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Casa Grande (**)

26 mayo 2016

Jean es un adolescente criado en el seno de una familia con posibles. Sin embargo, hace tiempo que su padre está en la ruina y tiene que prescindir de ciertos lujos, como el chófer. El joven ahora toma el autobús para ir al colegio y así conoce a una muchacha de distinta condición social que le abre nuevas expectativas.

Casa Grande, en Brasil, tiene el significado de mansión, pero también se aplicaba antaño, en la época de la esclavitud, a las residencias de los blancos en las plantaciones de azúcar. Este doble sentido apunta a una primera crítica que no se queda solamente en el título sino que pone al descubierto algunas de las desigualdades del país en lo que se refiere principalmente a las clases sociales y la educación. El plano inicial ya resulta muy sugerente, con una gran casa unifamiliar, jacuzzi exterior, sirvientes, varios coches de lujo…

No es oro todo lo que reluce en este primer relato de ficción de Fellipe Barbosa, en buena parte autobiográfico. Hugo Cavalcanti –Marcello Novaes- se jacta de su casa con 1.400 metros construidos, sus acabados, el jardín, los cuadros, el enorme ático… Todo eso podía mantenerlo, pero no desde que la empresa para la que trabajaba cerró y él se muestra lo suficientemente altivo como para no buscar un nuevo empleo después de sus aciertos como asesor económico. Lo primero es prescindir del chófer, que también ejerce de jardinero desde hace muchos años. A su hija Nathalie –Alice Melo- la llevará él mismo al colegio y su hijo mayor, Jean –Thales Cavalcanti-, tendrá que tomar el autobús para ir al otro lado de la ciudad antes de las pruebas de acceso a la Universidad.

La vida de la familia ha sido una enorme mentira en los últimos meses, hasta que, poco a poco, cada cual descubre los pufos de Hugo, que han terminado por afectar la vida cotidiana de los demás. Su esposa, Sônia –Suzana Pires-, la más decidida, vende productos de belleza a domicilio, y Jean ha conocido en el autobús a Luiza –Bruna Amaya-, una muchacha de inferior condición social, que le abre un mundo nuevo. Y es que Jean, el verdadero protagonista, a sus 17 años descubre que hay otros mundos aparte de aquel en el que ha crecido, despertando al sexo con la sirviente Rita –Clarissa Pinheiro-, o incluso estando más cerca de Severino –Gentil Cordeiro-, el chófer, que de su propio padre.

En 2012, Kleber Mendonça Filho presentó Sonidos de barrioO som a o redor-, para mostrarnos la realidad de un barrio de Recife en el que sus habitantes se sienten inseguros. En la casa grande de Río de Janeiro, la familia de Hugo no deja de recibir llamadas falsas en las que piden rescate por un secuestro que no es tal. Con mayor benevolencia que en el film citado, en el que Fellipe Barbosa ejerció de director adjunto, se nos ofrece una visión poco turística de la ciudad que será sede de los próximos Juegos Olímpicos. No se mete entre las favelas, pero tampoco hay postales del Corcovado o de sus idílicas playas.

Aunque Jean y Luiza se quedan solos, supuestamente en la arena de Copacabana, la niebla contrasta con el reclamo de las postales o el cine. Principalmente, nos muestra tres formas de vida que enlazan con alusiones a las desigualdades. Comienza por la clase alta, donde está bien visto hablar francés e, incluso, ponerles nombres francófonos a sus hijos. Luego, la clase media del colegio, donde se supone que Jean es el más acaudalado, para terminar en barrios con menos recursos, allí donde impera el forró, un tipo de baile sensual del que solamente se han exportado unas pocas canciones y que combina la salsa con la samba rock.

Encarnados por actores provenientes de telenovelas, excepto los jóvenes, que debutan ante las cámaras, los personajes debaten sobre varias cuestiones. La que se lleva la palma es la ley dispuesta hace poco tiempo en relación a las cuotas; esto es, la integración de los ciudadanos de color. Aunque Brasil no se encuentre entre los países más racistas del mundo, se ve que cuesta mucho llegar a la igualdad plena. También se discute acerca de los modelos de enseñanza pública y privada y la diferencia de clases. Barbosa es reiterativo y hasta llega a ser plúmbeo. Su fijación por mantener la línea principal le hace despreciar algunas miradas que podrían serle útiles, como la realidad de la gente y los barrios vista a través de una ventanilla de autobús. Tampoco pretende tomar partido. Suele emparejar puntos de vista contrarios, pero el desenlace es toda una declaración de intenciones. Al menos, en el plano social.

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From → Cine

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