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Altamira (**)

31 marzo 2016

Un arqueólogo aficionado y su hija de ocho años descubrieron, en 1879, las pinturas de las Cuevas de Altamira, en Santander. Consideradas como La Capilla Sixtina del arte rupestre, los primeros pasos fueron difíciles, ya que la mayoría de los expertos consideraban que el hombre primitivo no podía tener tanta técnica como la que exigen esos grabados.

En principio, este trabajo iba destinado a convertirse en un documental, pero  sus productores entendieron que el proyecto era demasiado grande como para obviar la posibilidad de un largometraje. Razón por la que se encargó un guion a Olivia HetreedLa joven de la perla­-, que colaboró con la propuesta original de José Luis López-Linares, y la dirección a Hugh Hudson, nominado en su día al Oscar por su trabajo en Carros de fuego y ausente del cine comercial desde hacía casi tres lustros. El siguiente paso fue contratar un reparto internacional, encabezado por Antonio Banderas, que da vida a Marcelino Sanz de Sautuola.

Este noble cántabro, bisabuelo del que fuera presidente del Banco de Santander, Emilio Botín, era un arqueólogo aficionado, explorador de las cuevas de Revilla de Carmargo hasta que su afición se acrecentó todavía más cuando visitó la Exposición Universal de París de 1978. Un año después, cuando un  lugarrño descubrió una cueva próxima a la localidad de Santillana del Mar, durante la exploración en compañía de su hija María Justina, fue la pequeña quien le señaló la existencia de bueyes pintados en el techo. Es este propio personaje –Irene Escolar/Allegra Allen-, quien relata los hechos.

Altamira se le antojó un descubrimiento capital a Marcelino quien, desde ese momento, vivió casi exclusivamente para difundir al mundo el hallazgo. No le resultó tarea fácil, puesto que tuvo que enfrentarse a la Iglesia, encabezada por un reaccionario Monsignor –Rupert Everett-, que ejercía una poderosa influencia sobre Conchita Golshifteh Farahani- la beata esposa del protagonista. También contaba con la oposición de Ángel de los Ríos y Ríos –Henry Goodman-, cronista de La Montaña y reputado historiador. En un congreso en Lisboa, las teorías de Sanz de Sautuola fueron refutadas, principalmente por Émile Cartailhac –Clément Sibony-, quien se basó en la perfección de los dibujos, que la pintura parecía fresca y en la ausencia de hollín en el techo, ya que se consideraba prácticamente imposible ultimar los grabados sin recurrir a la provisión de antorchas.

El sueño del inquieto noble se esfumaba y su reputación cayó en picado a pesar de que Altamira tuviese como ilustre visitante al monarca español. Ni siquiera los apoyos del valenciano Juan Vilanova –Nicholas Farrell- sirvieron para reflotar un descubrimiento que, cuando se descubrieron en Francia los grabados de La Mouthe, comenzó a erigirse como un hallazgo capital, lo que llevó a Cartailhac a entonar su particular mea culpa. Insuficiente, puesto que Marcelino Sanz había fallecido catorce años antes.

Con una factura técnica envidiable, los grabados de la cueva cántabra lucen con todo su esplendor, incluso en los bocetos del pintor Paul Ratier –Pierre Niney-, cuyo personaje intenta enriquecer la propuesta fílmica sin conseguirlo. Lo cierto es que el guion resulta plano, sin definirse a la hora de atender la ascensión y caída del protagonista, su drama personal, incluido el familiar, o la repercusión de un tesoro reivindicado por el pastor que se topó con la cueva y al que se oculta sistemáticamente.

Hay un intento loable por enfrentar las teorías de Darwin y la férrea e intransigente posición eclesiástica con la realidad de que hace más de diez mil de años nuestros antepasados pudieron ser unos genios. Los diálogos son pulcros, quizá demasiado, y el desarrollo del film no aporta novedades con respecto a otros biopics al uso. Incluso, podría quedarse por debajo de la media si no fuese por el trabajo de Hudson, mejor en su puesta en escena que en la dirección de actores. Aun así, hay elementos que chirrían, como que los periódicos de la época, cántabros ellos, se hubieran escrito en inglés. Detalles con los que se ha confundido al director que, a cambio, consigue mantener la atención, mostrarnos el interior de la cueva con exquisita naturalidad y extraer buen partido a las ensoñaciones de María Sanz de Sautuola con los imponentes uros –animales de los que no se tenía constancia en la zona-, que cierto día de 1879 encontró en una mítica cueva cerca de Santillana del Mar.

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From → Cine

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