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Steve McQueen: The Man & Le Mans (***)

21 junio 2016

Documental acerca del rodaje de la película Las 24 horas de Le Mans, un proyecto soñado por el actor Steve McQueen cuando estaba en la cúspide de su carrera y en el que pretendía mostrar la realidad de los pilotos durante una carrera.1

Recordamos Las 24 horas de Le Mans, con Steve McQueen como estrella principal, cuando era uno de los rostros oficiales de la compañía Tag Heuer. Hay que verla en pantalla grande, y si lo haces en una sala que posee la facultad de exhibir con ciertas técnicas, como el cinerama, si te sientas en cualquier extremo de las filas delanteras sentirás una sensación muy parecida a estar en una curva del circuito. También conocíamos la pasión del actor por velocidad. Era vox populi que en sus películas conducía siempre él las motos y los autos que se requerían durante el rodaje.

La aparición de muchos cientos de metros de película filmados durante el proceso de producción de Las veinticuatro horas de Le Mans, decidió a los directores Gabriel Clarke y John McKenna a preparar un documental en el que se repasa la adicción de la popular estrella de Indiana por las carreras. No es una biografía al uso. Más bien una radiografía de su obsesión por rodar el film más auténtico sobre el mundo de velocidad. Mostrar lo que siente el piloto y no dejarse seducir por imágenes más o menos espectaculares. Ese punto de vista se adorna con otros relativos a la personalidad del actor y, en ese aspecto, podríamos consignar la oficialidad de la propuesta, puesto que quienes más aparecen en pantalla son Chad McQueen, hijo de Steve y la primera mujer de éste, la actriz y bailarina Neile Adams.

En 1970 Steve McQueen, apodado The King of Cool, era una de las estrellas más rutilantes de Hollywod. Desde La gran evasión (1963), encadenó éxitos como El Yang-Tsé en llamas, que le supuso una nominación al Oscar, Bullit y El caso de Thomas Crown. Su firma por una nueva productora que deseaba competir con firmas como Fox o Universal, le garantizaba un éxito económico que iba parejo a su popularidad. Por eso decidió acometer el proyecto de su vida, impulsado probablemente por su ego, y también por la crisis de los cuarenta, edad recién cumplida cuando comenzó el rodaje.

Llamó a John Sturges, a cuyas órdenes había actuado en Los siete magníficos y La gran evasión, y comenzaron a filmar sin guion. Lo hacían con pilotos profesionales, como Jonathan Williams, David Piper. Les pagaban un sueldo de oro y, como quiera que la filmación se prolongó en el tiempo y no se contaba con una historia que complementase las secuencias de las carreras, los costes se dispararon. McQueen acababa de ser segundo en las 12 Horas de Sebring, donde su Porsche había sido derrotado por el Ferrari de Mario Andretti, y decidió correr en Le Mans. Sin embargo, la posibilidad de hacer la película que anhelaba le privó de participar en la prueba ya que no podía arriesgarse a tener un accidente. Cerca del circuito construyó una auténtica ciudad que albergaba a todos los participantes en el film. Incluso facilitaba su avión particular para los pilotos cuando tenían que participar en algún evento fuera de allí.

La idea del film se convirtió en obsesión, y aunque Steve figuraba como productor para tener el control, pronto se comprobó que este proyecto le desbordaba. Al final, rompió su matrimonio, su amistad con Sturges y con el guionista Alan Trustman, que no volvió a trabajar desde entonces en el séptimo arte, hasta que el cineasta Lee H. Katzin terminó una película que no obtuvo los rendimientos esperados en taquilla, pero que es todo un referente en el mundo de la velocidad. Se ve más como un documental que como una obra de ficción. A cambio, da la sensación de que este proyecto se ha estirado en demasía. Probablemente, porque nadie desdeña trabajar con material filmado inédito de Steve McQueen treinta años después de su fallecimiento.

Hay momentos interesantes, como los que recuerdan la amistad del protagonista con Sharon Tate. Tras el asesinato ritual perpetrado por Charles Manson y su gente, el actor renovó su permiso de armas y caminaba siempre con una pistola. Por el contrario, nada se dice de su relación con Bruce Lee, ya que fue uno de los pocos norteamericanos que realmente gozaron de la amistad del maestro de las artes marciales. Steve McQueen falleció en noviembre de 1980 en Ciudad Juárez (México), localidad a la que se desplazaba para tratar su cáncer de pulmón, desarrollado por extrañas sustancias en las que predominaba el amianto. El mismo elemento que entonces resultaba determinante en el traje de los pilotos de velocidad para disminuir en lo posible los efectos del fuego. La parte más emotiva la encarna David Pipper, que en una segunda toma de un adelantamiento para el film perdió una pierna de rodilla para abajo. Los directores le mostraron una carta inédita de McQueen en la que solicitaba a los productores que los beneficios del estreno fueran para el piloto damnificado, algo que no consiguió ni trascendió entonces.

From → Cine

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