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Green Room (****)

11 junio 2016

Los componentes de una banda punk aceptan en bolo en las proximidades Portland. En un garito donde predominan los skinheads son testigos de un asesinato. Los responsables de ese acto violento deciden eliminar a cualquier testigo que pueda incriminarles y comienza una escalada de violencia de imprevisibles consecuencias.

Suspense, acción violencia, gore… Una escalada que llega al culmen. Es difícil encontrar un film tan previsible y lleno de tópicos que, sin embargo, consiga cautivarnos por su ritmo y su lógica. Lo que ocurre en la pantalla tiene una razón poderosa para que suceda por muy dura que sea. La única discusión pasa por discernir si algunas de las imágenes son excesivamente gratuitas o to. En todo caso, es la apuesta de su responsable, Jeremy Saulnier, tanto en el guion como en la dirección, quien parece tener una querencia especial por los colores, dado que su anterior film se titulaba Blue Ruin.

Saulnier lleva la acción a parajes marginales, prácticamente desolados o abandonados en medio de la nada. En este caso le toca a un lugar perdido de Oregón, cerca de Portland, donde hay un garito cuya clientela se nutre casi exclusivamente por skinheads. Después de quedarse de vacío tras la llamada de un periodista en una zona próxima, la banda de punk The Ain´t Rights deciden aceptar un bolo en el mencionado local. Su música no es la que mejor se adapta a la clientela, pero de otra forma deberían regresar a la Costa Este vampirizando la gasolina de automóviles aparcados en distintas áreas comerciales.

Pat –Anton Yelchin-, Sam -Alia Shawkat-, Reece –Joe Cole- y Tiger –Callum Turner- finalizan su actuación y, después de percibir sus emolumentos están dispuestos a marcharse cuando, por azar, ven en una sala próxima el cadáver de una mujer que tiene clavado un cuchillo en su sien. Gabe -Macon Blair-, el encargado, decide encerrarlos y espera, junto a Amber –Imogen Pots- las órdenes de Darcy –Patrick Stewart- su jefe y el dueño del establecimiento y de una residencia aneja. Comienza el juego del gato y el ratón entre los secuestrados y sus captores, que esquivan a la policía mientras pergeñan un plan para acusar a los cinco jóvenes de todos los incidentes que pudieran tener lugar, muertes incluidas.

Por un lado, cinco personas indefensas, algunas de las cuales están heridas; por otro, unos fuera de la ley que utilizan el local como tapadera de un lucrativo almacén de corte y confección de droga. Desde Perros de paja a Asalto a la comisaría del Distrito 13, hay cabida para todo un abanico de situaciones. Desde Sam Peckimpah a John Carpenter cualquier cosa es posible. Incluso, que unos perros de pela ataquen a la yugular, que un cúter seccione una garganta o que lo más parecido a una katana profundice en el cuerpo de un hombre desde el ombligo hasta el pecho.

A esas imágenes nos referíamos antes. Gratuitas o no, la historia las convierte en lógicas. En la alta comedia de los años 50 bastaba con poner un par de zapatos en la puerta de la habitación de un hotel para entender que sus propietarios se arrojaban en brazos de la pasión. Ahora, cuando menos se enseña la cama, alguna que otra postura del Kamasutra y algo más. Depende. Lo mismo sucede con el cine de violencia y terror en el que se recurre al gore. Generalmente, lo explícito y lo gratuito van de la mano. Algo que no se sucede en esta producción independiente que nos obliga a mantener los ojos en la pantalla aunque en más de una ocasión sintamos una repulsa obligada.

Con una excelente banda sonora de Douglas Knapp, que subraya una puesta en escena vigorosa, el reparto contribuye con fuerza al éxito. Es una de esas películas que no puedes dejar de amar tanto como otros la odian. No hay término medio. Si la aceptas, te encuentras ante una sorpresa notabilísima; de otro modo, sentirás que has perdido el tiempo y, encima, saldrás horrorizado. Es como una película de los ochenta más trágica y con más gore. Nada nuevo, ni siquiera las cuatro paredes entre las que se desarrolla buena parte del film. Suena ha visto todo lo que acontece, pero está tan bien contado y urdido con tanto sentido común, que parece diferente. Incluso, en el homenaje a El Padrino, con los cordones rojos que Darcy entrega a sus esbirros, beso incluido, cuando ya tienen licencia para matar.

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