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La orilla (Beira-mar) (**)

3 julio 2016

Martín y Tomaz son amigos desde niños. El padre del primero le encarga viajar a la costa para resolver unos asuntos de la herencia de su abuelo. Ambos comparten la casa familiar, en invierno, junto a la orilla del mar. Allí se reencuentran con viejos amigos e inician juntos un viaje experimental que servirá para para conocerse mejor a sí mismos.

Dos amigos a punto de convertirse definitivamente en adultos, cuya relación parece haberse debilitado con el paso del tiempo, protagonizan esta cinta dirigida por otros par de amigos, ambos primerizos en esto del cine, los brasileños Filipe Matzenbacher y Mauricio Reolon. También sus protagonistas son novatos en esto de ponerse ante las cámaras y encarnan sendos personajes basados libremente, según sus responsables, en experiencias propias. Un film que ha ganado diversos premios en certámenes sin demasiado pedigrí pero que supone una producción muy amable para este tipo de eventos.

Martín –Mateus Alemida y Tomaz –Mauricio José Barcellos- son dos jóvenes que se desplazan durante un fin de semana invernal a una ciudad costera con el propósito de que el primero se haga con cierto documento relativo a la herencia de su abuelo. Se alojan en una casa familiar de la que disponen libremente, para acomodar de su tiempo libre en el que se relacionan con antiguas amistades, como Mauricio –Francisco Gick-. Unas jornadas en las que ambos protagonistas se ven acompañados por chicas y mientras Martín se aprovecha de su relación con Natália –Elisa Brites-, Tomaz no es capaz de hacer el amor con su compañera. Sus juegos eróticos caminan paralelos a una elevada ingesta de alcohol.

Nada resulta extraño en sus comportamientos. El espectador advierte desde el principio las inclinaciones sexuales de Tomaz. Su amigo Martín las intuía, y sus sospechas quedan aclaradas casi de inmediato. Sin embargo, su relación distante inicialmente, se vuelve cada vez más próxima hasta el punto de que ambos, personajes barbilampiños y de apariencia andrógina, sienten una curiosidad propia de sus años.

Rodada de manera lineal, y con la sensación de cámara al hombro, la propuesta va derivando hasta entrar definitivamente en el cajón de películas gay. Y lo hace provocando la sensación al espectador de que un testigo privilegiado de las relaciones y el devenir de sus protagonistas. La imagen no se mantiene quieta y bascula como si la cámara estuviera sobre una barca en busca de la sensación requerida por sus actores. Incluso, el eje principal pierde y regresa al foco para completar dicha sensación.

Confiesan sus autores que decidieron afrontar este film porque, cuando eran jóvenes, no encontraban obras que investigaran sobre las experiencias de adolescentes. Por eso tiene el mérito en su caso de que no se han volcado en un trabajo que hable abiertamente de la homosexualidad, de sus trabas, reacciones o problemática. Los hechos se desencadenan de una forma natural, favorecida por diálogos cada vez más íntimos aunque la narración se desmarque de la acción dramática.

Rodada a ritmo lento, pausado, a veces en exceso, deja prácticamente descarnados a sus dos personajes centrales. No necesitan muchas palabras y se abusa de la sutileza, tanto entre ellos con en su relación con los demás. A veces tiene más importancia lo que se adivina o intuye que los que se muestra. Siempre dominando los tonos azules y con una música de Felipe Pupri que emerge en momentos puntuales para cargar las imágenes de mayor emotividad. Cine de autor, muy moderno en su planteamiento pero antiguo en su concepción. Como aquellas películas más destinadas a los cineclubes de antaño que a los circuitos comerciales.

From → Cine

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