MIDNIGHT IN PARIS: CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE… ¿MEJOR?
Un escritor norteamericano llega a París poco antes de su boda. En su nostalgia se ve transportado, cada noche al sonar las doce, a un tiempo pasado en el que conoce a diversas figuras del arte y la literatura a las que siempre ha admirado. Sus dudas y problemas se olvidan cuando, desde el Barrio Latino se ve inmerso en la utopía.
El mejor Woody Allen ha vuelto, y así se pudo constatar en la inauguración del festival de Cannes, en el que hasta triunfó Carla Bruni con su personaje de guía turístico. Se puede achacar al responsable de Midnight in Paris una cierta ausencia de ritmo narrativo, alguna que otra pretenciosidad y un final fatuo, más acorde con el público sensiblero y mayoritario que con los incondicionales del genio de Manhattan enamorado de Asturias. También puede caer en su debe una machacona insistencia musical que, tal vez debiera variar un poco para subrayar las distintas épocas. Pero todo se le perdona por una interpretación intachable, unos diálogos maravillosos y cultos, hasta el punto de que la película no es apta para todos los públicos. Ese es su mayor hándicap, que se debe estar un poco conectado con la cultura para disfrutar a fondo de esta obra. El espectador que lo consiga, y entre en el juego, podrá disfrutar de poco más de hora y media de una apuesta atractiva y coherente.
Gil, afamado guionista de Hollywood, llega a París con su novela bajo el brazo en compañía de su novia y sus futuros suegros. En la Ciudad de la Luz se encuentra con una pareja amiga con la que compartirán excursiones y vivencias hasta que, llegada la medianoche, el recién llegado, que adora caminar bajo la lluvia por cualquier lugar de la capital francesa, se sube a un coche de época que le conducirá directamente a los felices años 20. Allí conoce a Hemingway, Scott Fitzgerald, T. S. Eliot, Pablo Picasso, un encantador Salvador Dalí encarnado por Adrien Brody, Juan Belmonte, e incluso a Gertrude Stein, la judía feminista y lesbiana cuya casa parisina se convirtió en el centro de los movimientos de vanguardia de la primera parte del siglo XX, figura clave del arte y la literatura de su época.
En ese ambiente, se encuentra como pez en el agua, máxime si tenemos en cuenta su afinidad por la época, ya que el protagonista de su novela posee una tienda de objetos antiguos. Se olvida de todo, menos de París, de la música de Cole Porter y de la lluvia cayendo sobre la ciudad mientras pasea. Ni siquiera se detiene a pensar en la posibilidad de que novia tenga un romance. Sin embargo, Woody Allen hace bueno al mejor Calderón con aquel fragmento de La vida en sueño en el que se recordaba al sabio pobre que vio como tras de sí otro iba recogiendo las hierbas que él arrojaba. De la misma forma que él añoraba a sus maestros, estos también sentían nostalgia de los suyos. Para la generación triunfante de aquellos felices años 20, su deseo era trasladarse a finales del siglo XIX cuando, en plena Belle Epoque, París se rendía a Toulouse Lautrec, Edgard Degas o Henri Matisse. Seguramente, estos tendrían sus referentes en autores como Tiziano, que a su vez…
Allen nos advierte que nosotros también hacemos historia y que, muy posiblemente, seamos la referencia de un futuro inmediato. Se vuelca demasiado en la rive gauche, porque ahora el mundo es más global y se puede triunfar en cualquier momento y desde cualquier parte. Lo que hace, de todas formas, es rendir tributo a la añoranza sin perder de vista el presente, con referencias al Tea party y a otros aspectos de la actualidad. Desde luego, es todo un honor que esta cinta tenga participación española gracias a Mediapro aunque, desgraciadamente, no represente a nuestra cinematografía, muy alejada por lo general de propuestas tan inteligentes.
Cuando ubicaremos las citas en sus autores, cuando dejaremos de ser pedantes en este País y reconoceremos que no hemos leído ni el TBO, mejor nos hirá.
Uno de los sucesores de Fraga lo puso en boca de Santa Teresa de
Jesús y ahora lo ponen en boca del gran Calderón y hasta se atreven a decir que está en “la Vida en Sueno”… Ahy mísero de mí… Este verso es del gran Lope, y entrar a valorar quien era más grande Lope o Calderón, es otro debate.
Y reptoduzco:
“Sin embargo, Woody Allen hace bueno al mejor Calderón con aquel fragmento de La vida en sueño en el que se recordaba al sabio pobre que vio como tras de sí otro iba recogiendo las hierbas que él arrojaba.”
En el acto I de “La vida es sueño”, con la escena ubicada en las montañas de Polonia, el protagonista Segismundo (con una cadena y vestido de pieles) recita el monólogo “AY MÍSERO DE MÍ…” No pongo en duda que Lope de Vega lo haya escrito primero, pero me gustaría saber en qué obra figura para, si es así, reconocer mi error. Tras dicho monólogo le contesta Rosaura en la misma obra: “Temor y piedad en mí sus razones han causado”.