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La promesa (Une promesse) (*)

11 noviembre 2015

En el ambiente previo a la Primera Guerra Mundial, la esposa de un industrial alemán, bastante más joven de su marido, se enamora del secretario de éste. Separados inicialmente por su esposo, el conflicto bélico pone trabas mayores a su encuentro, al tiempo que el correo que se cruzan los protagonistas termina por interrumpirse.

Siempre me ha costado mucho, tal vez demasiado, aguantar una historia en la que hay que esperar como mínimo hora y media para que los componentes de una pareja de amantes den rienda suelta y consuman su pasión. Me pasó, por ejemplo, con Un horizonte muy lejano, con la entonces pareja de moda Cruise-Kidman, y me ha sucedido también con el último trabajo de Patrice Leconte, basado en una novela romántica de Stefan Zweig.

Parece que el cineasta parisino, que anda cerca de las siete décadas de vida, tuviera prisa o necesidad de tocar todos los géneros. Sus más recientes trabajos, por orden cronológico, son una comedia dramática, una producción animada, este melodrama sentimental y una comedia disparatada como No molestar.  Salvo la primera de ellas, todas son adaptaciones de fuentes literarias y La promesa se paseó por diversos festivales, incluido el de Venecia, sin que por ello consiguiese un respaldo mayoritario o una promoción más llamativa.

La historia arranca en 1912 en una localidad germana de la cuenca del Ruhr donde Karl Hoffmeister –Alan Rickman- es propietario de una fundición. A las oficinas llega un nuevo trabajador, Friedrich Zeitz –Richard Madden-, quien gracias a sus conocimientos y a su entrega, no tarda en escalar posiciones hasta convertirse en secretario personal del patrón, cuyo estado de salud dista mucho de ser óptimo.

Entre Friedrich y Lotte –Rebecca Hall- la esposa del industrial, mucho más joven que él, existe una mutua atracción, reforzada por la presencia casi constante del empleado en la mansión. Posee su propio cuarto, muy cerca de la habitación principal, cena con el matrimonio y se encarga de reforzar los conocimientos de Otto –Toby Murray-, el pequeño de la familia. Con muchos intereses en México, el propietario de la empresa le solicita a Friedrich que cruce el Atlántico para supervisar las actividades del negocio en ultramar durante dos años, principalmente en el país donde explotan unas minas claves para su producción. Antes de la partida, los amantes, que sólo han mantenido algún que otro roce, prometen que darán rienda suelta a su pasión cuando se reencuentren.  Sin embargo, la guerra se interpone, las cartas no llegan a su destino y los años pasan sin que Lotte haya perdido un ápice de su deseo.

Un drama tan convencional como pasado de moda. Si no fuera por la puesta en escena, con una dirección artística de primer orden, y la fotografía de Eduardo Serra, apenas tendríamos motivos para mirar a la pantalla. No está a la altura la interpretación, si bien Rickman y Hall cumplen con sus respectivos papeles, pero entre ella y el actor que encarna al joven enamorado apenas existe química. Se trata de una relación difícil de creer porque a Madden todavía le falta ascender algún que otro escalón y parece encontrarse mucho más cómodo en sus apariciones de series para la pequeña pantalla.

Hay detalles en el film que terminan por chirriar, aparte de un argumento sensiblero, que se adivina aunque no se haya leído la novela original. Entre ellos, la utilización del zoom por parte de Leconte, y algunos detalles de la historia, como que Lotte vaya a despedir a su enamorado a la estación de Oberhausen cuando su amor era secreto. Posiblemente, otro homenaje a Clint Eastwood, puesto que hay demasiadas circunstancias que remiten a El intercambio, incluido el vestuario de Rebecca Hall, con una colección de sombreros realmente atractiva, que compite con los mostrados por Angelina Jolie en aquel thriller psicológico basado en hechos reales.

From → Cine

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