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Manolo Escobar, calla

24 octubre 2013

A lo peor, Manolo Escobar tuvo la mala suerte de vivir en esa España a la que él amaba tanto. Una España que le dio todo y le privó de demasiado, que nunca supo reconocer verdaderamente su valía. Manolo Escobar es de esos mitos, como Lola Flores, surgidos del pueblo y que sólo se justifican por el pueblo. Pero es que el pueblo somos todos.

Aunque fuese denostado por la izquierda, que veía en él a uno de los últimos reductos del franquismo. Y sin saber por qué. Tal vez por aquello de fútbol, pan y toros, resumidos en el folclore y la música más popular. Tenía en su haber la medalla de oro y brillantes del Fútbol Club Barcelona. Reñido con la derecha, que lo consideraba representante de un mundo al que ellos perjuraban no pertenecer, poseía una de las colecciones de arte privadas más atractivas de nuestro panorama; especialmente, en lo tocante al expresionismo. Sin un lugar donde ubicarse él, mientras tanto, callaba.

Tres de sus películas figuran entre las diez más vistas del cine español de siempre, pero cuando de se creó la Academia de Artes y Ciencias Audiovisuales de España, lo dejaron fuera. Se requería haber participado como mínimo en tres largometrajes, y él alcanzaba la decena de personajes protagonistas, pero jamás le tuvieron en cuenta. Quizá, el grupo que entonces manejaba la Academia era demasiado izquierdista como para acoger al símbolo más arraigado de la España cañí, de cuando Franco llevaba a los emigrantes un pedazo de España representado en la copla, o su mujer presidía la gala benéfica madrileña en el Teatro Calderón. Manolo se quejó, casi en silencio, de aquella injusticia. Ni siquiera un Goya de Honor cuando, otros, con muchos menos méritos, han paseado estatuillas regaladas por amistad o premios en festivales por cualquier québienmecaueusted.

Ni de religión ni de política. De eso, no se habla. Manolo Escobar lo llevó a rajatabla, aunque tuviera que dibujar su sonrisa más forzada, que por mucho que lo fuera seguía siendo alegre. Capaz de dedicar una canción a su madre –Madrecita, María del Carmen– y otra a su hija adoptada –Mi pequeña flor­-, ha sido ejemplo siempre de lo contrario a la arrogancia y la altanería. Por eso, me enerva comprobar como muchos aquellos que le denostaron en vida, e incluso le dieron la espalda, escriban epitafios de loa a su muerte. Nunca quisieron hacer suya una de las figuras capitales de nuestro arte en el siglo XX, pero ahora que no está pretenden reivindicarlo a calzador. Por muchas más razones, ahora, Manolo Escobar hubiese seguido callando.

From → Cine, General, Música

One Comment
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