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Amama (***)

20 octubre 2015

Amama, abuela en euskera, al igual que sus predecesoras, decide los roles de sus descendientes en el caserío. Como mera observadora, atiende en silencio a cómo los tiempos cambian y a las fricciones subyacentes entre su hijo y el resto de su familia a causa del encontronazo entre las tradiciones y la libertad individual predominante hoy en día.

Por Juan Pedro de Frutos

Asier Altuna en su doble labor de director y guionista nos traslada a una cinta de introspección en el corazón del País Vasco, en concreto al desarrollo de una vida familiar arcana en tradiciones a través del quehacer diario en su caserío.  Es, a partir de esta cuestión, en el contraste entre lo urbano y lo rural sobre lo que gira Amama y a las relaciones intergeneracionales con diferentes puntos de vista. De este modo, tenemos a una nueva generación que no acaba de entender y mucho menos acatar un destino preconcebido sobre los sueños propios.

Tomando la iniciativa del bando tradicional se encuentra la amama –Amparo Badiola, debutante a sus 83 años- que, como si una gurú se tratase, colorea el destino de sus nietos en el tronco de los árboles que se plantan al nacer cada nuevo vástago. En consonancia a la tradición, pinta de rojo al primogénito, único heredero del caserío; de blanco a su hermano pequeño, calificándolo de vago; y de negro a la nieta, tachándola de rebelde y mala. Todo ello, suponiendo que coexista en eterno estatus quo en el microclima perpetuo del caserío a modo de único y verdadero estilo de vida.

Con lo que no contaban en esta nueva época era con el destino dispar para los tres hijos del matrimonio: el mayor optó por buscar fortuna más allá del entorno rural, el otro varón no vería con malos ojos cargar con la responsabilidad del caserío, pero lejos de obsesión egoísta de su progenitor, que si lo ve necesario, hasta se desharía de su propio perro si con la edad dejara de servirle; y, finalmente, la pequeña. Es en este personaje -Iraia Elias- en el que la acción repara con más ahínco, pues no sólo es la más unida a la amama y la que expresa con mayor fervor esas diferencias con las creencias de sus padres, sino que a lo largo de la cinta conforma una especie de memento al plasmar en celulosa la figura de su abuela con una sensibilidad artística notable. Mientras tanto, se distancia de su padre, cuyo carácter sólo le lleva a la soledad. Es a partir de este punto cuando se da cuenta de que su talante autoritario y egoísta precisa tornar pronto para recuperar a una familia con la que está obligado a entenderse si pretende evitar que la abandonen.

Hasta aquí todo apunta a que veremos una cinta interesante, pues el argumento y la propuesta así lo dan a entender; pero el gran problema de Amama reside en su ejecución. No es que sea un mal producto final, pues técnicamente es bueno, sino en el cómo se ha llevado a cabo. Esto se traduce en que el espectador perderá el interés con el pasar de los minutos hasta llegar a una recta final en la que parece que la última media hora podía haberse comprimido bastante.

Alarga una conclusión lógica, convertida en una conglomeración de simbolismo repetitivo, en la que no se aportan los suficientes detalles que justifiquen tal decisión. Esto no implica que un amante del Séptimo Arte no vaya a disfrutar de la película y de su más de hora y media de metraje, más bien que el espectador optará por recomendar otro título a su entorno. Y es que ser premiado en el festival de San Sebastián con el Premio Irizar al Cine Vasco y gozar de críticas favorables no implica que los espectadores lleguen a congeniar con el exceso de simbolismo de la película pese a su historia y a lo arriesgado de su apuesta por una ruptura con tintes correctos.

From → Cine

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