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Mi vida a los sesenta (Mix Sixty) (***)

15 agosto 2016

Una mujer de sesenta años que, ha dedicado las últimas cuatro décadas a su trabajo como bióloga, es obligada a jubilarse anticipadamente. Le echan en cara su escasa conectividad con los compañeros y, tras reflexionar, mientras su madre prepara un crucero para celebrar el retiro de su hija, ella decide ser madre gracias a sus óvulos congelados años atrás.

Inauguró el Festival de Cine Alemán que tuvo lugar este año en Madrid y, hasta cierto punto, constituyó una auténtica sorpresa. No es usual que la cinematografía germana nos presente comedias suficientemente reflexivas. Suelen ser bastante alocadas y por eso nos llegan dramas en un gran porcentaje. Esta ópera prima de Sigrid Hoerner nos presenta una idea interesante que luce más cuando se inmiscuye en la personalidad de sus protagonistas y se interroga acerca de la soledad y el paso del tiempo.

Louise –Iris Berben- acaba de cumplir sesenta años y la empresa para la que ha trabajado los últimos cuarenta como bióloga decide anticipar su retiro. Debido a los años cotizados y a las leyes germanas, se jubilará con el cien por cien, pero ella es fiel a su trabajo y se encuentra desubicada. Su ya ex jefe no aduce recortes. Simplemente, que otra persona más joven, Marlies Heffner –Kirsten Block- ocupará su puesto. Además, Louis no ha hecho un solo amigo en el tiempo que lleva en la empresa. Su actitud ha sido siempre huraña aunque como trabajadora no hay que ponerle ninguna pega.

Le hace falta un pene, le dicen. Una afirmación que tiene como consecuencia el hecho de que la protagonista no quiera destruir sus óvulos congelados hace bastantes años. Ahora ha decidido ser madre y así se lo hace ver a la suya –Carmen-Maja Antoni-. Previamente, ha tenido un encuentro casual con Frans Winther –Edgar Selge-, propietario de una galería de arte, también sesentón, que ha encontrado nuevos alicientes en su vida desde que tiene una aventura con una empleada de mucha menor edad llamada Romy von Cramm –Jördis Ritcher-. La relación le ha rejuvenecido aunque haya de pagar el peaje de un agudo lumbago.

Louise y Doris, su madre, buscan al padre ideal. La protagonista no tiene problemas para entrar en el que fuera su laboratorio. Conoce las claves y puede extraer el semen de un donante para fecundar sus óvulos. Finalmente, se decide por un al azar, y no es otro que Max –Björn von der Wellen-, un prometedor periodista que no es otro que el hijo de Frans y que muestra con preocupación sus dudas sobre el cambio de imagen y de personalidad por el que pasa su padre.

Naturalmente, como en una comedia de chico conoce a chica que se precie, los dos personajes centrales están condenados a encontrarse posteriormente, a mostrar sus diferencias y, por supuesto, a entenderse. En su caso, el sexo no es un premio ni un tesoro. Tiene bastante más que ver con la necesidad y la compenetración de dos seres humanos. En ese sentido es cuando la película gana muchos enteros, en todos aquellos pasajes en los que ahonda sobre el ocaso físico de los seres humanos, el machismo y, sobre todo, en la soledad a la que la civilización actual nos remite.

En las secuencias done la guionista Jane Ainscough quiere arrancar la carcajada, el film pierde fuerza. Es cierto que hay muy buenas intenciones, y que algunas situaciones resultan atractivas aunque la mayoría nos parezcan ya vistas en comedias bastante más vulgares. Cuando se pretende sacar partido al humor físico es cuando menos nos interesa esta propuesta y también los instantes en que su directora parece menos inspirada. Véase aquellos en los que Louise finge estar embarazada.

Por el contrario, al calmarse, buscar en la personalidad de sus personajes e indagar en cómo les cambia la vida según con quien se relacionen arranca la sonrisa y, para muchos, la nostalgia. Entonces se eleva para convencernos de que hay momentos inspirados y brillantes en esta producción. Por ejemplo, la charla que mantienen Louise y Frans por primera vez frente a una copa de vino, o las reacciones de Max al ver los cambios de indumentaria de su padre, que considera inapropiados. Al igual que la idea de su progenitor de reiniciar su carrera encontrando a la próxima promesa del arte contemporáneo. Da lugar a una cierta crítica, pero se queda más bien en la anécdota y en la caricatura.

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