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Mi amigo el gigante (The BFG) (**)

8 julio 2016

La pequeña Sofía aúna sus esfuerzos con la Reina de Inglaterra y un afable gigante con objeto de que los congéneres de este último no consigan su propósito de devorar a los niños humanos. Se trata de una adaptación del cuento infantil escrito por Roald Dahl, centrado en la amistad entre la pequeña y su larguirucho amigo.

La adaptación cinematográfica de El gran gigante bonachón –más conocido por las siglas BFG en el mundo anglosajón- era una ilusión desde hace dos décadas hasta que, finalmente, Steven Spielberg se encargó de dirigir la adaptación escrita por Melissa Mathison. La autora de E.T. era un seguro de vida para versionar la novela de Roard Dahl, pero no ha conseguido dotar a su texto de la ternura y el dramatismo de la que, posiblemente, sea su obra maestra. Tampoco Spielberg se ha metido en la piel de Elliot, o en la del protagonista de El imperio del sol. Se ve que el cineasta de Ohio se ha hecho mayor. Seguro que él es el gigante pero, a pesar de la hermosa, bellísima e impactante factura técnica, esta cinta lleva camino en convertirse en uno de los mayores fracasos económicos del otrora considerado Rey Midas del cine mundial.

Nos tiene acostumbrados Spielberg a una primera secuencia impactante, con planos novedosos y aparentemente imposibles. Esta vez nos conformamos con las imágenes digitalizadas de Londres. Ilusionantes, pero frías. Toda una premonición. En un orfanato, Sofía –Ruby Barngill- padece insomnio y está despierta, como casi siempre, a las tres de la madrugada. La hora de los fantasmas, según ella. Entonces aparece el disléxico BFG –Mark Rylance- para sorprendernos. El realizador consigue unos mimetismos maravillosos con el paisaje para que se camufle a pesar de su enorme altura.

Es un personaje bueno, que captura e induce sueños, y que se lleva a Sofía al País de los Gigantes, donde hay otros nueve de su especie, eternos como el mundo, sin ascendencia ni descendencia, capitaneados por Zampamofletes –Jermaine Clement- y que sí comen seres humanos. Es más, desean devorar a todos los niños, por lo que Sofía convence a su amigo el gigante para visitar a la Reina de Inglaterra –Penelope Wilton- y que sea ella quien detenga la amenaza. De esta forma, asistimos a puesta en escena sorprendente que se digiere todavía mejors con los contrasentidos de los rígidos modales de la Casa Real y la flema británica. Es la parte más divertida del film, apoyada en las apariciones de varios personajes, como Mary –Rebecca Hall- o Mr. Tibbs –Rafe Spall- . Claro que todos ellos quedan ensombrecidos por Mark Rylance. Un actor que ha llegado demasiado tarde a la pantalla grande, pero que si no existiera habría que inventarlo.

Spielberg se identifica con el gigante. Denostado por sus congéneres, aporta una visión de la vida muy diferente a sus propuestas anteriores. Más apocado, conocedor de los problemas de la vida, parece la evolución lógica de los personajes más familiares del director. Su propuesta, además, resulta especialmente bella desde el punto de vista estético. Seguro que Harry  Harryhausen hubiera firmado sin desdoro los planos en los que aparecen gigantes y  seres humanos. En algunos casos se recurre simplemente a los decorados, aunque en su mayoría de trata de mezclas digitales que parecen ir un punto más allá de lo visto hasta ahora.

De igual manera recrea el mundo barroco de BFG. Lo hace con tanta solvencia como el tratamiento de las luces que representan los sueños de los mortales. En ocasiones, dejan desfasado a James Cameron y su Avatar. Lástima que en ambos casos la puesta en escena y la delicada cinematografía superen con mucho al desarrollo interior. En Mi amigo el gigante la historia es más poderosa, aunque la mayoría de personajes resulten más superficiales de lo que debieran. Se echa de menos un ritmo interior más vertiginoso y mucha menos frialdad. Siendo todo bello, se evidencia una preocupante falta de emoción. Sonreímos más que lloramos. Resulta difícil ponernos al lado del personaje de Sofía, o identificarnos con ella. BFG es el gran protagonista, pero cabría preguntarse si sucedería lo mismo con otro actor que no fuera Mark Rylance, quien se come definitivamente la función.

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From → Cine

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