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El duque de borgoña (The Duke of Burgundy) (**)

18 julio 2016

El duque de Borgoña: Sólo para ellas

Dos mujeres, un único y profundo amor. Cada día, Cynthia y Evelyn dan una vuelta de tuerca a sus juegos amorosos. Una se presenta más sumisa y debe ser castigada en una placentera relación que abarca hasta el sadomasoquismo. Cuando una de ellas prefiere una relación más convencional se pone en jaque la arraigada dependencia.

Hay producciones que parecen destinadas a películas de culto. Bien porque su director ha emprendido una obra muy personal y diferente, o bien debido a la minuciosa radiografía de su temática, la puesta en escena, o alguna interpretación mítica. Si se aúnan todos estos condicionantes, el resultado va mucho más allá y se convierte en una obra maestra. Uno de los cineastas británicos de mayor proyección,  Peter Strickland, nacido en Reading hace 43 años, apuesta fuerte por este su tercer largometraje con unos resultados que ha celebrado especialmente la crítica europea muy por encima del público.

Una mujer, Evelyn –Chiara D’Anna-, llama a la puerta de un caserón. La recibe Cynthia –Sidse Babett Knudsen-, quien le reprocha su tardanza. Tras hacerle limpiar el salón, le encarga que lave a mano su ropa interior. Una prenda queda fuera del agua y la señora de la casa se encarga de una reprimenda. Por la noche, ambas mujeres duermen juntas, enamoradas y satisfechas. Mientras soy tuya, permanezco viva. Toda una declaración de intenciones.

Evelyn no es la criada de una mujer aficionada al mundo de las mariposas y las polillas. Es difícil evaluar, a tenor de lo que se nos muestra en la pantalla, quien se encuentra mejor situada económicamente. Sí que se desprende el hecho de que es ella quien le compra la ropa a Cynthia y quien, cada día, le deja escrito el juego a seguir.  Probablemente, las pelucas que utiliza la protagonista de El juez y de la serie televisiva Borgen, tengan que ver mucho más con su propia iniciativa.

La película es circular, incluso a Strickland no le importa repetir situaciones. Únicamente varía la acción cuando una de ellas quiere ir más allá en esa relación sadomasoquista y la otra prefiere que todo sea más convencional. Lo que sí propone es una sensualidad nada explícita pero muy decidida. Hasta la música barroca de Cat’s Eyes resulta profundamente sensual, lo que le supuso el Premio del Cine Europeo en ese apartado.

Entiendo que esta propuesta ponga proa directamente hacia el cine de culto, pero no lo comparto. Strickland apuesta por una época victoria, pero moderna, anclada en el tiempo. Los corsés de Cynthia poco tienen que ver con sus bragas, mucho más modernas. Evelyn le habla de una lavadora automática, y la fotografía y la puesta en escena nos remite a los años 70, con evidentes influencias, u homenajes, al Luis Buñuel de Belle de jour, a Nymphomaniac de Lars von Trier, al sexo blando de la época, y también a la fotografía y el ambiente de David Hamilton con la denostada Bilitis.

Se aparta de lo explícito para convertir a Sidse Babett Knudsen en su Catherine Deneuve. Pero aquí no hay hombres. Es la antítesis de 50 sombras de Grey. La otra cara del espejo, y estos elementos decorativos los hay por doquier, como las técnicas de distorsión tan habituales de la época a que se refiere. No es baladí que una de las protagonistas se haga llamar Viridiana, nombre de una mariposa, como también lo es el título del film. Se trata de un lepidóptero habitual desde la Península Ibérica hasta el Reino Unido, cuyo hábitat se extiende hasta los Balcanes. Los machos apenas se desplazan de su hábitat, como las dos mujeres.

No hay hombres que ejerzan el contrapunto. La liberación de las protagonistas se deja notar cuando acuden a conferencias de un círculo femenino preocupado por el mundo de los insectos, donde se hace notar la figura de la doctora Schuller –Zita Kraszkó-. Su independencia se refleja en la vecina, una mujer mayor a la que saludan a diario sin recibir respuesta porque no está de acuerdo con la forma de vida de la pareja. Incluso, en la única escena que se desarrolla en la calle, por la noche, sólo se ve pasear a dos mujeres. No se necesita al otro sexo. Sin embargo, a pesar de todo, la mirada quiere ser masculina, aunque para ello le hiciera falta un poco más de irreverencia. Todo lo contrario a la época a que nos traslada en la que los desnudos gratuitos eran siempre exigencias de un guion inexistente.

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From → Cine

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