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Jurassic World (***)

12 junio 2015

La isla Nublar, más de dos décadas después, se ha convertido en un atractivo parque de atracciones, con nuevas especies de dinosaurios creados genéticamente. El último de ellos, el Indominus Rex, que se presentará oficialmente al público en tres semanas, pretende ocupar la cima de la cadena alimentaria y desata el pánico.

En 2001, y sin  tratarse de ninguna odisea, se puso el colofón a la trilogía de Jurassic Park. Su creador, Steven Pielberg, abrazó la idea de continuar la saga, pero una huelga en los estudios truncó el proyecto que ahora ha visto la luz. Lo ha hecho con absoluta claridad, porque su mentor decidió encargar esta resurrección a Colin Trevorrow, un director con la única experiencia de una película pequeña pero no por ello menos atractiva, Satisfacción no garantizada. El resultado es un film de aventuras, que se da la mano con el terror y los filmes de catástrofes, pero que mantiene la atención del espectador de principio a fin y cuenta con una versión 3D que todavía da le proporciona un mayor lustre.

Regresamos a la isla Nublar, y lo hacemos junto a dos chavales, Gray Mitchell –Ty Simpkins, el niño de Insidious– y su hermano mayor, Zach –Nick Robinson-, sobrinos de la gerente de un gran parque de atracciones llamada Claire Dearing –Bryce Dallas Howard, quien ha dejado sin consolidar una relación con Owen Grady –Chris Patt-, el chico para todo del emporio levantado por Simon Masrani –Irrfan Khan-, el octavo hombre más rico del mundo.

Han pasado alrededor de veinte años desde que los dinosaurios poblaron la isla y John Hammond se dedicó a investigar sus distintas especias como científico de industrias InGen. Ahora, los visitantes, más de veinte mil diarios, asisten embobados a nueva especies, producto de un desarrollo genético. El propietario tiene claro que para interesar al público debe de mantener una línea de creación basada en animales más grandes, más fieros, más dientes… No contaba con que el proyecto podría írsele de las manos y con la ambición humana, representada por Vic Hoskins –Vincent D’Onofrio-, su jefe de seguridad, y el genetista Henry Wu, que supone la principal conexión con el film de Spielberg.

Las nuevas tecnologías permiten unos efectos visuales espléndidos, que dejan en pañales el film primigenio, aunque posiblemente eche de menos su candor y su espíritu más aventurero. Chris Patt no desmerece de Jeff Goldblum o de Sam Neil. El resto del reparto baja enteros, a excepción de los dos muchachos protagonistas. El personaje de Owen Grady, un ex marine, representa el clásico chico para todo, que tanto vale para el romance como para la acción. Su trabajo más evidente consiste en domesticar a los velocirraptors, tratándoles con una especie de collar de obediencia similar a los que se usan para educar a los cachorros. Para ello, cuenta con la ayuda de Barry –Omar Sy-.

El atractivo visual es innegable, y el ritmo de la aventura, también. No así las explicaciones científicas y un final apresurado y sin notas a pie de página. Da la sensación de que en la edición se han quedado algunas cosas que pueden aparecer en una versión extendida o en el montaje del director. Todo es sorprendente en este Tomorrowland ubicado en Costa Rica. La imaginación es desbordante, tanto en los edificios como en los diseños de los nuevos bichitos. En un ambiente mucho menos oscuro que en el de la entrega original, los visitantes disfrutan de un original parque de atracciones, pero los espectadores se regocijan con su visión, como cuando los padres manifiestan su satisfacción al ver como sus hijos se muestran alborozados cuando descienden de cualquier ingenio que parece desafiar la ley de la gravedad.

Con una partitura desbordante de Michael Giacchino, inspirada en muchos pasajes en la original de John Williams, las secuencias fluyen con interés. Aunque en los primeros tres cuartos de hora apenas haya acción, la descripción de los personajes y del parque entretiene de lo lindo. Después, cuando el implacable Indominus Rex salta a la arena, la emoción no se detiene y la adrenalina se deja notar en el patio de butacas. Ese bicho albino, de enorme complexión y números dientes afilados, que pretende ocupar el eslabón más alto de la cadena alimentaria, mete miedo. Tanto o más que cualquier espíritu o aquellas criaturas del averno que nos han atemorizado desde que el cine se convirtió en el séptimo arte.

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From → Cine

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