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Criminal (*)

2 septiembre 2016

Un agente de la CIA es asesinado cuando estaba a punto de terminar con éxito una operación que comprometía los sistemas de defensa de todos los países del mundo. La organización, aconsejada por un visionario doctor, consigue pasar los recuerdos del fallecido a un asesino compulsivo con el propósito de que le sirva de ayuda.

A caballo entre el thriller y la ciencia ficción, uno no sabe realmente con qué quedarse de ambas propuestas. A pesar de un reparto coherente y repleto de actores consagrados, la mayoría de aspectos de la película no dan la talla con la excepción de un recuperado Kevin Costner, al que no veíamos tan convincente desde hace bastantes años.  Da vida a Jericho Stewart, un asesino compulsivo, algo así como un pariente más o menos próximo de Hannibal Lecter, aunque entre sus aficiones más detestables no se incluya la antropofagia.

La propuesta se inicia con un agente de la CIA, Bill Pope –Ryan Reynolds- vigilado por los suyos y también por los esbirros de Xavier Heimbahl –Jordi Mollá-, un ex patriado español que tiene a Elsa –Antje Traue- como su brazo ejecutor. Este hombre había conseguido que un experto cibernético llamado Jan Strook –Michael Pitt-, más conocido por El Holandés, creara un gusano capaz de interferir en los sistemas de defensa de cualquier Gobierno. A última hora, Strook se arrepintió y decidió contactar con la CIA a cambio de una importante cantidad de dinero que recibiría de Bill Pope. Sin embargo, los hombres de  Heimbahl se adelantaron y dejaron sin vida al agente en un local situado en los muelles de Londres.

El director de operaciones en la capital británica de la organización norteamericana, Quaker Wells –Gary Oldman-, contacta con el Doctor Frank –Tommy Lee Jones-, quien ha desarrollado durante los tres últimos lustros una técnica de traspaso de actividades y conocimientos cerebrales de un ser vivo a otro, aunque todavía no se ha atrevido a experimentar con seres humanos. El científico señala a Jericho como el destinatario a recibir los datos que todavía se conservan en el cuerpo sin vida de Pope. Una vez que aquel, aunque a regañadientes, se ha sometido a la operación, comenzará a darse cuenta de lo que sucede cuando se encuentra en el domicilio del agente fallecido y se ve cara a cara con su esposa Jill –Gal Gadot- y su hija Emma –Lara Decaro-.

Probablemente, esta sinopsis daba para bastante más de lo que vemos en la pantalla por obra y gracia del israelí Ariel Vromen, cuyo referente más importante hasta la fecha es The Iceman -2012-. Incluye planos innecesarios y se aprecia un montaje poco efectivo salvo cuando asistimos a las secuencias de persecución, que son las más logradas y, desde luego, las más valiosas desde el punto de vista cinematográfico. En cuanto a los personajes, únicamente el de Jericho resulta interesante. Se trata de un asesino que va dejando un reguero de sangre a su paso. No da la sensación de sadismo, pero la realidad es que tampoco se caracteriza por hacer prisioneros.

Kevin Costner da credibilidad a este sanguinario personaje, elegido por el Doctor Frank debido a que le falta el lóbulo frontal. Fue lanzado de un automóvil en marcha, golpeándose la cabeza, después de que su madre le dijera a su marido que no era el padre del niño. Desde entonces, su violencia ha sido extrema, hasta el punto de permanecer en una celda de máxima seguridad, encadenado, y recibiendo la comida por un agujero del techo.

Es el núcleo del film y todo gira a su alrededor, aunque no con la calidad esperada ni con el esmero necesario. El rol que le ha tocado en suerte a Gary Oldman es demasiado gesticulante y nervioso para un puesto de esas características, y Jordi Mollá sólo puede decir cuatro frases con cara de póker porque no tiene opción para nada más. Tampoco Ryan Reynolds sale demasiado bien parado. Lo preferimos en Deadpool, aunque en esta ocasión tiene el aliciente de que se lo cargan muy pronto.

Si me haces daño, yo te haré más es la consigna de Jericho. Y tiene habilidades suficientes como para conseguir su propósito. Es capaz de reventarle la yugular a un agente mientras iba confinado en un vehículo, y también de matar a golpes a un tipo porque puso alguna objeción cuando pretendió llevarse su vehículo. Todo lo demás es tópico y ni el guion ni la puesta en escena aportan algo significativo al género. Lo remata un final que parece extraído de más de una decena de producciones de serie B, o C.

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