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El puente de los espías (Bridge os Spies) (****)

4 diciembre 2015

Un prestigioso abogado de Brooklyn se ve inmerso en el corazón de la guerra fría cuando la CIA le encarga que sea mediador para un canje de prisioneros que afecta al piloto de un avión U-2. La aeronave cumplía una misión cerca de la frontera con Turquía cuando fue derribado por misiles soviéticos y su aeronauta fue capturado.

Una simple nota a pie de página en un libro sirvió para que Matt Charman escribiera un guion que, posteriormente, fue revisado por Ethan y Joel Coen. Para entonces, Steven Spielberg ya se había interesado por el proyecto y el resultado es una sólida producción. Spielberg en estado puro, aunque a los espectadores jóvenes la cinta les pueda oler a rancio. En realidad, se trata de una puesta en escena dirigida con talento, con buenas interpretaciones y que contiene  fragmentos, especialmente al inicio, que pueden calificarse como una muestra del mejor cine ejecutado por el realizador de Cincinnati.

La producción se abre presentándonos a dos personajes. Rudolf Abel –Mark Rylance- es un espía soviético afincado en Estados Unidos cuyo principal hobby es la pintura. James B. Donovan –Tom Hanks- es un acreditado abogado de Brooklyn especializado en temas de seguros. Cuando Abel es capturado por el FBI, en plena guerra fría, las autoridades estadounidenses desean demostrar al mundo que hasta sus más insidiosos rivales gozan de un juicio justo. Por ello encargan a Donovan la defensa del agente de la URSS. El letrado encuentra indicios por los que el juicio debiera tener un final feliz para su cliente, pero el juez hace oídos sordos a sus peticiones y el jurado popular lo considera culpable.

Antes de que se emita el veredicto, Donovan intercede para que no se dicte la pena capital, entendiendo que el prisionero puede ser valioso para un hipotético canje en caso de que la policía de Nikita Kruschev capturase a algún elemento norteamericano. Tal circunstancia no tarda en producirse y la CIA encarga al abogado que viaje a Berlín Oriental para propiciar el intercambio de prisioneros después de que el piloto Frances Gary Powers –Austin Stowell- fuese abatido. Manejaba un U-2, un ingenio secreto de la armada estadounidense, capaz de tomar fotografías a 70.000 metros de altitud. En su caso, la zona de acción se situaba próxima a la frontera con Turquía.

Paralelamente, un estudiante de economía, Fredric Pryor –Will Rogers- era detenido accidentalmente por la Stasi de Alemania Oriental y a Donovan le tocó pelear en dos frentes: con la KGB, representada por Ivan Alexandrovich Schischkin –Mikhail Gorevoy- por imposición, y con Wolfgang Vogel –Sebastian Koch-, por convicción. Eran días duros, cuando se levantaba el muro de Berlín durante un invierno especialmente frío. Los hechos reales se conocieron como Operation Gold y, desde entonces, Donovan intervino en la liberación de varios miles de sus conciudadanos por encargo del Gobierno de John F. Kennedy, incluidos los capturados en Cuba tras el incidente de Bahía de Cochinos.

El reparto funciona de forma magistral, con un Tom Hanks convincente al que le falta guion para poder aspirar a un nuevo Oscar, aunque se encuentre entre los finalistas, y un Mark Rylance que presente su candidatura a la estatuilla de forma incontestable. Los diálogos entre ambos son  inteligentes y constituyen los puntos álgidos de una historia que cuenta con el subrayado musical de Thomas Newman. Desde El color púrpura, el director no acudía a otro compositor que no fuese John Williams.

La labor del director es sobresaliente. Pocos como Spielberg para llevar al espectador a su terreno. Aunque la última parte del film sea menos sorprendente, no por ello decae su valor cinematográfico. La mayor pega es que inclina el ascua hacia su sardina, prevaleciendo los valores estadounidenses por encima del resto. Esta apología patria y falsos finales que propone se enjugan con el buen hacer técnico para emocionarnos y también para descubrir en cada secuencia la magnífica dirección artística y el buen posicionamiento de la cámara. La espectacular fotografía de Janusz Kamisko, con colores fríos, como corresponde a la época, colabora a ese sentimiento de cine antiguo, que no rancio, que desprende la cinta de principio a fin. Cine del bueno, realmente.

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From → Cine

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