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Techo y comida (***)

2 diciembre 2015

Una madre soltera se esfuerza por salir adelante. No lo tiene fácil en la Andalucía del 2012, cuando la crisis económica se hacía notar con mayor virulencia. Gracias a trabajos basura, esporádicos y mal pagados, así como a la caridad de una vecina y a lo que se encuentra en los basureros, apenas puede alimentar a su hijo.

Después de obtener en Goya a la mejor actriz revelación por Vivir es fácil con los ojos cerrados, la granadina Natalia de Molina es una firme candidata a conseguir el premio gordo en la próxima edición gracias a su Rocío, una joven abnegada que lucha por salir adelante con su crío de apenas diez años en Jerez de la Frontera, una localidad andaluza especialmente acuciada por la crisis económica en 2012. La escasez de trabajo y las mínimas oportunidades lastran las buenas intenciones de la protagonista, que siente sobre su cabeza la espada de Damocles del desahucio.

El debutante Juan Miguel del Castillo quiso reflejar la realidad de una incómoda situación vivida especialmente en su ciudad a comienzos de la segunda década del siglo XXI. La crisis económica traía consigo la pobreza en muchas familias y la pérdida de un hogar que emergía como su único refugio. Rocío es una de esas mujeres, madre soltera, que apenas trabaja un par de días al mes repartiendo publicidad, que busca galletas y yogures caducados en los contenedores, o que escarba en los vertederos para vender a un euro en su top manta particular.

La mayor parte de la jornadas se conforma con un té para que su hijo Adrián –Jaime López- pueda comer un poco de pan con las salchichas de oferta en el supermercado. Los días en que María –Mariana Cordero-, les ofrece algo de la comida que ha cocinado pueden parecerse a una fiesta. Robando la luz, con el agua y el teléfono cortados por falta de pago, el juzgado ha fichado día y hora para el desahucio solicitado por su casero –Gaspar Campuzano-. Imagen de una España sin sustento que tenía su contrapunto en el éxito futbolístico de la selección.

La historia tiene visos de tragedia griega y se aboca a un final esperanza. Juan Miguel del Castillo pone la cámara con acierto y se vuelca en su protagonista que, gracias a su gran labor y a un buen maquillaje es capaz de convencernos de que no nos hallamos ante un docudrama. Pero los personajes son fríos dentro del dolor que respiran, incluso la vecina que vende rifas –Mercedes Hoyos-, o la madre separada que espanta a los hombres. Mucho más, todavía, los representantes de la Administración, faltos de sentimiento o hastiados de tanta miseria.

Las fatalidades son tantas y tan seguidas que apenas da tiempo a digerirlas y el espectador no termina de sumergirse del todo en el cúmulo de desgracias personales. Tanto es así, que la grave enfermedad de la hermana de María pasa casi de puntillas ante los horrores personales que aquejan a Rocío y Adrián. Los roles son demasiado planos y sufren tanto que no parecen digerir los infortunios que llegan en cascada.

La película sirve como denuncia y también como fiel reflejo de una realidad en la que siempre sopla el viento de cara. Sin masticar las situaciones y con tanta protesta esquemática, este relato angustioso parece algo menos de lo que en realidad es. Hay ciertos errores, principalmente en el vestuario, y en algunas frases que, quizá, no están incluidas en el mejor momento. El Y a ti ¿quién te rescata? Probablemente llega demasiado tarde, como colofón a una historia en la que el santo Job tendría que armarse de paciencia para no rebelarse.

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From → Cine

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