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El olivo (*)

5 mayo 2016

Una chica y su abuelo están plenamente identificados, pero él lleva mucho tiempo sin hablar, obsesionado porque en su día se han llevado un olivo bimilenario que pertenecía a su familia. La chica, por el cariño que le profesa, busca la ubicación actual del árbol y parte hacia Alemania en una odisea quijotesca.

Paul Laverty, acreditado guionista, ganador en Cannes, y pareja sentimental de la directora Icíar Bollaín, escribió este relato a raíz de una noticia aparecida en el periódico. Con ello quería denunciar la especulación masiva llevada a cabo en nuestro país en beneficio de la burbuja del ladrillo. Aunque hay comunidades que impiden la venta o el arranque de árboles con más de 350 años de antigüedad o seis metros de diámetro, no sucede lo mismo en otras zonas. Hay algunos países europeos que mantienen también esta prohibición, pero no la compra a otros situados más al sur, como España y Portugal.

La historia se centra en Alma –Anna Castillo-, una muchacha de veinte años que profesa un gran cariño a su abuelo Ramón –Manuel Cucala- quien, desde que ella era pequeña le inculcó su amor por loo árboles, especialmente por un olivo bimilenario que perteneció a su familia generación tras generación. Años atrás el árbol fue vendido por treinta mil euros para pagar una mordida al alcalde de una localidad costera donde el padre de Anna y su tío Alcachofas –Javier Gutiérrez-, deseaban montar un restaurante.

Como bien anunció Ramón, si se vendía el olivo se quedarían sin dinero, sin árbol y sin restaurante, lo que provocó la ruina económica de los hermanos y el resquebrajamiento de sus matrimonios. Como quiera que su abuelo lleva tiempo sin comer ni hablar, y que se refugia en el paraje donde echa en falta su codiciado bien, Anna busca el paradero del árbol, encontrándolo en Alemania como logotipo de una empresa de energía a la que no le importa en absoluto la tala indiscriminada de la foresta. Sin embargo, queda muy bien en el hall de sus oficinas centrales. La muchacha parte hacia Dusseldorf en compañía de Alcachofas y de Rafa –Pep Ambós-, un transportista enamorado de ella.

Una aventura quijotesca basada en los engaños y en la especulación. Anna engaña a su tío y a su enamorado, lo mismo que hace con este último en sus noches de fiesta. No cuenta la verdad como tampoco Alcachofas a su esposa, causa principal del divorcio. Parten por carretera durante un largo fin de semana con un camión de gran tonelaje dispuestos a regresar con el olivo, mientras en las redes sociales se alimenta una campaña en contra de la empresa germana y a favor de los expedicionarios.

El guion de Paul Laverty se fundamenta en la denuncia. Tanto de la especulación urbanística, como del destrozo de la ecología, o la corrupción económica. No falta una incursión en el ampuloso chalé de quien tiene sus bienes a nombre de familiares para no pagar sus deudas. Sin embargo, se hace de una manera deslavazada, entre secuencias que chirrían y otras que necesitarían una mayor profundidad. Aunque la puesta en escena es eficiente e Icíar Bollaín consigue momentos de gran belleza, casi todas las propuestas quedan esbozadas, como si se diera por sabido lo que hay en su trasfondo.

Lo hace a través de personales irregulares, en los que resulta difícil entrar. Detalle que no favorece el lucimiento pleno de actores tan importantes como Javier Gutiérrez, quien tiene que hacer frente a un rol de perdedor que, en ocasiones, se muestra demasiado afectado. Sucede algo parecido con Anna Castillo, debutante en un papel estelar.

El drama profundo se alterna con momentos de humor en diálogos poco conseguidos. Es serio, porque es alemán, cura y protestante, se dice. Toda la aventura se transfigura en un quiero y no puedo. Aunque entra por los ojos, a esta historia quijotesca del siglo XXI le falta calidad literaria, le sobra algún que otro tópico, y no consigue acertar en la continuidad fílmica. Necesitaría hilvanar más las secuencias y no dejar tantas cosas a medio camino.

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From → Cine

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