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Suburra (***)

20 septiembre 2016

La posible construcción de un centro de ocio, que podría convertir la vecina playa de Roma en una especie de Las Vegas, desencadena una ola de acciones violentas protagonizadas por mafiosos y prestamistas sin escrúpulos. En los hechos se ven implicados un congresista aficionado a las drogas y al sexo, e incluso la Banca Vaticana, que respaldaría el proyecto.

Los tiempos cambian, las mafias también. El director Stefano Sollima, responsable de las series televisivas Gomorra y Roma criminal, es lo suficientemente experto como para considerarlo una voz autorizada. Para él, asistimos al final de una era en el que estaban implicados en actos delictivos desde los propios gánsteres hasta políticos, eclesiásticos e instituciones. Será difícil que las cosas cambien demasiado, pero de momento nos queda esta visión, basada en una serie de hechos reales que tuvieron lugar en 2011, que seguramente se definirá como crepuscular con el paso del tiempo, en la que se dan cita todas las figuras clásicas para complementarse con nuevos grupos que intentan acceder a la cúpula de la ilegalidad.

A partir de la novela de Carlo Bonini y Giancarlo de Cataldo, se nos muestran en la pantalla diferentes aristas del núcleo central. Desde la preocupación del Vaticano hasta la crisis política, representada por un Gobierno tambaleante y un congresista, Filippo Malgradi –Pierfrancesco Favino-, encargado de llevar las negociaciones para cumplimentar un proyecto importante. En medio, una fiesta de alto standing, a la altura de la mostrada en La gran Belleza. Por ese camino de sexo, drogas y corrupción en un ambiente lujuriosamente modernista parece discurrir la moderna clase alta. El objetivo será construir un macro complejo en la playa de Ostia a semejanza de Las vegas. Diversos políticos están en el ajo, como la mafia, encabezada por un intocable conocido como Samurai –Claudio Amendola-, miembro destacado de una banda desarticulada en los años 70, y la propia Banca Vaticana financiará la operación.

Filippo termina una sesión en el Congreso y avisa a su casa de que llegará tarde. Se introduce en un hotel, donde es de sobras conocido, y en una suite se encuentra con dos chicas, Sabrina –Giulia Gorietti- y una menor, que fallece a causa de una sobre dosis. La incómoda situación se resuelve cuando Sabrina llama a un amigo y arrojan el cuerpo a un lago artificial. Se trata de Spadino Anacleti –Adamo Dionisi-, un gitano miembro de una familia que ha hecho mucho dinero a través de la usura, y que pretende chantajear al político, quien solicita ayuda a Aureliano Adami –Alessandro Borghi-, conocido como Número 8. Es un matón que controla la parte suburbana de la capital y cuyo padre era amigo de Samurai. Mata a Spadino y los Anacleti claman venganza. Mientras, Sabrina se echa en manos de un proxeneta, habitual organizador de las fiestas referidas arriba, Sebastiano –Elio Germano-, quien terminará traicionándola.

Durante más de dos horas asistimos a las intrigas y a los hechos violentos que rodean una operación urbanística de primer orden cuyos objetivos e implicaciones se conocieron poco más tarde. Con todo ello, Stefano Sollima firma una película dura, sin concesiones, conjugando una trama prolífica pero que se sigue sin dificultad gracias a la buena definición física de cada personaje. Aquí no hay buenos ni malos, únicamente corruptos, asesinos, mafiosos en la más amplia acepción de la palabra, y drogadictos, como Viola –Greta Scarano-, la novia de Aureliano, que juega un papel importante en la trama.

Junto a todos ellos emerge Roma, con sus lugares más emblemáticos, pero muy apartada de lo que debiera ser la Ciudad del Vaticano. El mensaje es el mismo, pero el discurso cambia, como los tiempos. Los negocios se hacen ahora por todo lo alto, con protagonistas respetables en su fachada pero execrables cuando se descorren las cortinas. Mientras, en las profundidades, se asesina y se mata en nombre de Dios y del diablo. Un argumento revelador, con una puesta en escena acertada, un buen montaje y una sensible fotografía a cargo de Paolo Carnera. Obtuvo cinco nominaciones al David de Donatello, incluidos estos dos últimos apartados y el de Alessandro Borghi como mejor actor secundario. Ahora esperamos que, como sus antecesoras, se convierta en una serie televisiva.

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From → Cine

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