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Una dama en París (Une estonienne à Paris) (*)

27 julio 2015

Frida, una señora bien entrada en años, emigró a París desde Estonia hace ya mucho tiempo. Necesitada de alguien que la ayude, se encuentra con Anne, una compatriota mucho más joven que ella con la que, en principio, no parece albergar ninguna sintonía. Pero ambas están predestinadas a entenderse.

¿Qué hace una estonia en París? Probablemente, cumplir alguno de los sueños ocultos del cineasta Ilmar Raag, que por algo estudió en La Sorbona y recuerda con cariño las fotografías que conserva con su madre en la Ciudad Luz.  Con recuerdos autobiográficos, nos presenta una historia de soledades, tamizada por el arel de la nostalgia donde se lucen sus dos actrices protagonistas. En especial, una Jeanne Moreau que dota a su personaje de Frida de una profundidad que, tal vez, no se encuentre en el texto original.

Encarna a una anciana viuda que ve morir a su madre. Ha tenido muchos amantes, conocidos, pero se queda sola. No tiene hijos y sus familiares regresan enseguida a sus quehaceres cotidianos. No quiere hablar de su país, y muchos menos mantener contactos con sus compatriotas. Probablemente, por una serie de buenas razones. Llegó a la capital francesa con diez años y allí encontró su mundo particular. Su única válvula de escape es Stéphane –Patrick Pineau-, un ex amante mucho más joven que ella, a quien ofreció el bar que regentaba en vida su marido.

Mientras, Anne –Laine Mägi- trabaja en una residencia de ancianos en Estonia natal. Sueña con visitar París, y fantasea con sus calles y su ambiente, pero nunca se encontró con la posibilidad de visitarla. Cuando le ofrecen un trabajo allí, vacila inicialmente, pero se trata de una mujer de media edad, solitaria, que tampoco ha tenido hijos, por lo que finalmente decide emprender viaje para cuidar a una compatriota inmersa en la tercera edad. Ambas mujeres tienen en común su patria, su soledad y su amor por una ciudad que las subyuga. Sin embargo, los primeros momentos no son como se esperaba. A pesar de la entrega de la recién llegada, Frida se muestra férrea y huraña.

Lo fácil era que la pasión inundase la pantalla, que el drama fuese creciendo hasta que la insistente emotividad nos conmoviera. Lejos de ello, Raag apuesta por la nostalgia. La cinta respira saudade y la melancolía gana por la mano, especialmente cuando comprendemos las razones que mueven al comportamiento tan especial del personaje interpretado por Jeanne Moreau, al margen de su sofisticación. Entonces se da paso a la ternura, hasta el punto de que el personaje de Frida llega a conmovernos aunque sin dejarse llevar en ningún momento por los excesos. Se trata de una cascarrabias, una mujer independiente que ha perdido la emoción y las ganas de vivir y que intenta ganar una batalla que sabe perdida, como es recuperar el amor de Stéphane.

Dos personas que chocan pero que, sin embargo, están condenadas a entenderse. Lo hemos visto muchas veces en la pantalla y el cine francés nos legó Indomable a comienzos de esta década. Una adaptación de una historia real que nos cautivó. Una dama de París no está en las antípodas, pero casi. La comedia deja paso al drama y la ternura a la pasión. Sobre todo el conjunto destaca una Jeanne Moreau incontestable que, con su voz ronca, sabe dotar a su personaje de aquello que necesita y mucho más. Si en ella, esta producción de 2012, que pasó sin gloria por el Festival de Locarno, sería mucho menor. Casi nada.

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From → Cine

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