LOS DESCENDIENTES
Matt King ve como su vida sufre un vuelco inesperada a raíz de que su esposa sufre un accidente acuático que tiene como consecuencia un coma irreversible. Con dos hijas a su cargo con las que apenas ha tenido relación, descubre que su mujer le estaba engañando e iba a solicitar el divorcio.
Siete años después de haber dirigido su anterior largometraje –en medio, un episodio de Paris je t’aime y varios capítulos de la serie televisiva Superdotado-, Alexander Payne ha vuelto a sorprendernos con una historia sin alardes, en la que los personajes son seres humanos normales y a quienes las relaciones humanas y el paisaje les afectan de manera importante. La sensibilidad de los roles escritos por este cineasta de Omaha que, como suele ser habitual en sus películas, parten de un texto literario, en este caso escrito por Kaui Hart Hemmings que él mismo se encargó de adaptar, ha dado como resultado una de las producciones más premiadas de 2011.
La historia se desarrolla en Hawai, donde Matt King es fiduciario de un imponente terreno en una de las islas del archipiélago. Se trata de una herencia que procede de uno de los monarcas de la zona y tanto él como sus numerosos primos están atentos a una operación que puede proporcionarles alrededor de quinientos millones de dólares. Es entonces cuando su esposa sufre un accidente náutico que le deja en estado vegetativo, por lo que el protagonista deberá encargarse de sus dos hijas, la precoz Scottie, de sólo diez años, y la disipada Alexandra, quien termina confesándole que su madre le engañaba y estaba dispuesta a solicitar el divorcio.
La angustia tras el accidente y las relaciones con las dos muchachas –incluido el novio de la mayor- dan paso a un problema angustioso para Matt, que pasa por saber, como en la canción de José Luis Perales, cómo es él. De ahí que inicie una búsqueda desesperada para saber quien es el hombre que estaba a punto de llevarse a su mujer, si de verdad la amaba y cual es su forma de vida. Por si fuera poco, descubre que se trata de un intermediario que puede enriquecerse con la venta de los terrenos cuya operación es lo que más preocupa a la familia del protagonista.
En ese ambiente, Payne se mueve como pez en el agua, mostrándonos un paisaje que se interrelaciona perfectamente con la historia, volviendo a la carretera cuando es necesario, como sucedía en la sorprendente Entre copas y con una banda sonora intimista en la que, una vez más, la guitarra manda sobre los demás instrumentos. El resultado es una tragicomedia con gran carga emocional, que cede a los momentos más dramáticos con unos toques amables muy bien compensados que le permite mantenerse dentro del punto más álgido del interés. A ello colaboran espléndidas interpretaciones, especialmente a cargo de la debutante en la gran pantalla Shailene Woodley, la hija mayor que, pero sobre todo la creación que George Clonney lleva a cabo con su papel hasta cuajar una de las mejores actuaciones de su carrera.
Si Alexander Payne enlaza gracias a su cine con monstruos sagrados como Billy Wilder o Jean Renoir, la presencia de Clooney en la pantalla nos evoca a los más grandes de la historia del séptimo arte, con Spencer Tracy o Cary Grant en un horizonte próximo. No desencaja en absoluto con sus camisas floreadas y hasta parece un hawaiano más. Pero lo que más sorprende es su ductilidad para adecuarse a las muchas exigencias del film. Con respecto a su mujer pasa de la desesperación tras el accidente a la ira después conocer su engaño e incluso a la comprensión y al afecto. Y lo consigue como si de verdad lo viviera. Esa misma afirmación es válida para las relaciones con sus hijos, los amigos, la familia e incluso con la esposa de Creer, el hombre que se había metido a fondo en la vida de su esposa.