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Juegos de armas (War Dogs) (***)

14 septiembre 2016

La guerra es un negocio, y mucho más en Estados Unidos. El Pentágono tuvo que abrir la mano y dejar los contratos menos interesantes a pequeñas compañías, una de las cuales, encabezada por dos veinteañeros, logró firmar un acuerdo por valor de 300 millones de dólares para armar a los aliados estadounidenses en Afganistán.

El episodio saltó a finales de la pasada década a primer plano de actualidad. La compañía AEY, de la que eran responsables dos veinteañeros, Efraim Deviroli –Jonah Hill- y David Packouz – Milles Teller-, habituada a firmar contratos de poca monta para la venta de armas al Pentágono, alcanzó su cénit al rubricar una operación de 300 millones de dólares. La historia fue publicada en Rolling Stones por Guy Lawson, quien posteriormente amplió detalles en la misma publicación. Una versión libérrima de los hechos fue adaptada para el gran pantalla bajo la dirección de Todd Phillips, el responsable de Resacón en Las Vegas, por lo que no resulta extraño encontrarnos en el reparto con Bradley Cooper, que también ejerce como coproductor, en el papel de Henry Girard, un reconocido traficante de armas internacional.

Los equipos técnicos y artísticos auguraban una comedia, presumiblemente llena de gags más o menos acertados, pero la realidad es distinta. Es cierto que Phillips no deja absolutamente de lado el género en el que ha tenido mayores éxitos, pero también lo es que en su primer largometraje serio se luce notablemente. Al igual que Jonah Hill, actor que vale tanto para una astracanada como para convencer en el drama, como había demostrado en Moneyball. Su risa falsa e histriónica es la mejor que se ha escuchado en el cine desde la de Tom Hulce cuando encarnó a Mozart en Amadeus.

A través de un largo flashback, conocemos la historia de los dos protagonistas. David, un masajista titulado, intenta vender un stock de sábanas de algodón de gran calidad, en el que invirtió todos sus ahorros a los centros para mayores de Florida sin resultados positivos. Está casado con Iz, encarnada por la hispano-cubana Ana de Armas, que sigue abriéndose paso en el cine de Hollywood, y será la estrella femenina de Blade Runner 2. Ambos esperan su primer hijo. En el entierro de un conocido, David se rencuentra con Efraim, su supuesto mejor amigo del colegio, quien le abre el portal a un negocio inimaginable para él, la compraventa de armas.

Efraim viene de la Costa Oeste, con su bronceado natural y su cabello engominado. Ha salido tarifando con su tío y decide montar una empresa por su cuenta. Desde meses atrás, y ante las protestas surgidas por los pequeños comerciantes, la compra de armas para el Ejército norteamericano se abrió en Internet para que cualquier pudiera pujar por los contratos. El objetivo de AEY era rebuscar entre las migajas que se ofrecían en decenas de páginas de Internet. Un negocio en Iraq les permite subir de nivel hasta que rubrican un contrato multimillonario para proveer a los aliados de Washington en Afganistán.

La obtención de la munición deseada se complica, pero a través de Henry Girard consiguen en Albania un material obsoleto, pero que funciona. El problema es que las armas proceden de China, país que tenía un embargo económico por parte de Estados Unidos. La idea, completamente ilegal, era desembalar y volver a empacar el material para que no se conociese su procedencia. Un nativo llamado Bashkim –J. B. Blanc- sería el responsable del cambio bajo la supervisión del propio David.

La propuesta, que alcanza un final esperado, se aleja por momentos del thriller, e incluso de la comedia dramática para convertirse en un alegato contra el tráfico de armas, un negocio imparable que mueve cada año miles de millones de dólares. No solo las grandes corporaciones y los Gobiernos están implicados. También hay beneficios para empresas más pequeñas que sepan buscarse la vida y estén dispuestas a riesgos supremos, como los que tuvieron que afrontar los protagonistas en su primera aventura por Oriente Medio.

La cinta se sigue con interés. Phillips alcanza momentos de buen cine, e incluso llega a funcionar mejor en el drama que cuando toca divertirse. Los actores son fiables y, cuando se evocan evidentes reflejos de la obra de Martin Scorsese, el discípulo no resulta demasiado aventajado. El reparto funciona, aunque la labor femenina se quede casi en mera comparsa. El papel de Iz parece metido a calzador como si se quisiera huir de un argumento completamente homófobo.

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From → Cine

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