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The Zero Theorem (**)

28 noviembre 2014

Un genio de la informática llamado Qohen Leth trabaja en solitario en un antiguo convento medio en ruinas con la intención de resolver un extraño teorema. Es el único de los investigadores de la compañía que, en un futuro distópico, efectúa sus cálculos en solitario, aunque siempre observado por la Dirección.

Terry Gilliam lleva más de treinta años buscando el sentido de la vida. Ya lo hacía cuando pertenecía a los Monty Python e insiste con sus propuestas en solitario. Para volver sobre el asunto ha llevado a la pantalla este guion de Pat Rushin, que enlaza directamente con títulos como Brazil y 12 monos, hasta el punto de que pudiéramos considerarlas como una trilogía. O no. Simplemente da la impresión de que cualquiera de los personajes que aparecen en esos tres títulos podría ser perfectamente intercambiable.

Encontramos a Qohen – Christoph Waltz-, sin pelo en la cabeza y en las cejas, en un escenario barroco. Cuando sale a la calle se encuentra inmerso en un mundo distópico, con una recreación visual típica en el cine de Gilliam: colores vivos y complementos obsesivos. Sobre todo, publicidades agobiantes mediante pantallas de plasma, aunque los vehículos no sean sumamente originales. Incluso, vemos bicicletas y autobuses rojos de dos pisos como los londinenses. Cuando llega a su trabajo se enfrenta en un reducido lugar a una serie de enigmas en los que parece resolver poco menos que el cubo de Rubik. Está atentamente vigilado por Joby –David Thewlis- a quien le solicita que intermedie con sus superiores para que pueda trabajar en su domicilio.

Lejos de alcanzar su propósito, lo único que consigue es una invitación a una fiesta a la que, probablemente, también acudirá Dirección. Qohen odia ese tipo de citas. En sociedad, se trata de un ente solitario e indeciso que se refiere a sí mismo en plural. No obstante, tiene un par de encuentros fugaces con la persona que rige los designios de la empresa –Matt Damon- y conoce a Bainsley –Mélanie Thierry- una atractiva muchacha. En la empresa le presentan a Bob –Lucas Hedges-, un cerebrito de frágil salud.

En ese mundo onírico, en el que todos sus habitantes parecen vivir y/o trabajar, en pequeñas celdas o habitáculos de escasa capacidad, el protagonista se entregará finalmente en su domicilio, un antiguo convento destartalado, a la resolución de un teorema imposible relacionado con el cero. Es un encargo de Dirección y tiene que ver con el sentido de la vida, que Qohen espera conocer a través de una llamada telefónica que nunca llega. Quizá, el enigma tenga que ver con un agujero negro que si en Interstellar lleva a la quinta dimensión, en este caso accede a un mundo onírico en el que, incluso, se puede interactuar con el sol.

Ésta, como todas las películas de Gilliam, es pedante. Sus efectos visuales son abigarrados y efectistas aunque no se corresponden con un guion sencillo en idéntica proporción. Cristoph Waltz lleva el peso de la acción. Es un actor con mayúsculas que parece algo despistado por momentos aunque saca adelante con nota su particular personaje, a caballo entre un eremita y un friki de la informática. Enfundado en un traje AI que le entrega Bainsley parece más próximo a una criatura surgida de la imaginación calenturienta de los artistas japoneses de dibujos animados. La música de George Fenton colabora a este galimatías que mezcla ciencia ficción, drama y cyberpunk con tanta dosis de imaginación mal digerida que termina aburriéndonos.

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From → Cine

One Comment
  1. pdef permalink

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