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Con la magia en los zapatos (The Cobbler) (*)

25 mayo 2015

Un zapatero del East Side neoyorquino descubre que posee una máquina que, al reparar los zapatos de otra persona, y usarlos, tiene la potestad de convertirse en el dueño del calzado correspondiente. A raíz de ello se verá implicado en historias mafiosas, familiares, románticas y solidarias.

A principios del siglo XX, un grupo de judíos se reúnen en torno una mesa para estudiar cómo hace frente a un elemento hostil llamado Gergerman. Finalmente, deciden entregar un par de zapatos a Pinchas Simkin que, en el sótano de su casa, los coloca en una máquina especial cuya historia, y la forma en que el ingenio en cuestión pasó a manos de su familia, relata a su hijo Herschel. En época actual, Max Simkin –Adam Sandler- continúa regentando el negocio familiar, situado junto a la peluquería de Jimmy –Steve Buscemi-. Max vive con su madre enferma y lamenta la marcha, años atrás, de su padre –Dustin Hoffman-, de quien no ha tenido noticias desde entonces.

Con guion propio y de Paul Sado, el cineasta Thomas McCarthy –The Visitor– firma su cuarto largometraje, el más flojo de su carrera, que también ha significado el peor arranque histórico de una película protagonizada por Adam Sandler. Seguramente, por la escasa definición de su argumento, ya que se trata de un cuento pero que también roza la comedia dramática e incluso el thriller. Su rodaje lo comenzó Sandler después de Hombres mujeres y niños en un loable intento de seguir una línea muy diferente a las astracanadas a las que nos tiene acostumbrado. No debió sentirse especialmente contento con la aceptación popular porque, de inmediato, regresó a su línea habitual con Juntos y revueltos.

El cine ha dejado otros ejemplos, incluso con el mismo actor, de personajes que se meten en la piel de otros. Quizá, en este caso, el protagonista suplanta más personalidades, llegando a convertirse en un mafioso, un playboy e incluso en su propio padre. De esta forma, consigue dar la última alegría a su madre –Lynn Cohen-. Todo ello, gracias al artilugio existente en el sótano de su establecimiento, un artilugio prácticamente desconocido para él y que es el mismo que su antepasado mostró a su hijo. Si Cenicienta perdía el hechizo a las doce de la noche, los Simkin regresan a su fisonomía normal en cuanto se despojan de los zapatos de otros tratados con su máquina especial. Paralelamente, asiste a las evoluciones de Carmen Herrera –Melonie Diaz-, quien lucha contra los especuladores que ansían derribar los edificios más antiguos para construir nuevas edificaciones.

Este trabajo independiente se diluye por una historia que pasa de lo original a lo grotesco, que nunca crece y que, por el contrario, se mete en una espiral descontrolada a la que le resulta muy difícil de salir tanto por el guion como por la propia puesta en escena. Pocas cosas llaman la atención y el espectador termina aburriéndose porque no le proporcionan las dosis suficientes de interés ni de comedia. El realismo mágico que propone debería ser mucho más significativo, pero se queda en lo superficial, prácticamente en lo anecdótico, sin que consolide ninguna de las líneas argumentales que propone. Únicamente la sorpresa final propone una idea imaginativa y sorprendente con una moraleja: los zapateros a quienes de verdad deben de temer es a los tintoreros, nunca a los barberos.

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