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Secuestro (*)

16 agosto 2016

Una abogada de prestigio recibe la noticia de que su hijo ha sido víctima de un secuestro. Inicialmente, el niño señala a un hombre fichado por la policía y la madre, al ver que se queda en libertad sin cargos, pone en marcha una venganza que parece escapársele de las manos, al tiempo que coloca tras su pista a las fuerzas del orden.

Nos encontramos ante un nuevo intento de cine español de intriga/acción con aspiraciones al mercado exterior. Este segundo largometraje de la barcelonesa Mar Targarona, experta realizadora para la pequeña pantalla, pone en marcha un guion de Oriol Paulo que intenta mantener en vilo al espectador con una serie de personajes que, a excepción de los policías, se muestran engañosos y tienen mucho que ocultar, lo que favorece la intriga, y unas situaciones que se van encadenado sin solución de continuidad. Da la sensación de que asistimos a una miniserie televisiva de varios capítulos de duración reducida que sólo mantienen su ilación gracias a sus protagonistas.

En una primera parte interesante, y planteada con oficio, se muestra a Patricia de Lucas –Blanca Portillo-, una eficiente abogada que acaba de conseguir la libertad absoluta para un cliente acusado de estafa y malversación. El dictamen del juez –José María Pou- no da lugar a recursos ante la falta de pruebas. De inmediato, la letrada es requerida por la policía, representada por Ernesto Requena –Antonio Dechent-, Carreño –Vicente Romero- y Vicky –Nausicaa Bonnín- después de que su hijo Víctor –Marc Domènech-, sordo de nacimiento, haya sido recogido en una carretera próxima al colegio con síntomas de haber sido secuestrado.

El niño inculpa a Charlie –Andrés Herrera- ex convicto que vive con Raquel –Macarena Gómez-, una reponedora embarazada a quien le oculta su participación en apuestas clandestinas en peleas de perros, perseguidas por los agentes de la ley, pero que no puede dar con su paradero. Cuando Charlie queda en libertad sin cargos, Patricia recurre a Raúl –Jose Coronado-, el padre de su hijo, para que él o unos conocidos, le den un escarmiento. Coincide con el momento en que Víctor confiesa que no ha sido víctima de un secuestro sino de acoso escolar por parte de unos compañeros de colegio. La venganza está en marcha y aunque la policía sigue los pasos de los delincuentes y de quienes parecen traspasar la línea roja de la ley, tiene muchas dificultades para desenmascarar una serie de operaciones cruzadas que se suceden sin apenas solución de continuidad.

Aunque rodada en Terrassa y alrededores, Targarona no pistas acerca de una localidad reconocible. Quiere proporcionar a su película un aire universal. Consigue mantener el interés en su primera parte pero, desde el momento en que los policías no controlan los movimientos de Charlie para saber dónde tienen lugar las peleas de perros, la historia se descontrola y las situaciones increíbles se suceden hasta llegar a un final tan abierto como escasamente conciso. Es cierto que este tipo de guiones suelen conllevar cabos sueltos en su desarrollo, pero en este caso se dan la mano con actitudes personales engañosas que no mantienen una línea de credibilidad adecuada para los personajes.

Las actuaciones tampoco resultan convincentes, probablemente debido a esas deficiencias apuntadas en el desarrollo de la historia. Blanca Portillo, una actriz más que solvente, se muestra irregular a la hora de alternas facetas dramáticas profesionales con otras más humanas. A partir de la mitad del film todo lo que sucede puede ser revisable, secuencia por secuencia, como la del banco a donde la protagonista acude para obtener una importante cantidad de dinero. Hay más gente en el servicio de mujeres que clientes en toda la sucursal. Inclusa una de ellas, la secretaria de Patricia –Raquel Pérez-, aparece como llovida del cielo. Mientras, se deja sin profundizar el acoso escolar o el engaño a la ley.

El trabajo de dirección es eficiente. Ayuda a mantener un pulso narrativo que los personajes apenas sostienen. También las localizaciones y el montaje colaboran a esa eficacia. Contrasta con el desarrollo argumental y una serie de persecuciones que cuesta admitir por la forma en que se resuelven. La propia naturaleza de los personajes y sus comportamientos o actitudes equívocas implican que se inserten varias secuencias, algunas de las cuales ralentizan la acción mientras que otras facilitan el aspecto de thriller. Inicialmente sorprenden aunque cuando encuentran sus explicaciones nos obliga a retrotraernos a pasajes anteriores para atar una serie de cabos que justifican la historia pero que no conjugan como debieran con el lenguaje cinematográfico.

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From → Cine

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