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Un doctor en la campiña (Médecin de campagne) (***)

24 mayo 2016

Jean Pierre lleva años como médico rural. Conoce a sus pacientes y ellos le quieren y le respetan. Cuando se le diagnostica un tumor cerebral, un colega le envía a una doctora que conoce la zona y tiene experiencia como enfermera y residente en un hospital. El entendimiento entre ambos es muy complicado inicialmente.

Después de Hipócrates, el cineasta francés Thomas Litti vuelve a incidir en un guion donde los médicos son protagonistas. En aquella ocasión, debutaba con una comedia y ahora es el turno de un drama profundo, doloroso. Una de esas películas deprimentes en las que si entras en ella sales absolutamente satisfecho pero que, de otra forma, te cuesta asimilar el dolor que transmite a pesar de una leve concesión final. Tan leve, que ni siquiera puede considerarse demasiado optimista.

Jean Pierre Werner –François Cluzet- es un médico rural que ejerce en un vasto territorio de la campiña francesa. Un colega suyo, el doctor Norès, le diagnostica un tumor cerebral con metástasis en un pulmón por lo que le aconseja que cese en el desempeño de su trabajo mientras inicia un tratamiento que incluye quimioterapia. Sus posibilidades de supervivencia están al cincuenta por ciento y el propio Norès le envía a una recién licenciada que, tras haber ejercido como enfermera, posee la experiencia de médico residente en un hospital aparte de conocer la zona, ya que veraneaba allí con sus padres.

La reacción de Werner con la recién llegada es de rechazo. Le gasta una novatada a costa del alcalde Maroini –Patrick Descamps- y la lanza sin pudor hacia los pacientes más contestatarios, incluida su propia madre –Isabelle Saldoyan-. Sin embargo, mientras la enfermedad evoluciona, Nathalie Delezia –Marianne Denicourt- se muestra cada vez más cercana a los pacientes, hasta el punto de que ambos médicos parecen formar un binomio muy sólido. No quita para que tengan un severo enfrentamiento por culpa de Monsieur Sorlin –Guy Faucer-, un enfermo terminal de 92 años al que Werner no le quiere internar porque el tratamiento sería menos paliativo en cualquier centro sanitario. Por el contrario, se gana la confianza de Alexis –Yohan Goetzmann- y advierte a la joven Ninon –Margaux Fabre- sobre la personalidad de su novio.

La cinta nos deja secuencias duras, como cuando el alcalde se secciona la femoral o el lavado de un cadáver. También apunta referencias a la medicina más insensibilizada. A cambio, acerca la figura del médico rural y ensalza la labor que lleva a cabo cada uno de sus practicantes. Su consulta permenece abierta las 24 horas del día, y no tiene pereza a la hora de desplazarse más de un centenar de kilómetros. En Francia como en España, los Departamentos, Comunidades Autónomas o provincias se ven obligadas a llegar a una serie de acuerdos puntuales en función de la distribución geográfica.

Juega a favor de la película la buena sintonía y complicidad de la pareja protagonista. François Cluzet casi siempre es efectivo y sabe cómo dar el tempo perfecto a sus personajes. Juntos han trabajado con anterioridad en un par de ocasiones pero no habían compartido el epicentro de ninguno de esos filmes. La protagonista de Sade -2000- demuestra que tiene apariencia y talento para sobresalir de los papeles secundarios en los que ha estado prácticamente inmersa hasta la fecha.

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