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Champions League: de la suerte al infortunio

29 mayo 2016

El Real Madrid se alzó en Milán con su undécima Liga de Campeones/Copa de Europa con más o menos fortuna. Su rival, el Atlético de Madrid, volvió a estrellarse en esta competición en el desenlace. El penalti errado por Juanfran y el transformado por Cristiano Ronaldo dirimieron un enfrentamiento en el que sus protagonistas terminaron extenuados por el esfuerzo.

El desenlace de la final me dejó mal sabor de boca. Supongo que ganase el equipo que ganase me ocurriría lo mismo. Por un lado, está la hegemonía del Real Madrid en una competición que fundó y en la que quiere mirar a todos por encima del hombro. Suma títulos con demasiada facilidad en un torneo muy difícil de conquistar. Tanto, que Mariano Rajoy dijo antes del choque era más difícil llegar a la final y ganarla que firmar un pacto de Gobierno.

Por otra, el Atlético de Madrid acumula méritos para tener en sus vitrinas una orejona por lo menos. Tres veces nadó y nadó para morir en la orilla. Es trágico, pero no injusto. Las finales no se juegan, se ganan. La autoría de la frase es de Alfredo di Stéfano, aunque muchos se la atribuyen a Luis Aragonés, que militaba en las categorías inferiores del Real Madrid cuando la Saeta Rubia aseveró la sentencia. Si no sabes o no puedes ganar, mejor que no hables de injusticia, de castigo divino o de mala suerte. Cuando sucede tres veces sólo cabe una posibilidad: levantarse y volver a intentarlo. De otra forma, te hundirías en la mediocridad, donde el supuesto mal fario se cambia por el olvido. Mucho peor.

Tampoco creo que el desenlace de Milán haya sido injusto. Si los de Zinedine Zidane se hubieran ido al descanso con dos goles de ventaja, después de la ocasión de Casemiro, previa a la del tanto de Sergio Ramos, cuyo fuera de juego no era fácil de ver, a nadie le hubiese extrañado. Desde la ventaja obtenida por el andaluz, el Atlético no sabía qué hacer con el balón regalado por su rival. Sus intentos eran lejanos o mansos. En la segunda parte, la marcha de Daniel Carvajal y la aparición de Yannick Ferreira Carrasco  alteraron el orden.

Aun así, los blancos pudieron cerrar el partido, antes de una oportunidad en la que Benzema pudo revertir su floja actuación, pero Oblak está para eso, para atajar los peligros que se le echan encima. De doblar la ventaja se pasó a la igualada en treinta segundos. Antes, Antoine Griezmann había desperdiciado una pena máxima. El Atlético parecía superior en la continuación, pero tuvo las mismas ocasiones claras, gol incluido, que el Real Madrid: tres. ¿Hubiera sido injusta la victoria de uno de ellos? Ambos jugaron desde el minuto quince con los papeles cambiados: los rojiblancos a tener el esférico, y su juego se resiente por ello; los de Concha Espina al contragolpe, pero su esfuerzo físico debilitaba su ataque.

En la prórroga se preveía mayor fortaleza de los de Diego Simeone, que sólo había gastado un cambio, pero sus futbolistas caían como fulminados por rayos invisibles. Nadie tenía fuerzas para atacar ni para defender. Una final de juego poco vistoso, muy trabajada en la pizarra, pero apasionante, con una gran Alicia Keys en los prolegómenos que, a pesar de su Girl on Fire, parecía tan fuera de lugar como Andrea Bocelli entre las dos hinchadas. Supongo que se digirió mejor en cualquier parte fuera de Madrid por un espectador imparcial.

Llegaron los penalties, con el precedente de que Jan Oblack era menos fiable que su rival, Keylor Navas. El destino puede ser cruel, pero no injusto. Juanfran Torres, que había dado el pase desde los once metros frente al PSV se encontró con el poste forzado por el aguante del costarricense. Cristiano Ronaldo, uno de los menos destacados, se encumbró a la gloria certificando la victoria de su equipo. Tan injusto como que perdiese el Atlético. Tan justo como que ganase el Real Madrid. No en vano, el portugués concluyó como máximo goleador  de la Champions.

Tan injusto como que Gabi nunca se haya asomado a la selección española, o tan justo como ensalzar a su entrenador como el artífice del milagro de su equipo, con mucho menos presupuesto y futbolistas de menor calidad, pero capaces de no caer con el Bayern de Munich, el Fútbol Club Barcelona y el Real Madrid. La capacidad del enemigo dignifica la victoria y Simeone es el peor rival futbolístico que te gustaría tener enfrente, aunque dude tras una derrota inesperada para él y para la mayoría de sus aficionados. A estos les hizo creer y esperamos que este nuevo golpe sea punto de inflexión para metas más altas y no para refugiarse en las catacumbas.

From → Deportes

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