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Lolo, el hijo de mi novia (Lolo) (**)

19 julio 2016

Una parisina conoce durante sus vacaciones en el sur de Francia a un informático de mediana edad. Contra todo pronóstico, inician una relación. Incluso, él se traslada a París poco antes de que comiencen los problemas de la pareja a raíz de que el recién llegado conozca a Lolo, el hijo de su pareja.

Después de haber protagonizado una trilogía para el recuerdo a las órdenes de Richard Linklater, y compartiendo protagonismo con Ethan Hawke, la francesa Julie Delpy se ha demostrado como una actriz a tener en cuenta, una guionista fiable y, a tenor de Dos días en París -2007- y Dos días en Nueva York -2011-, una directora menos interesante. Con anterioridad, había profundizado en los problemas de la pareja nacidos de encuentros casuales. Sin abandonar su propuesta, se centra en la relación materno-filial, nacido de la educación del primogénito por una madre posesiva y casi omnipresente.

El género dramático nos ha legado con anterioridad ejemplos bastante duros de los sacrificios que está dispuesta a asumir una madre por su hijo. Por ejemplo, en La luna, la protagonista de Bertolucci llega al incesto. También Victoria Abril con su hijo autista en Mater amatísima. Pero esta es una comedia y no ha lugar para la tragedia propuesta en esos dos ejemplos. Al contrario, la apuesta de Delpy pasa por proponer hasta dónde puede llegar un hijo con un evidente complejo de Edipo que intenta ocultar a toda costa. Violette no ha sido consciente de ello en los diecinueve años de vida de Eloi –Vicent Lacoste-, a quien le llama Lolo y quien para ella sigue teniendo cinco años.

El muchacho parece todo un adulto, se dedica a las artes plásticas y parece tener muy claros sus conceptos, que son tan elevados como su ego. Violette nunca se ha detenido a pensar por qué la abandonó su marido y las razones por las que el resto de hombres que han aparecido en su vida han terminado alejándose. Es una mujer de mediana edad que triunfa en el mundo paralelo a la moda. Karl Lagerfeld, por ejemplo, la respeta, como tantos otros diseñadores famosos. Otra cosa es que, a tenor de su trabajo, hubiera mostrado un vestuario mucho más lucido.

De su fracaso con los hombres se culpa a sí misma, y lo deja bien claro durante unas vacaciones en Biarritz con su amiga Arianne –Karin Viard-, una devoradora de hombres que habla sin tapujos de sexo con Violette y que vivirá una apasionada historia con un griego llamado Sakis, que sirve para devolvernos al celuloide a Georges Corraface, el protagonista de La pasión turca. En esos días de asueto, conocen a Jean-René –Dany Boon-, un paleto informático con el que, contra todo pronóstico, la protagonista inicia una aventura sexual que terminará en dependencia mutua. Tanta, que el provinciano se traslada a París dispuesto a vender a una entidad bancaria de postín un programa informático de su creación.

Tras instalarse en un apartamento del centro, Jean-René acepta mudarse a casa de Violette, pero allí está Lolo, cuya relación con su novia pasa por un mal momento. Desde que el muchacho y el amigo de su madre se conocen, aquel no deja de hacerle judiadas. Es difícil pensar que pueda caber tanta maldad, pero le pone polvos pica-pica en su vestuario, le droga durante un evento en el que deja quedar mal a su pareja y hasta arruina su presentación en el banco, lo que le lleva a dar con sus huesos en la cárcel, amén de otras gamberradas de menor monto.

Lo que menos hace Julie Delpy es profundizar en sus personajes. Esboza motivos, pero siempre de manera superficial. Se limita a una sucesión de chistes o gags casi todos ellos previsibles, algunos de los cuales parecen cruzar la línea del buen gusto. De esta forma, el guion se enreda hasta una parte final llena de incongruencias ilustradas con trazos gruesos para que el espectador no se detenga a estudiarlas. Entre ellas, una lucha inexplicable a paraguazos entre los dos hombres. A este respecto, ni el buen hacer de sus protagonistas consigue salvar una historia con bastantes obviedades y mucho mayor recorrido a poco que su mentora se hubiese esforzado algo más.

Con un ritmo interesante y diálogos crudos, la cinta debe de dejar satisfechos a espectadores poco exigentes, dispuestos únicamente a pasar un resto despreocupados. El mensaje subliminal es mucho más difícil de captar. Hasta el punto que nos encontramos con una historia de amor que casi puede palparse. Lo que desconocemos es si la propuesta principal es una relación entre dos cuarentones divorciados, con necesidades fisiológicas, condenados a entenderse, o si la verdadera historia tiene mucho más que ver con una madre tan obsesiva como complaciente y un hijo celoso ante la posible llegada de cualquier extraño que pudiera restarle protagonismo en el domicilio familiar.

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From → Cine

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