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Eddie El Águila (Eddie The Eagle) (***)

9 junio 2016

Michael Edwards, más conocido como Eddie El Águila, tenía un sueño: convertirse en atleta olímpico. Después de diversas tentativas, consiguió clasificarse para los Juegos de Invierno de Calgary donde batió el récord de saltos de esquí del Reino Unido.

Destacar como saltador de esquí en Gran Bretaña es tan fácil como hacerlo en España en béisbol o como ser futbolista famoso en Samoa. Llegar a ser olímpico es otro cantar. Hace falta un don natural o tanto tesón como Michael Edwards –Taron Egerton, protagonista de Kingsman: Servicio secreto-, apodado Eddie por sus compañeros de colegio. De inicio, se muestran sus dificultades para ser un niño normal debido a una lesión de rodilla de la que no se recuperó hasta su entrada en la adolescencia. Su defecto físico no le impedía llevar a cabo incursiones en diversas disciplinas olímpicas con el único deseo de participar en unos Juegos.

Tras decepcionarse con el atletismo, estaba decidido a proseguir el oficio de escayolista junto a su padre cuando descubrió los deportes de invierno. Llegó a formar parte de la preselección del equipo olímpico de Gran Bretaña, pero Dustin Target –Tim McInnerny- el responsable federativo, decidió dejarle fuera porque  su forma de actuar, lo más próximo a un metepatas, ponía en riesgo al conjunto. Mientras, su progenitor –Keith Allen- veía con recelo sus intentos y su madre –Jo Hartley-, soñaba con que un día consiguiera su meta.

Finalmente, vio la oportunidad de clasificarse para los Juegos de Calgary en la modalidad de saltos de esquí. Para ello, se fue a Garmisch, donde contó con la ayuda de una emprendedora local, Petra –Iris Barben- y se formó bajo las órdenes de Bronson Peary –Huck Jackman-, que previamente había sido una figura de la disciplina, aunque tuvo roces significativos con su entrenador, Warren Sharp –Christopher Walker-. Edwards participó en los Juegos, donde batió el récord de su país con un salto por encima de los 71 metros. Sucedió en la misma cita en la que participó por primera vez en equipo de bobsleigh de Jamaica, cuya historia también fue llevada al séptimo arte.

Gracias a la historia creada por Simon Kelton, el cineasta Dexter Fletcher –Amanece en Edimburgo-, nos ha dejado una historia optimista, narrada con encanto que, si no supiéramos que se trata de una historia real, le habríamos concedido mucho más valor salvo por las incesantes muecas de Taron Egerton, que llegan a ponernos nerviosos. Se trata de una historia de superación más, pero con el aliciente de navegar entre el drama y la comedia, con algunas imágenes espectaculares, unos bellos planos deportivos y un intento de aproximarse al deporte des dentro, con especialistas como el finlandés Matti Nykänen –Edvin Endre-, el mejor saltador de la época. A la postre, la insistencia y animosidad del atleta cayó bien entre el público que, por festejar su aterrizaje, a pesar de quedar último, con un movimiento especial de los brazos, fue apodado El Águila.

La historia real fue muy distinta. No se puede decir que Eddie fuese una lumbrera. Más bien al contrario. Trabajó como escayolista en una institución psiquiátrica finlandesa, aunque realmente era un interno que costeaba su estancia con su trabajo. Llegó a ser un buen esquiador, pero no fue seleccionado para los Juegos de 1984, por lo que se pasó a los saltos. Mejoró su técnica en Lake Placid, Estados Unidos, a las órdenes de Chuck Berghorn y John Viscone. Su físico no era el más adecuado. Entrado en kilos para lo que se podría considerar un especialista, llevaba seis pares de calcetines para ajustar las botas.

El gesto bucal del actor protagonista era todavía más exagerado en el personaje real que, finalmente, quedó último en los Juegos de 1988, con dos saltos de 55 metros en el trampolín de 70 metros, a más de quince del antepenúltimo, el español Bernat Pujol Sola. En el trampolín de 90 metros, llegó a una distancia máxima de 71 metros por los 118,5 de Nykänen, medalla de oro en ambas disciplinas. Su presencia en la cita canadiense determinó que el Comité Olímpico Internacional estableciese la regla Eddie The Eagle, por la que no se puede competir por encima del treinta por ciento de la mejor marca establecida o formas parte de los cincuenta mejores del mundo.

Muchas digresiones con respecto a la historia real, pero no por ello la película deja de funcionar. Se ve con complacencia y hasta con más de media docena de sonrisas, producto del trabajo del director y de la compenetración artística entre los dos actores principales. Jackman demuestra que se mantiene en forma y los efectos digitales hacen creíble una aventura ilusionante, un nuevo afán de superación aparentemente increíble con el que llegas a conectar.  Ayuda la buena banda sonora de Matthew Margeson, un británico que a sus 35 años, cuando menos, ha sabido compilar las fanfarrias y la emoción del espíritu olímpico.

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From → Cine

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