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Romance en Tokio (Tokyo fiancée) (**)

21 abril 2016

Una joven belga regresa a Tokio, ciudad en la que vivió hasta los cinco años. Quiere ser escritora, pero también convertirse en japonesa y para financiarse recurre a dar clases de francés. De esta forma conoce a su único alumno, que se convierte en su nuevo amor aunque tiene la sospecha de que pertenece a la sociedad secreta de los yakuza.

Tokio visto a través de los ojos de una soñadora muchacha belga de veinte años. Tokio como personaje, aunque huyendo de los estereotipos. Tokio, en fin, retratado por la pluma de la novelista Amélie Nothomb en una de sus obras de corte autobiográfico que sucedió a Estupor y temblores, llevada a la pantalla grande en 2003 por Alain Corneau. El personaje central, que vivió con sus padres en la capital nipona siendo niña, regresa a la ciudad que tiene idealizada con la intención de convertirse en lo más japonesa posible.

Quiere ser escritora pero, ante todo, es una soñadora que para costearse su estancia se ofrece a dar clases de francés. Así conoce al apuesto Rinri –Taichi Inoue-, su único alumno, con quien muy pronto inicia una relación. El director Stefan Liberski, de quien no hemos visto en España ninguno de sus dos largometrajes anteriores, se luce mostrando las diferencias culturales, llegando a su cénit en la secuencia en que Rinri prepara la cena y Amélie –Pauline Etienne, La religiosa-, adopta la figura de geisha por ser la única mujer. Viendo pasar los platos con viandas, se entretiene  con una prolija referencia a los distintos tipos de cerveza existentes en su país.

Una de las características del film es la propuesta formal de Liberski, que apuesta por una fotografía, a cargo de Hichame Alaouie, que está próxima a la ensoñación, lo que proporciona al relato un carácter onírico. Le refuerza la figura de su protagonista, cuyo aspecto físico recuerda a una joven Juliette Binoche, a la que se la han añadido como señas de identidad una corta melena a los garçon y camiseta marinera. Casi más lógica en un gondolero veneciano que a una turista centroeuropea en el Lejano Oriente. De esta forma, el contenido fluye con más interés por lo que se ve que por lo que se cuenta. Posiblemente, se hubiera necesitado retratar mejor los sentimientos para que la cinta nos atrape definitivamente ya que, una vez sobrepasados los primeros fogonazos, comienza a debilitarse el interés.

Indudablemente, a la hora de visionar esta propuesta nos encontramos con dos precedentes. De una parte, el nombre de la protagonista que, con su rostro dulce y claro, acompañado de su aparentemente frágil figura, nos remiten a la Amelie -2001- de Jean-Pierre Jeunet. Por otra, la temática se aproxima a Lost in Traslation, el sorprendente trabajo que Sofia Coppola presentó dos años más tarde. Con respecto a ambas referencias, sale perdiendo porque la narración de Jeunet es superior y Liberski está muy lejos de la fortaleza interior mostrada en el largometraje de la sobrina del creador de El Padrino.

Si la parte de Tokio en la que transcurre la acción se aproxima a una casa de muñecas y su entorno, el aspecto más moderno de la ciudad queda reflejado por la casa de la familia de Rinri, decorada a la última, y que refleja la diferencia de nivel en el que se mueven los protagonistas. En realidad, todo apunta a que la atracción que sienten mutuamente está más arraigada por la diferencia cultural que por otros motivos más románticos.

Incluso, ella supone que su enamorado pertenece a la sociedad secreta de los yakuza, la mafia japonesa que data del siglo XVII y que nos presentó en su día Sydney Pollack a través de las aventuras de un solvente Robert Mitchum. Tanto es así, que Amélie se imagina el corte del dedo meñique, aspecto que distingue a esta organización. Por si fuera poco, Rinri le habla de presentarle a compañeros de su sociedad, en lo que significa uno de los varios malentendidos presentes en el film comoa consecuencia de las diferencias de lenguaje.

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From → Cine

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