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La canción del mar (The Song of the Sea) (*****)

7 mayo 2015

La recreación de una antigua leyenda irlandesa nos presenta a dos hermanos, Ben y Saoirse, que son llevados a la capital para vivir con su abuela. Cuando se escapan y pretenden llegar al faro en el que vive su padre descubren que, haciendo sonar una antigua caracola, pueden acceder a un mundo mágico que sólo conocen por viejas historias.

El farero Conor vive en una isla frente a las costas de Irlanda con su esposa Bronagh, a punto de dar a luz, su hijo Ben y un  cachorro de pastor inglés llamado Cú. Una noche, Bronagh se marcha dejando en su lugar a un bebé llamado Saoirse. Seis años después, la pequeña sigue sin pronunciar palabra y es el continuo objeto de las vejaciones de su hermano. El día de su cumpleaños, su abuela decide llevárselos a Dublín de donde se escapan para regresar a casa. Previamente, la niña encontró un abrigo de piel de foca que, al vestirlo, le permitió nadar con otros congéneres.

Es entonces cuando Saoirse hace sonar una vieja caracola que su madre había entregado a Ben. De esta forma, libera espíritus ancestrales convertidos en piedra, ahora despojados de sus malas emociones. Ben se da cuenta de que cualquier solución pasa por su hermana. Ella es quien posee una clave que no acierta a descifrar aunque había escuchado esos relatos de gente antigua de boca de su desaparecida madre. Es el mito del selkie, la leyenda de la última mujer-foca. Saoirse lo es, como también su predecesora. Sólo el amor puede decantar la elección entre un mundo y otro.

En 2009, el irlandés Tomm Moore firmó una película admirable: El secreto del libro de Kells. Para muchos, un oasis en la producción animada, lejos de los focos de Hollywood y del trabajo ante el ordenador. Un lustro después, el autor se ha mejorado a sí mismo hasta firmar una de las obras más maravillosas, creativas y sublimes que nos ha dejado el cine en lo que va de siglo. Menos críptica que su antecesora, aunque no menos localista debido a su influencia de la tradición irlandesa, no es óbice para que consiga un relato universal, lleno de magia, candor y un notable valor artístico.

La canción del mar tuvo un estreno reducido en Estados Unidos, asfixiada por las últimas producciones de los grandes estudios del género, como Disney, Pixar, DreamworksNo fue óbice para que se convirtiese en candidata a un Oscar cuya adjudicación era poco menos que imposible. Suficiente como para dar una bofetada a las decenas de genios de la mercadotecnia que buscan la comercialidad y, ante todo, la rentabilidad. El cine artesanal se elevaba por encima de los efectos visuales y el tratamiento informático.

Tomm Moore, una vez más, era fiel a su estilo, de dibujos aparentemente líneales, de acuarelas que nunca se recargan en exceso y que, no obstante, definen cada detalle, cada cabello, cada emoción. Líneas redondeadas que conjugan de forma insospechada con rectas y perpendiculares hasta alcanzar labores pictóricas en cada fotograma y una obra de arte sin miramientos en el conjunto.

Es muy posible que esta cinta tenga un recorrido infinitamente menor que otras con más fama y más inversión en publicidad, pero se eleva sobre ellas hasta convertirse en una de las películas de animación más valiosas de todos los tiempos. Contribuye un guion redondo y una música particularmente entrañable firmada por Bruno Coulais, Kíla, Lisa Hannigan y Nolwenn Leoroy, que se encarga del tema que cierra un film lleno de sensibilidad y maestría. También, el mensaje que encierra y que plantea el dilema de si es mejor vivir con nuestras penas y alegrías o convertirnos en seres inertes despojados de cualquier sentimiento negativo.

From → Cine

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