con sus camisas floreadas y hasta parece un hawaiano más. Pero lo que más sorprende es su ductilidad para adecuarse a las muchas exigencias del film. Con respecto a su mujer pasa de la desesperación tras el accidente a la ira después conocer su engaño e incluso a la comprensión y al afecto. Y lo consigue como si de verdad lo viviera. Esa misma afirmación es válida para las relaciones con sus hijos, los amigos, la familia e incluso con la esposa de Creer, el hombre que se había metido a fondo en la vida de su esposa.
EL ATLÉTICO SE DIVIERTE
En Anoeta, donde se había impuesto por 2-4 la pasada temporada, el Atlético de Madrid ha encontrado el bálsamo apropiado para soñar con encaramarse a la Champions League la próxima temporada. Con cuatro zarpazos goleó a domicilio a la Real Sociedad, no ha encajado ningún gol desde la llegada de Diego Simeone, y Falcao se ha reencontrado con el gol
El conjunto rojiblanco ya sonríe. Lo hacen sus directivos, la afición, pero también los jugadores, y eso es probablemente lo más importante para dejar atrás todos los fantasmas. Tras los dos primeros choques con Simeone en el banquillo había que esperar un partido de más enjundia o, cuando menos, con un rival que opusiera más resistencia que el Villarreal el pasado domingo. No fue la Real Sociedad ese enemigo que se esperaba. Todos sus intentos se abortaron al borde del área de un Courtois que viajó a San Sebastián prácticamente de turismo. Con tan pobre bagaje y dos fallos puntuales en defensa al comienzo de cada período fue suficiente para que los colchoneros encarrilasen la victoria.
El Atlético de Madrid ha renacido, parece otro y para ello sólo ha puesto en práctica una enseñanza perdida: el orden. Orden para que en defensa no pase apuros, orden para que en la línea media se tapen con oficio algunas carencia, y orden para aprovecharse de los espacios que deja el rival gracias a la movilidad de sus interiores y al fino estilete de Falcao, autor de tres de los cuatro goles, que ahora parece ver puerta con facilidad. Lo hace porque hay más gente arropándole y el esférico le llega en buenas condiciones.
Se le puso el santo de cara a los visitantes cuando un error de Mikel González en defensa propició un indiscutible penalti con el que el colombiano inauguraba el marcador al minuto tres. Los donostiarras acusaron el golpe y únicamente al final del primer tiempo pusieron más corazón que fútbol para acercar un poco más el balón al área de sus rivales. Luego, tras el descanso, una buena penetración de Juanfran, cada vez más asentado como lateral derecho, habilitó a Adrián para que el asturiano ejecutase a Bravo tras un doble remate.
Desde ese momento, los locales intentaron avanzar líneas y acelerar sus acciones, pero el Atlético ya se sabía dominador del encuentro. Le bastó con mantener el orden táctico y prescindir de las subidas de sus laterales. Sin embargo, el contragolpe es un arma que el conjunto del Manzanares ejecuta a la perfección casi desde que el fútbol es fútbol. En dos acciones puntuales, Radamel Falcao demostró su instinto de gol. Una de ellas, culminando una gran jugada colectica, la otra, sencillamente, haciendo gala de su calidad con una vaselina antológica. Casi sin despeinarse, los viajeros se llevaron los tres puntos de Anoeta, donde ni siquiera se enteraron que les habían pasado por encima.
Este es el camino: goleando y sin encajar tantos, con disciplina y garra, como impone su nuevo entrenador. Los atléticos, todos, sueñan pero lo más significativo es que comienzan a soñar despiertos.