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La dama de oro (Woman in Gold) (**)

10 abril 2015

Basada en la vida real de María Altmann, una austríaca superviviente del holocausto, que durante una década pleiteó para recuperar el retrato que Gustav Klimt había efectuado de su tía Adele Bloch-Bauer. Después de huir del régimen nazi, un joven abogado, Randy Schoenberg, le ayudó en su tarea.

Nos entran dudas después de ver este segundo largometraje de Simon CurtisMi semana con Marilyn-, un cineasta británico surgido del mundo televisivo al que no hay que confundir con el actor y cantante que interpretaba el personaje de Tim en Hannah Montana. Nos entran dudas porque no sabemos si la película es un trabajo sobre una de las obras cumbres de la época dorada del pintor Gustav Klim, junto con El beso, el relato de una superviviente austríaca del holocausto, o un biopic sobre los comienzos de un abogado de Los Ángeles, Randy Schoenberg, especializado en la restitución de obras maestras.

El guion de Alexi Caye Campbell se basa en esos tres pilares, centrándose tanto en los primeros días de la ocupación nazi en Austria, y en una etapa próxima a la actualidad, cuando se resolvió el conflicto planteado por el abogado y su clienta, María Altmann para recuperar el retrato de Addele Bloch-Bauer I, efectuado por el pintor y teniendo a la tía de la protagonista como modelo. Por medio de una historia volcada en lo sentimental, y una puesta en escena a la que le sobra planos, la parte más atractiva del film lo encontramos, una vez más, en la convincente interpretación de Helen Mirren, actriz que resulta absolutamente creíble aun cuando se le exige no serlo.

Sumergida en la piel de la superviviente del holocausto, la encontramos como propietaria de una pequeña tienda de ropa en Los Ángeles. Después de recibir la noticia de que el gobierno austríaco quería lavar su imagen tras los abusos cometidos con los judíos durante la II Guerra Mundial, encarga a un joven abogado, hijo de una amiga que también hubo de emigrar a los Estados Unidos, que estudie la posibilidad de que le sean devueltas las obras de arte que su familia poseía en Viena antes de que fueran requisadas por las tropas de Hitler.

La empresa no tendría tantas dificultades si entre los cuadros reclamados no figurase una de las obras cumbres de Klimt, emblema del museo Belvedere de la capital austríaca. Las autoridades del país centroeuropeo no estaban por la labor de permitir que uno de los retratos más significativos existentes en el país pudiera abandonar sus fronteras por culpa de una ley destinada a otros objetivos. Tras de diez años de pleitos un tribunal de arbitraje cedió a los intereses de la demanda después de un veredicto favorable al enjuiciamiento por parte del Tribunal Supremo de Washington.

Durante la primera hora, la cinta se recrea en los dos personajes centrales, encarnados por Mirren y un Ryan Reynolds que se va haciendo mayor pero sin que llegue a cuajar como un actor más que convincente. Por primera vez, ambos viajan juntos a Viena, ciudad a la que María Altmann juró no regresar jamás. Allí le asaltan los recuerdos, y los flashbacks de su familia van en aumento hasta encontrarla el día de su boda con Fritz –Max Irons-, un barítono, y cuando ambos se ven forzador a huir del país. Tatiana Maslany es quien la da vida de joven. Schoenberg se siente atraído por su pasado en el monumento al Holocausto y, desde ese instante, comienza una pelea de diez años en tribunales y despachos hasta el desenlace final. Probablemente, la parte más atractiva, la de los distintos juicios, se pasa demasiado rápido y se da preferencia a otras cuestiones que suenan a demasiado conocidas y que únicamente consiguen almibarar una historia con mucho más atractivo interior.

El abogado es nieto del compositor del mismo apellido, lo que facilita una banda sonora en la que impera el cello pero también el piano, gracias a la inspiración de Martin Phipps y Hans Zimmer. De todas formas, salvo algunos pasajes, no consigue superar la dirección artística cuidada con especial esmero ni, mucho menos, el trabajo de su actriz protagonista, a quien acompañan en sendos cameos algunos intérpretes conocidos como Charles Dance, Elizabeth McGovern, Jonathan Pryce o, con un papel más importante pero apenas significativo, una Katie Holmes que incorpora a la esposa del obstinado letrado. También aparece Daniel Brühl, que se encarga de un periodista que colabora con los demandantes. Su presencia es muy importante en la historia aunque sus diálogos no le permitan un lucimiento mayor.

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