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Tarde para la ira (****)

15 septiembre 2016

Tras el atraco a una joyería, Curro entra en prisión. Ocho a los después, cuando sale de la cárcel, el reencuentro con Ana, la madre de su hijo, no es tan cálido como esperaba. Al mismo tiempo, conoce a José, un cliente habitual en el bar de su cuñado que le obligará a emprender un viaje en el que se saldrán a la luz los fantasmas del pasado.

Después de llamar la atención en ¿Por qué se frotan las patitas? La carrera como actor de Raúl Arévalo comenzó a ser notable, alternando la comedia con el thriller al tiempo que se empapaba del oficio de los mejores realizadores que le tuvieron a sus órdenes. Ahora, con su debut en la dirección nos obsequia con una intriga notablemente trabajada. Tanto, que bien podríamos calificarla como la ópera prima más cautivadora del cine español en mucho tiempo. Pueden discutirse algunos aspectos, como el granulado de la buena fotografía a cargo del acreditado Arnau Valls Colomer, que a pesar de ello consigue sacar buen partido de barrios periféricos de Madrid: Las Barranquillas, Usera, Vallecas… También pueden caber dudas sobre el exceso del rodaje con cámara al hombro, especialmente en la primera parte del film.

De lo que no cabe algún titubeo es que el producto final atrapa al espectador. No hace falta enfrentarse a una historia muy complicada para que la película sea compleja, mantenga el ritmo y, sobre todo, que pueda sorprender en casi todas sus secuencias. Presentada en la sección Orizzonti del Festival de Venecia, Ruth Díaz se alzó con el primerio a la mejor interpretación femenina. Injustamente, Tarde para la ira no formó parte del triunvirato de producciones aspirantes a representar a nuestra cinematografía en los Oscar. Lamentable olvido, e injusticia evidente.

En 2007 tiene lugar el atraco a una joyería en la que una mujer falleció después de ser golpeada salvajemente. No se detuvo a los culpables, únicamente al conductor que debería alejarles del lugar en su automóvil, quien afirmó no conocer a los autores del incidente, ya que únicamente fue contactado por ellos sin que en ningún momento pudiera verles su rostro. Se trata de Curro -Luis Callejo-, condenado a ocho años de prisión, que dejó embarazada a su novia Ana –Ruth Díaz- durante un vis a vis.

Curro es el cuñado de Juanjo –Raúl Jiménez-, quien regenta un bar junto a su mujer, Carmen –Alicia Rubio-, que se convierte en un protagonista más. Uno de sus clientes habituales es José –Antonio de la Torre-, del que se sabe muy poco. Es muy reservado, correcto en sus acciones y juega muy bien al mus, o al menos tiene suerte cogiendo cartas. Ana se ha fijado en él, pero este hombre solitario, que parece esconder algún secreto, tarda en acercarse a ella, con quien se marchará a una casa solariega poco después de que Curro haya salido de la cárcel.

La ira ocupa la mayor parte de un film en el que todos sus personajes están bien dibujados, cada uno con sus características, como Santi –Manolo Soto-, la primera víctima, con su voz tan personal. Todos ellos más que correctamente interpretados, si bien Antonio de la Torre ha tenido momentos más felices ante las cámaras. Su rol es el eje central, el de un varón de mediana edad que parece afectado por algún suceso anterior. La intriga se encargará de mostrar las conexiones que mantienen los cinco protagonistas mencionados. Pero el mejor trozo del pastel se lo lleva el apocado José, capaz de recibir una paliza sin inmutarse y de llevar a cabo acciones violentas de primer orden mientras visita cada día el hospital en el que un hombre mayor aparece intubado y en coma.

Tiene muchos puntos en común con el David Sumner que redondeó San Peckimpah en Perros de paja, aunque hay evidentes diferencias. José no lleva a cabo sus actos porque se ve forzado por las circunstancias, sino que son deliberadamente premeditados. No le importa que hayan pasado ocho años, puesto que podría aguardar una década más. Sin embargo, el final parece un homenaje a la película protagonizada en su día por Dustin Hoffman.

Con anterioridad se desarrolla un thriller con algunas costuras abiertas que la buena realización y el elenco artístico se encargan de minimizar. El suspense se mantiene, al igual que una intriga construida con aparente oficio. La marginalidad de los escenarios ayuda. Posiblemente, con reminiscencias del mejor Alberto Rodríguez, merced a esos escenarios periféricos, o yermos cuando se alejan de la gran ciudad, o incluso cuando aun están ella.

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From → Cine

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