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Invisibles (Time Out of my Mind) (**)

19 diciembre 2015

Un hombre caído en desgracia se ve obligado a vivir de la caridad. Tras acudir a un refugio para los sin techo, un veterano en estas lides le enseña cómo sobrevivir y le ayuda a recuperar la relación con su hija Maggie, con la que había perdido el contacto.

Doce años tardó Richard Gere en decidirse por el guion definitivo. No es vano, aparte de protagonista, también productor del film. En la idea encontramos al cineasta Oren Moverman, que no ha mejorado con sus dos largometrajes posteriores, la cinta de su debut: The Messenger. Ni siquiera ahora, pese a lucir una puesta en escena inteligente y audaz y que, según el protagonista de Oficial y caballero, es del trabajo ante las cámaras del que se siente más satisfecho.

George está en la bañera de piso que una cuadrilla de operarios debe dejar diáfano en una mañana. El encargado –Steve Buscemi- solicita al hombre que tiene ante él, con la ropa ajada y heridas en su rostro que abandone el local. Así sabemos que se llama George y afirma que tiene el permiso de Maggie para estar allí. Que ella regresará pronto. Fuese su novia, amiga o algún familiar, nadie da referencias de alguna persona con ese nombre, por lo que se verá obligado a marcharse con su escaso equipaje.

Pronto nos damos cuenta de que se trata de un vagabundo, una persona caída en desgracia que, además, no parece estar en sus cabales al ciento por cien. Deambula por la ciudad, se tumba en un banco, luego trata de encontrar otro acomodo y, después de tres cuartos de hora de proyección, se decide por uno de los refugios para los sin techo que existen en la ciudad de Nueva York. El problema es que George no tiene papeles ni identificación. No existe.

Para entonces, conocemos sobradamente las claves del film. En la mayoría de los planos, la cámara no tiene una visión nítida de la situación. Enfoca a través de cristales, con cortinas que también difuminan la imagen, o estrecheces que obligan a recortar el encuadre. Sin duda, Moverman propone una idea próxima al distanciamiento. Pretende acercarse al documental, dando preferencia a los sonidos callejeros. De hecho, no hay partitura musical, y el soundtrack lo percibimos a base de murmullos, conversaciones en segundo plano, el ruido habitual de la calle, o el sonido de músicos callejeros algunos de los cuales ni siquiera se ven. Esta es la base: lo impersonal en una ciudad ajetreada en la que cualquier ser humano puede verse abocado a la invisibilidad del resto.

Esa proximidad con el documental no es tan cierta en el resultado. Con la colocación de la cámara, el director también da idea de inverosimilitud, de forzar su historia, de velar al personaje central. Lo hace a lo largo de dos horas, lo que se nos antoja excesivo, especialmente a la vista de las repeticiones de alguna situación que podría haberse eliminado en la sala de montaje.

George suspira por Maggie –Jena Malone-, que en realidad es su hija y trabaja de camarera. Es capaz de seguirla con su novio de color por varias calles de la ciudad, incluso de pedir a un transeúnte que le entregue unas fotos a la chica, pero no se atreve a hablar con ella. Tampoco es que se encuentre más a gusto en el Hospital Bellevue, el lugar más amplio de Manhattan para los sin techo. Pero hasta ese lugar es una jungla, como la propia calle. No obstante, el protagonista encuentra un hombro en el que cobijarse inicialmente. Se trata de Dixon –Ben Vereen-, un veterano en esas lides, ex hombre de jazz que siempre tiene sinónimos en su mente para cualquier sustantivo, y que habla normalmente de forma optimista, como si de un charlatán de feria o un embaucador se tratase.

La cinta no permite alegrías. Ni siquiera con la aparición de Kyra Sedgwick interpretando dos papeles, como Karen y la falsa Sheila. Juega con la crueldad de lo impersonal y el vértigo de una gran ciudad. No hace lo mismo con su protagonista. Richard Gere cumple, se entrega y hasta se podría decir que está por encima de su media, pero no es creíble. Hay algo en su porte, en su figura, en su modo de hablar, en sus gestos, que nos remite más al millonario de Pretty Woman o al de La gran estafa, que a un indigente neoyorquino. Tampoco se explica convenientemente de dónde viene, ni cómo llegó a esa situación. Se puede pensar que ha caído en desgracia, pero sigue siendo American Gigolo, y hasta confiesa que se le dan bien las mujeres. Por él empiezan los males de esta película, que podría convertirse en un film de culto pero que está condenado al olvido.

From → Cine

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