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Norman del Norte (Norm of the North) (*)

25 marzo 2016

Cuando un magnate intenta poblar el Ártico a base de urbanizaciones de lujo, un oso polar llamado Norman intentará por todos los medios oponerse a sus deseos. Para ello, no duda en viajar a Nueva York y explotar sus condiciones como bailarín para preservar el sistema ecológico de su hábitat.

Rodada para ser proyectada también en tres dimensiones, la idea de un oso polar que es un experto bailarín y puede comunicarse con los seres humanos a través del diálogo, ha sido llevada a la pantalla por el debutante Trevor Wall. La idea, que ensalza la ecología y la amistad, como cualquier producto para niños que se precie, dista mucho de otras incursiones de ambiente gélido que, como Ice Age, han desembocado en una saga de gran aceptación comercial. Aunque el protagonista de esta nueva fábula resulta adorable y dan ganas de abrazarle, su historia da para muy poco, incluso para su público objetivo.

Norman se nos presenta como un animal destinado a ser el rey del Ártico, pero cuyas atribuciones se alejan de la fiereza para acercarse al show business. No sabe cazar, y cuando tiene alguna foca entre sus garras le da pena que su carne le sirva de almuerzo. Es único a la hora de entretener a los turistas con sus bailes y también por su capacidad para comunizarse con los seres humanos, heredada de su abuelo, que hace tiempo desapareció de la zona.

Cuando se instala una especie de observatorio en su hábitat, de la que es responsable Vera Brightly, madre de Olympia, una muchacha concienciada con la ecología, descubre en compañía de su amigo, el ave Sócrates, que un constructor desea urbanizar el Ártico. Se trata de Mr. Green, quien piensa ganar dinero a raudales una vez que haya creado la necesidad de residir en la zona a todos aquellos millonarios inquietos, ávidos de nuevas experiencias. Probablemente, la formulación más interesante de esta producción. En compañía de tres simpáticos lemmings, Norman se embarca como polizón para llegar a Estados Unidos y desbaratar los planes de Green, aunque para ello tenga que triunfar primero en el mundo del espectáculo.

Un argumento que tenía visos de convertirse en una buena película y en el punto de partida para una saga bastante explotable. Lástima que se haya quedado en el camino prácticamente desde su inicio. Los diálogos carecen de chispa, los gags no son novedosos y tanto el diseño de personajes como de los fondos no resisten apenas comparación con los trabajos que últimamente llegan des factorías como Pixar o Dreamworks. Da la impresión de que nos encontramos ante un largometraje de corte antiguo, cuando Disney recurría al personaje central y un par o tres de amigos graciosos que ejercían como contrapunto a una historia generalmente más dramática en el fondo que en la superficie.

Desde luego, esta propuesta casi consigue el efecto contrario de lo que en realidad parece buscar. Está lejos de ofrecer argumentos convincentes para no tener nuestra casita cerca del Polo Norte. Máxime, con osos tan tiernos como el protagonista o criaturas tan simpáticas como los indestructibles lemmings, a pesar de la leyenda negra que se atribuye a estos animales en relación con el suicidio. Si no recurrimos a una inmobiliaria para interesamos por alguna cabaña en el zona no es porque nos lo desaconseje este film sino por el elevado coste para acondicionarla.

Norman viaja a la metrópoli, como antes hicieron Tarzán, Cocodrilo Dundee y tantos otros, pero no busca la sonrisa en el anacronismo, sino en situaciones tan esquemáticas como sus propios personajes. Los adultos perderán muy pronto el interés por su propuesta y los más pequeños pasarán el rato siempre que no haya otra cosa mejor que hacer, lo cual sería muy discutible.

From → Cine

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