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Mi casa en París (My Old Lady) (**)

4 agosto 2015

Un norteamericano maduro viaja hasta París con la intención de vender la casa que su padre, recién fallecido, le dejó en herencia. En ella habitan dos mujeres, la que fuera amante de su progenitor durante medio siglo, y su hija. Su presencia y los objetos que las rodean harán que experimente un profundo cambio.

Nacido en el seno de una familia judía, Israel Horovitz no dejó evidencias de su religión en el personaje central de esta obra de teatro que sirvió para que debutase como director cinematográfico. La acción se desarrolla en París, ciudad a la que acude Mathias Jim Gold –Kevin Kline- con la intención de vender la casa que le dejó en herencia su padre, con quien no mantenía relación desde hacía tiempo. En ella habitan Mathilde Girard –Maggie Smith-, una anciana de 92 años procedente de Gran Bretaña, y su hija Chloé –Kristin Scott Thomas.

Desde su llegada, Mathias se encuentra encantado con la mansión ya que, aparte de una sólida construcción y un par de niveles, posee un extenso jardín nada menos que en el centro de la capital francesa. Se topa sin embargo con un problema, ya que la ley francesa permite una figura por la cual un inquilino vitalicio percibe una renta mensual de su arrendatario. Y ese es el caso de Mathilde. Además de no poderla echar, ha de abonarle más de tres mil euros semanales, cantidad prácticamente imposible de satisfacer para un hombre que ha llegado a París solamente con el billete de ida y la intención de que su herencia pudiera permitirle vivir el resto de su existencia. La única forma de salir adelante momentáneamente es vendiendo a un anticuario algunos objetos esparcidos por la casa.

Cuanto más profundiza entre las cuatro paredes, y el jardín, que le ha tocado como propiedad, la relación de su padre con la inquilina se vuelve más reveladora. Ambos han sido amantes durante medio siglo, y la anciana le hace ver al recién llegado, un hombre atormentado por los fracasos que se recupera de un largo período abrazado al alcohol, el amor que su progenitor le profesaba.

Lo que arranca como una comedia deriva paulatinamente hacia el drama, evidenciándose cada vez más la procedencia del texto. La relación de los personajes resulta obvia a cada fotograma y, aunque está bien escrita, apenas sorprende porque el guion se aleja cada vez más de un texto eficiente para la gran pantalla. Ni siquiera la cercanía cada vez mayor entre Mathias y Chloé provoca reacciones inesperadas. Se trata de dos personajes infortunados, que han llegado a la parte final de su media edad sin encontrar sentido a sus vidas. En el teatro, donde hay que ser austero con el número de personajes, queda bien, pero en  la pantalla cierra un círculo que debiera ser más amplio.

Horovitz cuenta en su debut con tres actores notables que se entregan a sus respectivos personajes, aunque tampoco cuajan unas actuaciones sobresalientes debido a que el texto tampoco da para mucho más. Juno a ellos, cuenta con profesionales como Dominique Pinon, en papeles casi testimoniales, incluidos para forzar más salidas al exterior del protagonista, como es el caso del amante casado de Chloé. Cuando Mathías se deja ver por alguna calle de París o por las orillas del Sena se nota el intento de huir de la claustrofobia escénica, centrada en los tres personajes centrales y el posible comprador de la vivienda. El director maneja con acierto el color y los planos, siempre tradicionales, bien subrayados por una partitura de Mark Orton que se hace notar.

From → Cine

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