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La calle de la amargura (****)

25 noviembre 2015

Dos prostitutas maduras se van con dos luchadores profesionales de corta estatura. Con la intención de drogarlos para robar el dinero de su última victoria, los matan accidentalmente en un sórdido hotel. La policía no tarda en detenerlas como sucedió realmente en un suceso que tuvo lugar en 2009 y que ocupó un amplio espacio en los medios locales.

Nada menos que medio siglo de carrera acumula sobre sus espalas el hispanomexicano Arturo Ripstein, el discípulo más aventajado del aragonés Luis Buñuel. Por eso fue homenajeado con toda justicia en la Mostra de Venecia, donde se proyectó en primicia este film costumbrista basado en una historia real y coescrito por el cineasta y su inseparable compañera Paz Alicia Garciadiego. En el mismo se recupera un suceso acaecido en 2009 en Ciudad de México cuando dos prostitutas entradas en años mataron sin pretenderlo a dos enanos profesionales de la lucha libre.

Adela –Patrica Reyes Spíndola- ha perdido la esquina en la que conseguía sus mayores beneficios. Márgara –Emoé de la Parra- se la da ahora a profesionales más jóvenes. Vive con una anciana a la que ha rescatado en la calle y que le sirve para conseguir dinero a base de mendicidad. Dora –Nora Velázquez- hace tiempo que ha dejado de ser joven. Comparte su casa con su hija, una joven que piensa solamente en divertirse, y con un hombre mayor que ella al que le mantiene a cambio de momentos de amor aun sabiendo que le gusta travestirse y contactar con muchachos adolescentes.

Paralelamente, asistimos a las peripecias de dos enanos luchadores profesionales, La Muerte Chiquita –Juan Francisco Longoria- y Akita –Guillermo López-. Son de corta estatura aunque su madre, Doña Epi –Sylvia Pasquel- y sus hijos son de talla normal. Nunca se quitan sus máscaras, ni siquiera para echar un trago o fumar un cigarrillo. Una noche, después de haber ganado sus respectivos combates se van a celebrarlo a un hotel de mala muerte con las dos sexo-servidoras, en palabras del autor. Ellas, para robarles su dinero les proporcionan un líquido oftalmológico en cantidades que deberían adormecer a una persona normal, pero lo suficiente para matar a sus dos acompañantes.

Rodada en blanco y negro, con una buena fotografía de Alejandro Cantú, que se luce especialmente en la iluminación, Ripstein nos ofrece un retrato sórdido de la zona roja de la capital mexicana, rodada en escuetos y escasos decorados en el Cuadrante de La Soledad, no muy lejos del Zócalo. El autor no quiere juzgar a sus personajes, sólo expone los hechos e inventa palabras y frases que pueden enriquecer nuestro vocabulario. Las malas acciones son fregaderas y siempre una cogida es una cogida, como le dice a Dora su descuidado amante después de que la sexo servidora viniese de hacer un servicio.

Hay destellos de Buñuel, pero también personajes que bien habría podido firmar Federico Fellini sin el menor decoro. Y claroscuros con figuras cuyas sombras se proyectan en la pared al estilo de los clásicos alemanes anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Personajes bien definidos por medio de un guion competente y una exquisita puesta en escena a la que le falta cierta calidad en el sonido directo. La interpretación de las dos mujeres protagonistas, Patricia Reyes Spíndola y Nora Velázquez, nada acostumbradas a los focos que suponen ser cabecera de reparto brillan a una altura casi mágica. Parece que han nacido en el barrio y que forman parte de su fisonomía.

Película dura, sin concesiones. Amarga como una gran avenida, tal y como presume su título. Una vez más, los caracteres guardan fidelidad con los tipos marginados tan caros a su autor, que manifiestan sin ápices de envidia unas esperanzas que saben de antemano que nunca podrán cumplirse. Fiel radiografía del México más desarraigado y lúgubre por el que pululan seres que se mueven casi siempre al borde del abismo. Como todos los que aparecen en esta producción.

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From → Cine

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