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El misterio de God’s Pocket (God’s Pocket) (*)

17 abril 2016

El joven Leon fallece en el trabajo y su padrastro intenta obviar el incidente con el correspondiente entierro. Sin embargo, la intromisión de un cronista alcohólico y mujeriego provocará que afloren rencillas, negocios sucios y trapicheos varios en un barrio periférico de Filadelfia durante la década de los 80.

Quedaban por estrenar en nuestro país más películas protagonizadas por Philip Seymour Hoffman. En concreto, ésta vio la luz en el Festival de Sundance, dos semanas antes del fallecimiento del actor, y suponía en el debut en la gran pantalla de John Slattery, actor reconocible gracias a su participación en la serie Mad Men. Para su primer trabajo como director eligió la adaptación de una novela de Peter DexterParis Trout, The Paperboy– desarrollada en un barrio periférico de Filadelfia durante los años 80.

La cinta se abre con un funeral y en seguida se retrotrae a fechas anteriores para explicarnos lo que sucedió al término del acto religioso. De entrada, se mencionan las características de los habitantes de God’s Pocket, el barrio en el que se desarrollan los acontecimientos. Sus nativos muestran una forma de proceder diferente, difícil de entender por los foráneos, a quien ellos mismos distinguen como una especie de intrusos. La mayoría trabajan en una industria en la que fallece el alocado Leon Hubbard –Caleb Landry Jones-, hijo de Jeannie –Christine Hendricks-, casada en segundas nupcias con Mickey Scarpato –Philip Syemour Hoffman-.

Mickey no ha nacido en el barrio y mantiene un negocio de tráfico ilegal de carne con su buen amigo Arthur Bird Capezio –John Turturro-. Cuando Leon muere, intenta que su fallecimiento no tenga mayor recorrido enterrando el cuerpo, pero la presencia de un reportero alcohólico y mujeriego que desea indagar en los hechos, Richard Shelbun –Richard Jenkins-, pone de relieve una serie de circunstancias que afectan, entre otros detalles, a una deuda previa de Mickey. El protagonista desea conseguir dinero para un último adiós digno, aunque tenga que pactar muy a su pesar con Jack Smilin Moran –Eddie Marsan-, el  propietario de la funeraria.

La película está plagada de personajes curiosos, estrafalarios o que viven al límite de la ley. Engaños, tapujos y enredos subrepticios que van desde la cantina donde todo se olvida hasta la fábrica en la que los empleados de cuello azul, prácticamente la casi totalidad de los habitantes del barrio, todo se oculta. Con su escritura elegante, Peter Drexter los describió con un talento que se queda muy apagado en la pantalla, hasta el punto de convertirlos en planos o indeseables. Hay mucho más detrás de cada uno de ellos de lo que se advierte en esta producción independiente, por lo que estamos obligados a imaginarlos en una tarea  que no es grata por las escasas pistas de un guion que ha cogido el envoltorio pero no ha sabido captar el alma de la novela.

Con unos actores creíbles, Philip Seymour Hoffman se ha encontrado con un rol muy parecido al que había encarnado a las órdenes de Sidney Lumet en Antes de que el diablo sepa que has muerto, donde tenía que vérselas en una situación desesperada. Esta vez sí que lo atacó con mayor experiencia, luciéndose en la interpretación y dejando que sus facciones controladas hicieran el resto. Probablemente, sea el papel más querido por el público, pero el suyo no deja de ser un personaje que evita simpatías. Con aires de mafioso, puede mostrar un buen corazón pero, sumido en una relación de pareja que no funciona, se antoja inerte ante los rumores de infidelidad.

El suyo, al igual que el de Richard Jenkins, como el periodista hastiado de ser cronista del barrio que busca en los vicios una válvula de escape, son los mejor trazados de un reparto que, a partir de ahí, se diluye a pesar del esfuerzo de los demás actores. La cinta discurre acercándose al drama, a la comedia pero también al esperpento. Los caracteres están exagerados, tanto en su parte negativa como positiva. Sus actos siempre les conducen al límite, alejándose siempre de lo que podríamos considerar personas normales. Las miserias que se describen no conducen al humor; las realidades marginales quieren huir del dramatismo absoluto como de la peste. Quizá por eso, nunca se encuentre el equilibrio.

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From → Cine

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