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Elvis and Nixon (**)

25 agosto 2016

Pocas fechas antes de la Navidad de 1970, Elvis Presley se presentó en una de las puertas de la Casa Blanca con la intención de ver al presidente Richard Nixon. El Rey del Rock quería una placa de agente federal para poder luchar de forma encubierta contra la drogadicción de los jóvenes, la tensión racial, el auge del comunismo y The Beatles.

Durante muchos años circuló el rumor de que Elvis Presley era un agente encubierto del FBI. No salía bien parado el Rey del Rock acerca de los bulos que se levantaron a raíz de aquella sospecha, levantada tras una información publicada por el Washington Post un año después de que tuviera lugar una curiosa reunión en la Sala Oval. La realidad era distinta y el conocimiento popular había sido tergiversado con el boca a boca. Cuando se descalificaron una serie de documentos relativos a una entrevista secreta que mantuvieron el cantante y el presidente Richard Nixon conocimos la verdad auténtica de la historia.

Elvis Presley estaba obsesionado con el deterioro social de su país, Quería enfrentarse a la drogadicción, aunque no veía la viga en su propio ojo y sí la paja en el ajeno. También le preocupaba el auge del comunismo, la tensión racial que alimentaba odios y, paralelamente, estaba en contra de The Beatles. No entendía que cuatro muchachos de Liverpool pudieran discutirle, y hasta apearle, de la hegemonía que detentaba en el mundo de la música.

Por eso, una mañana, cogió un vuelo regular en Memphis para viajar a la capital federal. Tras unos problemas en el aeropuerto, llamó a su mejor amigo, Jerry Schilling –Alex Pettyfer- , por entonces uno de los responsables de montaje en una de las grandes multinacionales de Hollywood, y se instaló de incógnito en un hotel próximo a la Casa Blanca. Poco después, se presentaba personalmente en la puerta delantera de la Casa Blanca para llevar en mano una carta dirigida al presidente Richard Nixon en la que le solicitaba, además, una placa de agente federal.

Tras ser estudiada la petición minuciosamente, Egil Krogh –Colin Hanks- y Dwight Chapin –Evan Peters-, miembros del gabinete presidencial, vieron la rentabilidad que se podía extraer de aquel encuentro. Principalmente, el voto de los jóvenes y se los habitantes del Sur, donde sus rivales del Partido Demócrata disponían de sus mejores caladeros. En principio, el Presidente denegó la audiencia, aunque aceptó finalmente a recibir a aquella figura popularmente indiscutible que le había remitido unas líneas escritas en papel con membrete de la American Airlines con una redacción infantiloide y una propuesta  de calado.

Aquel 21 de diciembre de 1970 se produjo la reunión, previo paso del Rey por el tamiz de del Jefe del Estado Mayor  H. R. Haldeman –Tate Donovan-, aunque se llevó a cabo de forma secreta por petición expresa de Elvis, que  se presentó acompañado de Jerry y otro de sus hombres de confianza, Sonny West –Johnny Knoxville-, con el regalo de una pistola para el mandatario. Finalmente, se quedaron a solas y lo que iba para un encuentro de cinco minutos se alargó de forma imprevisible. A sus argumentos ya conocidos, Elvis –Michael Shannon- añadió el hecho de que The Beatles ganaban dinero a espuertas en los Estados Unidos y regresaban con él a Inglaterra.

Por encargo de Nixon –Kevin Spacey- hubo que diseñar a toda velocidad una chapa del FEI que le fue entregada al cantante un par de horas después. Con el tiempo, la instantánea que recuerda aquel encuentro se convirtió en una de las más solicitadas en las visitas de turistas y curiosos a la Casa Blanca.  Se trataba de dos personalidades capitales de la historia en aquel momento. Elvis Presley era una figura sumamente relevante, cuya popularidad  resultaba indiscutible. Nixon era un político de carrera, conocedor de todos los subterfugios. Preocupado porque pudiera convertirse en el primer Presidente norteamericano que perdiera una guerra, pronto encontró contrapartidas interesantes a aquella visita inesperada.

Liza Johnson ha dirigido la que es su mejor película hasta el momento, si bien no llega a cuajar del todo. Las circunstancias que rodeaban a Elvis y su indefensión en soledad daban mucho más juego. También que iba hasta las cejas de pastillas cuando se presentó en la Sala Oval con sus pantalones morados y su ancho cinturón con hebilla dorada. Su histrionismo era, en cierto modo, paralelo a los miedos de un Presidente receloso dos años antes del escándalo Watergate.

Da la sensación de que el desmadre propuesto inicialmente se sublimó por la personalidad de los protagonistas. Por no querer hacer sangre ni llevar sus figuras al esperpento. De ahí que el film no se vuelque hacia lo comedia absurda. Los momentos más extravagantes o grotescos se quedan a medio camino. No sucede lo mismo con los actores que dan vida a los dos célebres personajes. Shannon y Spacey reinventan sus roles con una admiración y respeto dignos de elogio. Mantienen los rictus y gestos más conocidos para, desde esa base, construirlos a su manera de forma que elevan la película  y consiguen llenar los muchos momentos de debilidad.

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