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INFIERNO BLANCO

21 febrero 2012

Tras un accidente aéreo, un grupo de trabajadores de una empresa de sondeos petrolíferos, entre los que figura un experto tirador, se queda aislado en la tundra subártica. Con escasos recursos, hambrientos, sin armas y soportando unas gélidas temperaturas deberán hacer frente a una manada de lobos asesinos.

Si hay una película en la que todo transcurre a un ritmo tan pausado que parece eterno y en la que sobran metros y metros de celuloide esa es Infierno blanco, una aventura en el Ártico, a muchos grados bajo cero y en la que sólo hay cabida para un cazador a sueldo de una gran empresa de prospecciones, así como otros cuantos compañeros, y una manada de lobos que parecen matar más por placer que por hambre. Lo cierto es que, cinematográficamente, duele que esta película no haya llegado a un puerto de mayor calado puesto que poseía todos los ingredientes para ello.

Lo que en principio se plantea como una odisea sobre el hielo se transforma paulatinamente en un thriller existencial en el que el director Joe Carnahan intenta seguir los pasos de Terrence Malick, pero no tiene el genio intuitivo de este autor ni siquiera esa mirada tan profunda en la que el tiempo parece detenerse cuando mete el bisturí en la condición humana. En definitiva, que este guion escrito al alimón entre Ian Mackenzie Jeffers y el propio Carnahan le viene muy grande a este último como realizador.

La desesperación del hombre en un ambiente hostil se refleja muy bien en una historia que parece enlazar con grandes hitos del género, tanto cinematográficos como literarios. Desde la obsesión mostrada en Moby Dick hasta la epopeya real que vivió un equipo de rugby argentino en Los Andes y que se reflejó en Viven con toda su crudeza. Una historia sencilla, en fin, que se traslada al terreno de lo emocional, donde el guion es más impactante y la realización más obtusa. Probablemente, le sobren palabras y se manifieste exasperadamente reiterativa en la aventura, lo que puede contentar a los amantes del cine de odisea, pero desesperar a quienes propugnan algo más reflexivo. Al final, lo más probable es que unos y otros salgan insatisfechos de la propuesta.

El film también se basa en una buena interpretación, especialmente del siempre eficiente Liam Neeson y en una vigorosa fotografía a cargo de Masanobu Takayanagi, aunque en su caso tiene algo menos de valor ya que se trata de un film íntegramente rodado en estudio, con lo que su trabajo resulta a todas luces mucho más cómodo. El otro aspecto fuerte de esta producción son las historias personales. Cada uno de los supervivientes posee su propia vida, unos recuerdos que se niega a desechar y que inciden todavía más en sus mentes cuando las condiciones son más extremas. Lástima que en su abuso y en la utilización nada creíble de los efectos especiales tenga Infierno blanco su mayor debe.

Con estos mimbres la película se va desinflando, aunque en montaje podía haberse arreglado bastante, hasta llegar a una lograda escena final que apenas justifica los anteriores veinte minutos. Por eso, a la salida de la proyección se tiene el sabor agridulce de lo que pudo ser y no fue. Es probable que la historia de ese cazador sin futuro y con tendencias suicidas, que nos presentan de inicio, con una preciosa declaración de amor a quien ya no está con él, hubiera sido más práctica sin sus compañeros. Enfrentándole a él solo con todas las adversidades de una región polar. Nunca lo sabremos, pero sí que estaremos atentos a las próximas propuestas de Carnahan. Si manifiestan un talento similar, es muy posible que pronto nos encontremos con una obra de arte.

From → Cine

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