RESTLESS: TIEMPO PARA LA DESPEDIDA
Un extraño joven al que le gusta acercarse a los funerales conoce a una muchacha que, en realidad, es una enferma terminal. Juntos, comparten vivencias con el fantasma de un kamikaze japonés de la II Guerra Mundial mientras se desarrolla entre ellos un amor apenas controlable. Ambos aceptarán que ese afecto tiene fecha de caducidad casi inminente.
Gust van Sant es un acreditado realizador de cine independiente que ha hecho sus pinitos en un mundo más comercial, como El indomable Will Hunting, o el film que le valió a Sean Penn su segundo Oscar, Mi nombre es Harvey Milk. Usualmente trabaja con guiones ajenos, a los que sabe exprimir todo su potencial, llevando a buen recaudo algunas embarcaciones con riesgo de naufragio. Entre ellas se inscribe Restless, un film que representa al bajo presupuesto lo que en su día Love Story supuso para las grandes producciones, si bien Danny Elfman no ha encontrado en esta partitura la comercialidad empalagosa de Francis Lai.
La historia de amor entre el joven aficionado a presentarse en los funerales y la muchacha enferma terminal, aunque primeramente le dice que trabaja en un hospital en el que se atiende a niños con cáncer, está condenada a la lágrima y al sentimentalismo. Hacia esos dos puntos nos lleva Van Sant. A veces, sin que nos demos cuenta, pero otras con todos los argumentos más previsibles y convencionales.
El público que quiere un final feliz aborrecerá esta película. No lo hizo con Love Story porque aquella propuesta llegó en otro tiempo y con un envoltorio de lujo, lo que no tiene esta producción que, desde el primer momento, desfila por los tanatorios y se refiere sin tapujos al último tránsito, lo que ya sitúa en guardia al espectador. Poco después, cuando el protagonista se entera que no será posible prolongar su amor más allá de doce semanas, proclama que tres meses es mucho tiempo si se sabe cómo emplearlos. Además, tendrá ocasión de despedirse de un ser querido, lo que no pudo hacer con sus padres.
El responsable de Restless, ganado de la Palma de Oro en Cannes gracias a Elephant, abrió la sección Une certain regard en la última edición. Suponemos que, principalmente, por su nombre, y por lo extraño de su argumento que, dicho sea de paso, alterna rarezas con refugios en los más artificiosos clichés. El film pretende ser romántico, pero carece de la fuerza explosiva que nos presentaba la relación entre Ryan O’Neal y Ali MacGraw. El pretendido lirismo de esta producción, al menos para quien esto escribe, no aparece por ninguna parte, y sólo el buen trabajo de su director y la aportación de los actores otorgan cierta solidez a una propuesta que nos conduce a la abulia o al hastío salvo que entremos de lleno en su interior y comencemos a llorar como magdalenas.
El cineasta de Louisville (Kentucky) se ha caracterizado siempre por lanzar al mundo nuevos valores, actores jóvenes que, tras desfilar ante su cámara, se han convertido en referentes del star system, como Matt Dillon, River Phoenix, Keanu Reeves, James Franco, Matt Damon o Ben Affleck. Ahora le ha llegado el turno al debutante Henry Hooper en el que, sin duda, hay un rostro para el futuro, especialmente cuando se enfrenta a los momentos más introvertidos de su personaje, muy al estilo de los primeros pasos de Leonardo DiCaprio. Junto a él, comparte los honores Mia Wasikowska, a quien no hay que descubrirla. Tras sus apariciones en Los chicos están bien y Alicia en el País de las Maravillas, la reciente Jane Eyre ha constituido un importante paso adelante en su carrera hacia el estrellato.