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Mandarinas (Tangerines) (****)

30 abril 2015

En una aldea rural de Georgia, durante la guerra de Abjasia por su independencia, dos estonios pretenden recolectar su cosecha de mandarinas antes de regresar a su país. De repente, les alcanza el fuego cruzado de los georgianos y de unos mercenarios chechenos al servicio d las fuerzas locales. Los lugareños consiguen salvar a uno por bando.

Probablemente, ésta es la última de las grandes películas europeas rodadas en 2014 que aún no había sido estrenada en España. La espera ha merecido la pena. Candidata a los Premios del Cine Europeo y finalista de los Globos de Oro, siembre a la sombra de la polaca Ida, salvo error u omisión es la primera producción estonia que recordamos, aunque haya sido dirigida y dirigida por el georgiano Zaza Urushadze.

Todo en esta cinta es exótico. Comenzando por el país de procedencia y terminando por un enfrentamiento bélico desconocido. Entre 1992 y el año siguiente, Abjasia quiso independizarse de Georgia en una contienda de la que apenas se tuvo noticias en la Europa meridional. En medio, la decisión de un grupo de agricultores estonios que se asentaron en la zona para cultivar mandarinas. Con el estallido de la guerra, la mayoría regresaron a su país, pero no así Ivo –Lembit Ulfsak- y Margus –Elmo Nüganen-, que decidieron esperar a la recolección.

El primero confeccionaba las cajas de madera en las que el segundo acumularía la fruta. En menos de una semana habrían terminado y serían escoltados hasta su país. Sin embargo, el futuro les deparaba una sorpresa. Dos mercenarios chechenos al servicio del gobierno de Tiflis les piden comida. Poco después, se enzarzan en una reyerta con voluntarios locales a consecuencia de la cual sólo sobreviven, aunque malheridos, Ahmed –Giorgi Nakashidze- y Niko –Mikheil Meshki-, un actor enrolado en su ejército natal. Con la ayuda de un médico, que pasa sus últimas horas en la zona antes de regresar a Estonia, ambos se recuperan aunque juran venganza por la muerte de sus compañeros.

En ese momento se eleva la figura de Ivo. Ha perdido a su hijo en una guerra que no entiende ni justifica. Su personaje se eleva por encima del film hasta conseguir un relato antibelicista tan ácido como dulce, al igual que los frutos de los árboles que rodean su casa. Hemos visto muchas veces como los horrores de la lucha entre dos bandos quedan sublimados cuando dos enemigos han de convivir y luchar por su supervivencia. Incluso, en el espacio, con Enemigo mío. Pero nunca con esta sensibilidad cargada de poesía. La barbarie nunca es bella, pero Urushadze casi consigue que lo sea.

Por encima de los conflictos ideológicos o religiosos se alza la figura de un personaje que antepone los valores de la solidaridad sobre el desatino de la guerra. Con él hemos de plantearnos lo que es justo o injusto, lo bueno y lo malo pero, sobre todo, las miserias del ser humano. Este bosque de mandarinas cala con su dulzor interior y su amargura externa, manteniéndose siempre en una línea donde la sensibilidad vence a cualquier propósito artístico hasta hermanarse y fundirse con él. Nos obliga a reflexionar e, incluso, a interesarnos por un conflicto localista y desconocido, tan inhumano como cualquier confrontación entre seres humanos, sea del tipo que sea.

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From → Cine

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