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Pont Break (Sin límites) (*)

31 diciembre 2015

Un aspirante a convertirse en agente del FBI cree tener la clave para investigar una serie de actos delictivos desarrollados mediante acciones extremas. Con el visto bueno de su superior emprende un viaje a Europa donde se infiltrará entre un grupo de deportistas que, auspiciados por un magnate, llevan a cabo acciones límite.

Anunciada como un remake de la película del mismo título –Le llaman Bodhi, 1991-, dirigida por la oscarizada Kathryn Bigelow y protagonizada por Keanu Reeves y el malogrado Patrick Swayze, enseguida comienzas unas diferencias nada sutiles. En el inicio de esta nueva versión, dirigida por Ericson CoreInvencible– pensamos que nos hemos confundido de película o que, a pesar del cartel publicitario, se ha cambiado el surf por el motocrós. Johnny Utah –Luke Bracey- disfruta con su cabalgadura de dos ruedas por un paraje imposible junto a Jeff, un amigo de aventuras, en un terreno poco menos que impracticable. Un último salto con su montura le lleva a su destino, pero su compañero acaba despeñándose.

Desencantado con su vida de aventurero, decide enrolarse en el FBI, pero su jefe, el instructor Hall -Delroy Lindo-, no las tiene todas consigo al conocer su verdadera identidad y su cuerpo tatuado. Le da un voto de confianza cuando el chico parece tener una pista sobre ciertos actos delictivos perpetrados contra empresas norteamericanas en el exterior. Utah mantiene que es obra de una banda de deportistas extremos que quiere completar el Osaki 8. Se trata de una serie de pruebas instauradas en su día por Ono Osako, un eco-guerreo, que desafió los límites de lo imposible para morir en el intento.

El encuentro del protagonista con Bodhi –Edgar Ramírez- y los suyos, financiados por el multimillonario Pascal Al Fariq –Nikolai Kinski-, se produce en alta mar, frente a olas de gran tamaño. Así es como los dos personajes centrales se encuentran y comienzan a compartir una vida arriesgada que les lleva a los suburbios de París, a escarpadas cumbres de Los Alpes e, incluso, a Venezuela, donde ejecutarán una escalada libre paralela al Salto del Ángel.

La inmersión de la cinta en el surf se termina en esa secuencia en la que Utah conoce a Samsara –Teresa Palmer-, una muchacha que acompaña a Bodhi y sus seguidores desde hace tiempo. Con ella comparte fiestas y atracción, mientras la idea de los dos caracteres principales respecto al Osaki 8 parece muy distinta. De todas formas, cuando el FBI está convencido de quienes son los delincuentes, cortan la financiación de Al Fariq lo que lleva al  grupo de deportistas a cometer robos y asesinatos.

La coincidencia entre el film de 1991 y este remake pasa por la secuencia en las olas y los nombres de los dos protagonistas. Incluso, se ha cambiado su fisonomía porque, en este caso, Utah es el rubio y cuesta creer que fuese el hijo de una india norteamericana con esa cabellera. Por su parte, Bodhi es moreno y natural de América del Sur. El resto, es pura imaginación del guionista Kurt Wimmer, que nos ofrece un paseo por lugares casi vírgenes, de un atractivo natural innegable y que nos propone una serie de aventuras que parecen estar al servicio de una bebida energética fabricada por cualquier multinacional. Lo mejor, es que no se han utilizado trucos digitales para su rodaje sino que se recurrió a especialistas capaces de deslizarse a tumba abierta con su tabla de snow o subir paredes verticales sólo con la ayuda de sus manos.

El guion tiene escasos atractivos, por no decir nulos. Cualquier situación, exceptuando los espléndidos planos de parajes emocionantes, puede ser adelantada y las lagunas que ofrece la historia son tan numerosas y amplias como las de Ruidera. Casi nada se sostiene, ni siquiera el acercamiento entre los dos protagonistas, cuya química queda muy lejos de la propiciada en el pasado siglo por Swayze y Reeves. Tampoco se hace referencia a las caretas que, evocando a expresidentes de los Estados Unidos, lucían los atracadores en el film de Bigelow. Desde luego, para este bagaje no hacía falta recuperar el título, ni recurrir a la música de Junkie XL que, aunque vibrante, suena más a remake que la propia producción.

De todas formas, el icho está de moda, no sólo por los apellidos catalanes, sino también por el último film de Tarantino. Sólo faltaría que el episodio recién estrenado de Star Wars fuera el siguiente para que ese número luciera irrefrenables a comienzos de este 2016 para el que deseamos a todos los mejor.

From → Cine

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