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LA PRINCESA QUE EMIGRÓ, DE ENRIQUE REYES

12 mayo 2010

(Fragmento de la presentación del libro de Enrique de Reyes en la Casa de Canarias en Madrid el 12 de mayo de 2010)

Cuando uno se enfrenta con un libro, se hace una idea de lo que va a leer gracias al título, a la sinopsis de la contraportada y, por supuesto, a tenor de la personalidad del autor. Es algo inevitable. En el caso de La princesa que emigró había pocas dudas respecto a lo que nos íbamos a encontrar. Sin embargo, una vez que iniciamos su lectura vemos que la historia es mucho más compleja.

Se relatan las vivencias de su protagonista, Marie-Laure, pero Enrique nos lleva de la mano hasta dos generaciones atrás, lo que convierte a La princesa que emigró en una novela río. Así conocemos al rey Paul, un todopoderoso cacique centroafricano que nos evoca a otros dictadores que habitaron en ese continente, e incluso se emparenta con los grandes señores de extremo oriente, como el mostrado por Zhang Yimou en su película La linterna roja.

La narración se detiene más tarde en Florence, la madre de la protagonista, para acercarnos a un tipo de literatura más caribeña, donde las grandes mansiones contrastan con la humildad y pobreza de sus aldeas. Surge también la magia y el fatalismo, la misma que en su día los esclavos negros se llevaron consigo al Nuevo Continente, y uno asiste con atención al devenir de unos acontecimientos que parecen inexorables desde siempre, muy al estilo, por ejemplo, de los que determinaron la existencia de Oscar Wao en la novela que le valió el Pulitzer a Junot Díaz.

Hasta ese momento la novela discurre a través de una amable realidad dramática, si me permiten la frase. Después, cuando Marie Laure se adueña del relato, es como si penetrásemos en un bosque, espacioso al principio, que se va espesando a medida que avanzamos, como un túnel que se estrecha, un corsé que oprime a la protagonista y también al lector, que no parece tener salida. Afortunadamente, la luz aparece en una avenida arbolada que, aunque definida por la heroína como impersonal, le debe recordar por fuerza a las de las grandes ciudades de su país de origen. Al menos, ambos paisajes pueden identificarse como de un mismo origen y un posterior estilo colonial.

Enrique asegura que se trata de una historia cierta, y le creo, entre otras cosas porque todos los lugares relacionados con el país de Marie Laure son imaginarios. Únicamente siendo veraz puede describir con tanto detalle los vaivenes de una familia hiper-numerosa que se adapta al devenir de los tiempos. No porque a Enrique le falte imaginación, ni mucho menos, sino porque a buen seguro le sobra historia, y por eso la cuenta como si de un relato periodístico se tratase. No vacila en ir directamente al contenido, sin recrearse en un continente que podría haber ralentizado su lectura y acumular, de esa manera, páginas intrascendentes. Así, consigue mantenernos expectantes a lo largo de una aventura de la que no te puedes separar hasta su desenlace.

From → Libros

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