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Café Society (***)

26 agosto 2016

En los años 30, un joven neoyorquino llega a Hollywood dispuesto a comerse el mundo. Se enamora de la secretaria de su tío, un poderoso agente artístico que es también el amante de la chica. Cuando, despechado, regresa a Nueva York, terminará regentando el club que compartía con su hermano, un gánster condenado a la silla eléctrica.

Café Society es el nombre del club neoyorquino que será regido por Bobby Dorfman –Jesse Eisenberg- después de que su hermano mafioso Ben –Corey Stoll- haya sido condenado a la silla eléctrica. Corresponde a la película número 46 dirigida por Woody Allen, la primera en formato digital, quien también ejerce de narrador. El título responde también al término utilizado en la época para distinguir a los locales de moda, ya sean restaurantes, clubes o establecimientos semejantes.

Es una comedia romántica. Una visión de los avatares del amor que navega por la disección social de entonces, centrándose en Nueva York y en Hollywood. También recurre al cine dentro del cine, al gansterismo y a los chistes sobre judíos, que están más cerca de la sonrisa que de la carcajada, como suele ser habitual en las últimas puestas en escena de unos de los mayores genios que ha dado el cine. Porque Allen es siempre Allen, con sus virtudes y sus defectos, con sus aciertos y sus errores.  Hay de todo en Café Society, con una realización mucho más simple con respecto a lo que nos tiene acostumbrado su autor, pero que a cambio goza de su particular sensibilidad, apoyada en una excelente fotografía de Vittorio Storaro, que aporta ese ambiente cálido y de irreal ensoñación, casi enseñoreado por la luz de las velas para recrear ese ambiente del que Allen es un maestro y al que muy pocos imitadores se acercan tímidamente.

Las películas del judío neoyorquino suelen basarse en un postulado que él se encarga de desarrollar y estudiar. Muchas veces le ha bastado con una idea y su acertada literatura. Abundan más en su carrera ese tipo de historias que aquellas dotadas de una mayor complejidad. También se centra en el amor, la situación de pareja en muy diferentes épocas y edades. Ya sean galanes o alejados del atractivo físico, personaje que interpretó varias veces él mismo y que, si tuviera cincuenta años menos, volvería a encarnarlos.

En esta última película, que inauguró el festival de Cannes, como anteriormente había hecho Midnight in Paris, hay varios elementos que la hacen diferente conforme lo que podíamos esperar inicialmente. Allen radiografía dos ciudades en un momento histórico muy determinado. Lo hace a través de una imposible relación amorosa, pero desarrolla su historia como si de una novela se tratase. Posiblemente, el mismo libreto en manos de otro director se podría extender a las dos horas largas, pero es difícil encontrar una película de Woody Allen que exceda de los cien minutos. ¿Realmente hay alguna?

Bobby llega a Hollywood desde La Gran Manzana para que su tío Phil -Steve Carrell-, un poderoso representante de actores, le ponga las pilas. El recién llegado no parece deslumbrarse por los focos de la meca del cine y se enamora de Vonnie –Kristen Stewart-, la secretaria de su tío, pero que también es su amante. La renuncia de Phil a abandonar a su esposa favorece el romance entre los protagonistas, hasta que el representante de estrellas decide que Vonnie es la mujer de su vida.  Bobby, descorazonado, regresa a Nueva York.

En un club nocturno de alta gama, junto a su hermano Ben, se convierte en un hombre hecho y derecho. Ha acumulado experiencias y conquista a la divorciada Veronica Hayes –Blake Lively- hasta que se reproducen los encuentros con Vonnie, quien ahora ya ha olvidado los shorts y los tops de la soleada California. Central Park y Los Ángeles, donde se inaugura una especie de franquicia del club que ya rige en solitario Bobby después de que su hermano haya sido condenado a la silla eléctrica por asesinato. Ahora es un hombre de negocios de éxito, ya que en su establecimiento se da cita la flor y nata de la ciudad. También los más acaudalados impresentables.

El jazz que tanto aprecia el cineasta emerge entonces a primer plano. Vince Gordiano se lleva la palma, pero no puede faltar el inevitable Benny Goodman, y hasta se aprecia una versión de El manisero. Música aparte, la historia le permite a Woody Allen evocar a diversos genios. Scott Fitzgerald está presente a lo largo de todo el desarrollo, aunque acepta la versión crítica de Truman Capote sin desdeñar el cine de gánsteres más clásico de Martin Scorsese. Podría decirse que, entre largos planos secuencia y primeros planos muy descriptivos, el autor se aleja de sus particulares homenajes al cine nórdico para meter en au coctelera a la mejor literatura americana del siglo XX. La historia de amor es una excusa para mostrarnos la sociedad, penetrar en ella con un espíritu agridulce que desemboca en frustración y al mismo tiempo en esperanza.

Con los actores bien, trabajados, como es habitual, Kristen Stewart hace muy bien lo que sabe hacer y Jesse Eisemberg va de menos a más, luciéndose cuando su personaje tiene más calado y ha de mostrarse tierno y duro a la vez. El romanticismo perdura, también el cambio en el interior de una persona cuando accede al pedestal de la fama. Woody Allen cuenta muchas cosas con su estilo afilado, pero las sabe condensar como pocos aunque no consiga una obra maestra.

From → Cine

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