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Zipi y Zape y la isla del capitán (*)

27 julio 2016

Después de una de sus particulares gamberradas, la familia de Don Pantuflo acude engañada a una isla para terminar frente a una mansión en una noche de perros. La propietaria recoge a niños huérfanos y, con la ayuda de sus sirvientes, les deja divertirse en libertad. Por la mañana, el padre de familia y su esposa no están en la casa y han dejado en ella a Zipi y Zape.

Segunda adaptación de la historieta humorística creada por José Escobar en 1948. La primera, Zipi y Zape y el club de la canica -2013-, también fue dirigida por Oskar Santos, coguionista de esta entrega en colaboración con Jorge Lara, uno de los responsables de la anterior. Igualmente en este caso, los gemelos Zipi y Zape, aunque ahora muestran diferencia en su estatura, aparte del cabello, se ven inmersos en una aventura cuando se encuentran en una mansión junto a otros niños en los que emerge la figura de la Señorita Pam –Elena Anaya-, una mujer que quiere ser Peter Pan.

Después de una travesura con tintes delictivos, los gemelos acompañan a sus padres en vísperas de Navidad a una isla aparentemente paradisíaca reclamados por un supuesto editor que quiere publicar una novela escrita por Don Pantuflo –Jorge Bosch. Con anterioridad, cansados de que los Reyes Magos no acertaran con sus peticiones, Zipi y Zape asaltaron una librería provocando un incendio que propició el castigo paterno.

En una noche inhóspita, tras haberse perdido, aparecen frente a la mansión de la Señorita Pam, que les da cobijo. Ella recoge a distintos niños huérfanos o que han tenido unos padres que no les han sabido dar la formación adecuada para que se sientan felices y libres. Le acompañan en sus quehaceres Jaime, un mayordomo con un garfio en su mano –Fermí Rexach-; una monja irascible llamada sor Enriqueta –Goizalde Núñez-; y el jardinero Salomón –Juan Codina-. Por la mañana, los padres de los gemelos ya no están en la casa y Pam les dice que se han hartado de ellos y se han ido. En realidad, han sido transportados a su infancia –Máximo Pastor y Ana Blanco de Córdova- y se convertirán en los mejores amigos de Zipi –Teo Planell- y Zape –Toni Gómez-.

Es cierto que en la isla suceden cosas muy raras. Todas a raíz de las peticiones infantiles de Pam, la niña que no quería crecer. Dispuesto a concederle todos sus caprichos, su padre, ahora convertido en mayordomo, ideó un sistema mediante el cual la isla quedaba inmersa en una gran bola de cristal en cuyo interior era posible mantener la juventud. Incluso, la dueña de la mansión, tocando su diadema, se transformaba en Pipi, una niña pelirroja que deambulaba a sus anchas por las noches.

La historia podía dar mucho juego si los diálogos no fuesen tan simples. Todas las conversaciones resultan planas, con un humor fallido y únicamente buscan la redención paterno-filial. Por muy plasta que sean nuestros padres, son nuestros plastas. La aventura que homenajea a Peter Pan y a varios de sus personajes, como el Capitán Garfio y, sobre todo, a los niños perdidos, se nutre con otras figuras clásicas de la literatura, que abarcan desde Sherlock Holmes a El Hombre Invisible. Lástima que se busque como único objetivo la comercialidad cuando en realidad se trataba de una empresa destinada a mayores expectativas.

El resultado es un producto dirigido eminentemente a los pequeños, que se lo pasarán estupendamente con  una línea de acción que apenas les ofrecerá descanso. Oskar Santos se encarga de que la película crezca con una puesta en escena coherente y unas buenas localizaciones que, maquetas aparte, ayudan a elevar el film. El problema es que todo parecido con Zipi y Zape parece mera coincidencia. Ni siquiera su madre –Carolina Lapausa- luce su cásico lazo rojo en la cabeza, ni se erige en el centro de las bromas pesadas de sus hijos. Tampoco los gemelos se enfundan sus habituales chalecos.

No quedan rastros de sus habituales gamberradas, si exceptuamos la secuencia inicial, y aunque Zape hace gala de su puntería con su tirachinas, no parecen niños difíciles y sí bastante inconformistas. Es más, Don Pantuflo de niño, miedos aparte, se muestra más proclive a salirse de las normas preestablecidas. Puestos a elegir, nos quedamos con el reparto de la primera entrega. Sólo la presencia de Javier Gutiérrez marcaba la diferencia. Además, los chavales parecían adecuarse más al físico y a la palabra de las creaciones de Escobar. Ahora, todo es bonito, nada transgresor y se sirve un guion sin intensidad al servicio de la familia tradicional. Para los chavales, todo es reconocible y eso redundará en el éxito comercial de esta producción.

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