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Bienvenidos al fin del mundo (The World’s end) (*)

22 noviembre 2013

Veinte años después de haber intentado culminar una ruta alcohólica, cinco amigos regresan a su localidad natal con la idea de llegar hasta el límite. Sin embargo, cuando piensan que deben librar una batalla contra su pasado, se dan cuenta de que lo que está en juego es el futuro, no solamente el de ellos, sino el de toda la Humanidad.

Edgard Wright ha completado con este film su particular trilogía que le ha servido para mezclar diversas parodias de géneros. La inició en 2004 con Zombis Party y fue continuada tres años después con Arma faltal. Para ello, ha recurrido a los dos actores protagonistas de las anteriores entregas, Simon Pegg y Nick Frost, lo que nos anticipa una comedia más o menos inteligente. Ambos también hicieron sus pinitos en el cine estadounidense con la alocada Paul, y es que cuando ambos se reúnen en la pantalla parece que tienen una especial predilección por enfrentarse a seres inverosímiles.

El inicio de la cinta nos presenta a cinco adolescentes liderados por El Rey –Gary King-, apodo que le debe a su apellido. Los encontramos cuatro lustros después, cuando cada uno de ellos posee un trabajo estable, y aparentemente fructífero, a excepción del propio Gary, quien parece anclado en la adolescencia. Por medio de engaños y de sus habilidades innatas para convencer, consigue que los demás le secunden en una idea aparentemente peregrina: llegar al Fin del Mundo.

Que nadie piense en un lugar idílico o remoto. Se trata únicamente de un bareto. El último de las doce estaciones a la que tenían que llegar sí o sí, muy borrachos o totalmente catatónicos. Una especie de Ruta del Bakalao en una localidad perdida de Gran Bretaña. El World’s End es el punto final, el límite al que hay que llegar. No fue fácil que Gary convenciera a todos. Incluso, uno de la pandilla ha dejado de beber y pide agua cuando los demás se relamen viendo las jarras de cerveza que libarán de seguido. Aunque su pueblo natal dista mucho de ser el de antes, tienen un deber que cumplir.

Ese deber se transforma en misión cuando se dan cuenta que habrán de enfrentarse a un ejército de robots de sangre azul que están dispuesto a terminar con la Humanidad. Entre ellos, un divertido Pierce Brosnan en un papel inusualmente atípico. La aventura se recrea en peleas que recuperan el sabor por este tipo de secuencias y un retruécano final tan loable como probablemente estirado.

Puede que la película no cale entre un público mayoritario debido a su constante desmadre. El guion hay que tomarlo como una sátira, una especie de cuento bizarro o un relato de ciencia ficción recostado en la parodia. En este aspecto, el ejercicio de puesta en escena de Edgard Wright es más que aceptable, al igual que la interpretación, en la que sobresale Martin Freeman. Presentada fuera de concurso en el Festival de Sitges, probablemente es la comedia más inteligente de la trilogía. Al menos resulta la más original, puesto que sabe desmarcarse de los puntos que convirtieron en éxito las anteriores, especialmente la segunda. Sin embargo, pedir que la historia cale en el espectador parece una cosa muy distinta. Con una mente abierta, disfrutarás a carcajadas por muy increíble que te parezca lo que estás viendo.

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