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Los caballeros blancos (Les chevaliers blancs) (**)

18 agosto 2016

El presidente de una ONG plantea una operación de gran envergadura, nada menos que recoger a trescientos niños huérfanos en el Chad y darlos en adopción a familias francesas. Tiene un mes de plazo para alcanzar su propósito aunque antes debe convencer a las autoridades locales de que piensa construir un orfanato.

Después de haber conseguido el respaldo internacional con sus anteriores trabajos, el belga Joachim Lafosse se alzó con la Concha de Plata al mejor director en el Festival de San Sebastián de 2015. Evidentemente, su talla como cineasta no se puede poner en duda, al igual que su capacidad en la dirección de autores. Otra cosa muy distinta es el calado de los argumentos a los que se enfrenta. Tanto en Los caballeros blancos -2015- como en su film más reputado hasta la fecha, Perder la razón -2012-, se basa en sucesos reales que han tenido mayor o menor recorrido en los medios de comunicación. Mucho más en el caso de aquella. En ambos ejemplos, su facilidad narrativa choca con el deseo de mantenerse al margen de las historias que plantea. A la postre, se echa en falta ciertas informaciones relativas a los personajes, lo que tampoco pondría en duda la asepsia de su responsable.

En esta producción, se fabulan para el celuloide una serie de hechos que tuvieron lugar en octubre de 2007 y que gozaron de bastante recorrido mediático. Conocido con el nombre de la ONG responsable, El Arca de Zoé, se trataba de trasladar a Francia 103 huérfanos del Chad para que fuesen adoptados por diversas familias. Eric Breteau, presidente de la organización fue encarcelado en el país africano, y un libro publicado posteriormente por uno de los pilotos del Boeing 757 que debía volar desde Abéché a Reims, implicaba al mismísimo presidente galo, Nicolas Sarkozy, así como a su ministro de Asuntos Exteriores, Bernard Kouchner.

Según el guion cinematográfico, Jacques Arnault –Vincent Lindon- es el presidente de la ONG Move for Kids quien, en la ficción, planea sacar del Chad, un país asolado por una guerra casi incomprensible, a trecientos huérfanos del conflicto que será dados en adopción posteriormente en Francia. Junto al protagonista aparecen en los principales papeles su esposa Laura Turine –Louise Bourgoin-, un mercenario llamado Xavier Libert–Reda Kateb-, un intérprete –Bintou Rintombaye- y la periodista Françoise Dubois –Valérie Zondelli-, que deberá dar cuenta detallada de la operación. La tarea, sin embargo, no es fácil puesto que Jacques deberá convencer al entorno y a las autoridades de que pretende construir un orfelinato para dar cobijo a los pequeños. La primera barrera será discernir que chavales tienen familia y quienes no, ya que los padres sin las más mínimas posibilidades pretenden que sus hijos puedan tener un futuro que ellos no podrían garantizarles.

La empresa sería loable si no fuese por lo que hay detrás. El presidente de la ONG consiguió reunir 600.000 euros proporcionados por las distintas familias que deberían adoptar posteriormente a los niños. Con ese dinero, aparte de unos interesantes beneficios, habría abonar los gastos del traslado y primar a los cabecillas de las distintas aldeas locales para que facilitasen su labor. Llegados a este punto se plantean los interrogantes acerca de la bondad de la operación, así como de su altruismo. Afecta a todos los personajes, pero principalmente a la periodista Fraçois Dubois, quien desde el primer momento ponía en duda los argumentos favorables a su presencia.

Con cámara en mano y una bella fotografía, Joachim Lafosse se mueve entre el documental y la ficción con evidente soltura. No quiere tomar partido y cuando llega el conflicto, para muchos espectadores lo hace demasiado tarde, después de muchos minutos de planteamiento en los que el drama queda sublimado por la exposición. Después, cuando la aventura llega a su cénit, la intensidad se diluye entre los verdaderos propósitos del presidente de la ONG.

Las diferencias culturales y la realidad de un país devastado entre luchas intestinas en un ambiente post colonial representan otros pilares de un film  bien realizado, concebido con talento, pero que te atrapa en la misma trampa en la que se ve inmersa la periodista que acompaña a Jacques Arnault. No se marcan con eficiencia todas las aristas de la historia por lo que se llega a una mezcolanza que no facilita para nada su desarrollo. Está bien que no se juzguen los hechos pero, a cambio, se deben de facilitar los argumentos necesarios para que sea el espectador quien, en definitiva, los repase y dictamine según su conciencia.

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From → Cine

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