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La memoria del agua (*)

6 agosto 2016

Una pareja lucha por salir a flote después de la muerte de su único hijo. Ella decide que, por el momento, es mejor rehacerse en la distancia, viviendo una existencia diferente. Incluso, cuando llega la posibilidad de volver a unirse, el recuerdo del pasado pesa demasiado sobre ellos para ser felices.

Con Blanca Lewin como actriz fetiche, el cineasta chileno Matías Bize consiguió una sólida reputación gracias a filmes como En la cama, ganadora de la Espiga de Oro en Valladolid y La memoria de los peces, Goya al mejor film iberoamericano en 2010. No tuvo tanto acierto con su único proyecto ultimado enteramente en España, Lo bueno de llorar, pero siempre nos ha dejado un estudio de la pareja vista en diferentes perspectivas, ya sea a través de una pasión casual que no tendrá futuro, el reencuentro con un antiguo amos después de varios años, o la disgregación absoluta en el final de una relación.

Es este último caso el que explora el autor a través de dos personajes, Amanda –Elena Anaya- y Javier –Benjamín Vicuña- a través de un título que rememora un film rodado en 1994 por el argentino Héctor Faver cuyo contenido no tiene más puntos en común que la búsqueda de identidad por parte de una joven. Sobre ambos recae la responsabilidad de esta propuesta, que como suele ser norma en Bize, se deja seducir por los primeros planos, buscando la reacción más íntima de sus personajes a través de los actores. En este sentido, Elena Anaya se impone a sus compañeros de reparto.

El niño se ahogó a los cuatro años en la piscina de la casa familiar. Amanda echa la culpa a todos, al mundo. A Javier porque no estaba en casa, al que construyó la piscina, a la llamada telefónica que le impidió estar pendiente de su hijo, a ella misma. Por eso decide marcharse en un intento de superar la pérdida y rehacer su vida. Javier, que pone en venta la casa, la esperará hasta que ella decida volver.

Ambos siguen delante de forma muy diversa. Amanda continúa adelante con su trabajo como traductora simultánea hasta que en un simposio médico relatan los pasos de la muerte por ahogamiento. Previamente se había dejado acompañar por Marcos –Néstor Cantillana-, un viejo amigo que termina convirtiéndose en amante. Por su parte, Javier continúa con su trabajo de arquitecto, y aunque su padre Pedro –Sergio Hernández- le propone un acercamiento, lo evita pensando todavía en su ex pareja. Ni siquiera cuando todo está en su contra decide abandonar en su empeño, y si encuentra alguna aventura ocasional termina sintiéndose peor que al principio.

El día que su hijo debería cumplir cinco años nieva en Santiago de Chile y Javier va al encuentro de Amanda. Ella cede, aunque anteriormente la había rechazado para no engañar a Marcos. Viajan al sur y su amor se renueva. Por la mañana, la mujer decide no seguir adelante. Piensa que cuanto mejor se encuentre con Javier menos pervivirá el recuerdo de su hijo muerto. Esa es la propuesta de Bize. Radiografía la descomposición de la pareja en el momento que uno de sus componentes llega a una vía muerta porque necesita más un psicólogo que un corazón humano.

La puesta en escena es coherente y la fotografía de Arnaldo Rodríguez bellísima, pero el desarrollo de la historia es engañoso. Tan desigual como la partitura de Diego Fontecilla, que pasa del minimalismo a la melodía o una simple base musical para acertar en unos pasajes y distraerse en otros. El nexo de unión de la nieve lo debe justificar el responsable del film. Para ello, inserta casi sin venir a cuento una escena en la que Javier visita una juguetería sin saber por qué ni para qué. Sólo dice que busca un regalo para un chico al que le gusta la nieve y hacer castillos.

Las relaciones de los protagonistas con los demás también resultan desdibujadas. Necesarias para certificar sus reacciones tras la separación, pero demasiado concisas. Ni la pareja amiga que tiene una hija de la edad del difunto, ni el padre de Javier, ni el matrimonio para el que les diseña una casa resultan suficientemente coherentes. Tampoco la relación de Amanda con Marcos, al que respeta en un primer encuentro con su ex y del que se olvida a las pocas horas de mantener una conversación amorosa por Skype. Detalles que utiliza el director para perseverar en sus postulados. Bize da por hecho que todos los espectadores acatarán su propuesta, pero no es así. Cada cual se comporta de distinta manera ante un problema y extrae conclusiones diferentes de cualquier experiencia.

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From → Cine

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