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Nuestra hermana pequeña (Umimachi Diary – Kamakura Diary) (***)

24 marzo 2016

Tres hermanas que viven en una pequeña localidad costera de Japón viajan al funeral por el fallecimiento de su padre, a quien no veían desde quince años atrás. Allí se encuentran con la hija fruto del matrimonio de su progenitor con su última esposa y le ofrecen que se vaya a vivir con ellas. De esta forma, las cuatro aprenden a necesitarse.

Nos encontramos ante un nuevo ejemplo del cine japonés sobre la vida cotidiana, ese que huye de los grandes espectáculos o de historias ampulosas. En ese aspecto, Hirokazu Koreeda –o Kor-eda- es un buen ejemplo. No hace muchos meses presentaba en nuestras carteleras De tal padre, tal hijo y ahora regresa con este film, rodado dos años después, que se centra en el universo de cuatro hermanas, cada una con sus problemas, pero que en el guion del propio cineasta, adaptado de un manga de Akimi Yoshida, se reduce a un mundo reducido a las cuatro mujeres. Suficiente para ser seleccionada para la sección oficial del Festival de Cannes y obtener el premio del público en San Sebastián.

Ese microcosmos al que aludíamos, prácticamente se abre y se cierra con un funeral. Como si se quisiera cerrar un círculo que presenta inicialmente a las tres hermanas Koda. Sachi -Haruka Ayase-, 29 años, es la mayor. Es una enfermera que relaciona fácilmente con los hombres y que desea ocupar el lugar de una madre que siempre se mostró distante. Yoshino –Masami Nagasawa- , 22 años, trabaja en un banco  y se presume inteligente, aunque reacia a las labores domésticas. Aficionada al alcohol. Chika –Kaho-, 19 años, es una empleada de un establecimiento de artículos de deportes. Es la más risueña pero también la más extraña, tanto en su forma de vestir como en su comportamiento. Viven en Yamakura, una población costera.

Las cuatro acuden al funeral de su padre, al que no habían visto desde hacía quince años. En Sendai, sita en el interior del país, conocen a su media hermana Suzu Asano –Suzu Hirose-. Sus diecinueve años sólo los aparenta en el aspecto físico, ya que se trata de una adolescente seria y responsable. Su pasión es el fútbol. Las Koda le proponen irse a vivir con ellas, en la casa que era de su abuela y que ahora comparten. Una mansión amplia que alberga un atractivo jardín. Suzu acepta sin rechistar.

La película se centra desde ese momento en la vida en común de las cuatro hermanas, sus quehaceres y sus respectivos trabajos o estudios. Todas ellas se relacionan con hombres y la recién llegada tiene su primera aventura con un compañero de clase, Futa Ozaki –Oshiró Maeda-. Las cuatro aprenden a compartir y a vivir en armonía. Hasta tal punto, que terminan por necesitarse a pesar de algunos altibajos que casi siempre se quedan en almíbar y casi nunca rozan la tragedia gracias a la puesta en escena de Koreeda. El más atribulado es cuando Suzu critica a sus mayores, ya que su madre no debió pretender nunca a un hombre casado. En esa misma situación se encuentra Sachi, que se relaciona con el marido de una mujer depresiva.

El común denominador para todas ellas es la figura paterna. En esa ansia por conocer algo más sobre él, se relacionan con la dueña de un restaurante que padece una enfermedad terminal, aunque su legado culinario lo recogerá Fukuda para su establecimiento. Su presencia nos permite ver en la pantalla a Riri Furanki, uno de los protagonistas del anterior trabajo del director. Finalmente, el fallecimiento de la tía abuela de las chicas cerrará una historia en la que encontramos reminiscencias de Truffaut, Tornatore y, sobre todo, de Yasujiro Ozu.

Hay mucho del  genio creativo de Cuentos de Tokio en este film, como en casi toda la obra de Koreeda. La poesía que domina todos sus encuadres; los silencios, cuando los planos son cerrados; y los emotivos paisajes. Sin embargo, también hay diferencias entre ambos cineastas. No por mucho encumbrar las situaciones comunes se hace arte. Demasiada comida, demasiadas alusiones a los cerezos en flor, demasiado metraje, y una partitura almibarada de Yôko Kanno que evoca a Georges Delerue.

Con una exposición ardua, este film gana por momentos conforme se desarrolla, pero no siempre consigue su propósito. Enfrentarse a la muerte, y también a la vida, sacrificarse para una vida en familia, apenas resiste cuestiones más nimias, como la pedicura, confesar que la cocina de casa es mejor que la comprada para llevar, o adquirir un vestido para ofrecer seriedad. Hay que estar muy seguro de sí mismo, e iluminado en cada secuencia para conjugar ambos aspectos.

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From → Cine

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